Sobre “Dios es amor” IV

Sobre “Dios es amor” IV

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Benedicto XVI nos explica cómo la originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos con un realismo inaudito, así como la novedad del Antiguo Testamento consistió en la actuación imprevisible e inaudita de Dios…

Jesucristo, el amor de DIOS encarnado.

Benedicto XVI nos explica cómo la originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos con un realismo inaudito, así como la novedad del Antiguo Testamento consistió en la actuación imprevisible e inaudita de Dios…

El actuar de Dios adquiere su forma dramática puesto que en Jesucristo, el propio Dios va tras la “oveja perdida”, la humanidad doliente y extraviada.

Jesús mismo nos explica su propio ser y actuar cuando nos habla en parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza.

 “En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf.19.37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta Encíclica: “Dios es amor”(1Jn 4,8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad.(1)

El amor de Cristo fue un amor que se negó a sí mismo para salvarnos, no antepuso su yo al nuestro sino a nosotros antes que Él, ahí estriba su grandeza. Dios no es un Dios Omnipotente, Poderoso y por lo tanto Prepotente – según los cánones del mundo- sino un Dios que encarna en un humano para demostrarnos en su abajamiento, su profunda y auténtica compasión y amor. Es el Padre que se entrega por su criatura, es el darse más grande que jamás ha existido y que nos pone la escuela del amor auténtico. Amor en y a través del sacrificio, amor en la cruz.

Un cristiano no entiende el amor sino en la cruz, en el olvido del yo que afirma al tú, al vosotros, al ellos… a la humanidad toda…

“ Jesús ha perpetuado este acto de entrega mediante la institución de la Eucaristía durante la Última Cena. Ya en aquella hora, Él anticipa su muerte y resurrección, dándose a sí mismo a sus discípulos en el pan y en el vino, su cuerpo y su sangre como nuevo maná (cf. Jn 6, 31-33). Si el mundo antiguo había soñado que, en el fondo, el verdadero alimento del hombre – aquello por lo que el hombre vive –era el Logos, la sabiduría eterna, ahora este Logos se ha hecho para nosotros verdadera comida, como amor.”(2)

Recordemos que los filósofos desde la antigüedad griega han buscado y amado la sabiduría por encima de todo, y este Logos o Razón universal, como la llamaba Heráclito de Éfeso :“Los hombres estando despiertos parecen como dormidos, no escuchan al Logos o Razón universal…” ; este Logos, la Sabiduría misma se hace carne y muere en el madero, de donde el Logos-Verbo se entrega a nosotros por amor. Ya no es aquello inaccesible, aquel misterioso concepto principio y fin de todo, no es el Motor Inmóvil que mueve sin ser movido hacia sí a todos los entes de Aristóteles.

Es Dios mismo que viene a cada ser humano en particular por amor, en la Eucaristía, Por lo que entonamos el canto: “Eucaristía, milagro de amor, Eucaristía, presencia del Señor…”.

 “La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos encarnado, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega. La imagen de las nupcias entre Dios e Israel se hace realidad de un modo antes inconcebible: lo que antes era estar frente a Dios, se transforma ahora en unión por la participación en la entrega de Jesús, en su cuerpo y su sangre. La “mística” del Sacramento, que se basa en el abajamiento de Dios hacia nosotros, tiene otra dimensión de gran alcance y que lleva mucho más alto de lo que cualquier elevación mística del hombre podría alcanzar” (3)

En este acto sublime en el que Dios se nos entrega, no es sólo una entrega a mí, es la entrega a todos los demás hombres y por eso, hemos de tener en cuenta que es una entrega a Él y a todos los que comemos del pan sagrado.

 “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”, dice san Pablo (1 Co 10,17). La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo solo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán. La comunión me hace salir de mí mismo para ir hacia Él, y por tanto, también hacia la unidad con todos los cristianos”. (4)

En la Eucaristía el ágape de Dios nos llega corporalmente para seguir actuando en nosotros y por nosotros. De donde fe, culto y ethos se compenetran recíprocamente como una sola realidad, que se configura en el encuentro con el ágape de Dios y la separación entre culto y ética simplemente desaparece.

 “ En el culto mismo, en la comunión eucarística, está incluido a la vez el ser amados y el amar a los otros. Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma. Viceversa… el “mandamiento” del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser “mandado” porque antes es dado.”(5)

Al comulgar nos unimos a Dios, en esta unión está implícita la unión con los demás, con el prójimo, pues si no, no hubo una entrega a Dios, si no amamos a los hermanos de carne y sangre, ni a los hermanos simbólicos, al prójimo, no nos podemos unir a Dios, esto nos separa de Él. Por eso nos sorprende que la gente comulgue y no ame al prójimo, esto es una contradicción de principio, es no entender verdaderamente lo que es la Eucaristía, es no amar al mismo Dios…

Si Él se nos da, espera que nosotros hagamos lo mismo, nos le entreguemos y amemos al prójimo, si no lo hacemos no tiene sentido recibirle, pues es como si le diésemos una cachetada en la cachetada del hermano. Por lo que ética, culto y fe van unidos.

Los cristianos hemos sido muy criticados por esta falta de coherencia entre el culto y la vida, podemos catequizar a los otros pero no a uno (a) mismo (a), esto es, quedarnos en las puras palabras sin pasar a la vida y a la acción, a la puesta en practica de ese amor al prójimo que no consiste sólo en saludarle delante del Sacerdote y tratarle “bien” aparentemente sino en la realidad de los hechos, ser solidarios con el hermano, ver por él, hacer caso a sus necesidades y no sólo al prestigio o fama personal, insisto, frente al Sacerdote.

 Si Dios se nos da, tenemos que seguir su ejemplo y ser serviciales con el otro y no indiferentes por el hecho de no estar en su situación o no vivir lo mismo. Por ejemplo, cuando un vecino nos dice que le han robado, no decir: “a mí no me han robado”, pues es no entenderle y sólo atender a nuestro interés, es tomar medidas comunes por él y por todos nuestros vecinos. Cuando algún -o alguna- miembro de mi comunidad expresa su deseo de salir a un paseo o un balneario con su hija y los hijos de los demás, no pasarlo por alto, cuando alguien de mi comunidad está molesta por la falta de autenticidad en la comunidad y lo externa, no recriminárselo, sino hacer autoanálisis en la comunidad, si alguien dice a otro que le prestará dinero delante de los demás miembros, cumplirlo y no sólo “quedar bien frente a los demás”, si digo que mi marido le compondrá el lavabo, cumplirlo y no sólo “decirlo frente a los demás”. Estos son ejemplos concretos en los que podemos imitar la entrega de Cristo a los hombres ¿ no creen ustedes ?, y mediante la autocrítica constante, aproximarnos día a día un poquito más al seguimiento auténtico y radical de Jesucrito, nuestro gran ejemplo moral.



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