El pequeño Guido

El pequeño Guido

(Primera parte) Vida y palabra de Guido Maria Conforti, obispo de la ciudad de Parma (Italia), fundador de los Misioneros Javerianos, que será canonizado, por Su Santidad Benedicto XVI,  el día próximo 23 de octubre 2011, en la plaza de s. Pedro, Roma.

1. -EL PEQUEÑO GUIDO.

Guido, en su infancia, además de haber sido un muchachito muy cumplido y estudioso en el colegio de los Hermanos Lasallista de la ciudad de Parma (Italia), había aprendido de su mamá, la señora Antonia, a amar a los pobres que, a veces, pasaban por su casa por una taza de sopa y una cobija para acostarse en el pajar. Era tanto el afán para atenderlos que, una vez, se echó encima el plato de sopa que le habían servido. Guido Conforti nació el 30 de marzo de 1865 en la aldea de Casalora, cerca de la ciudad de Parma. Él le sería siempre agradecido, a su mamá, por haberle añadido, en el día de su bautismo, el nombre de María y por haberle inculcado la devoción a Ella. En efecto, “de pequeño, ella me llevaba a misa y por la noche dirigía el rezo del rosario”, dirá después.
De su madre, Guido había aprendido también a fijarse en el Crucifijo. Ella le hacía tocar los clavos y le repetía: “¡Mira cuánto sufrió el Señor por nosotros!”. De ahí, encontramos la explicación de cómo Guido, a los diez años, pasando delante de la iglesia de la Paz camino al colegio, entraba unos minutos para un breve diálogo con Jesús en Cruz: “Yo lo miraba –repetiría en ocasiones- y él me miraba, y parecía decirme muchas cosas”. El mismo Conforti, ya de Obispo de Parma, hizo restaurar ese crucifijo y se lo llevó a la capilla privada del obispado. Más de una vez, llevaba a sus huéspedes a verlo y les decía: “Usted no sabe su historia”, y le contaba lo que había sucedido cuando era pequeño y lo visitaba. “A él le debo mi vocación”, concluía diciendo. No llegó a ser novedad que sus compañeritos del colegio lo tildaran de “el curita”, y que, en la fiesta de la Candelaria de 1876, a los once años de edad, sus tías lo llevaran a visitar el seminario menor, por si acaso le gustara entrar en él. Al que no le gustó la idea fue al señor Reynaldo, su papá. No porque fuera malo, sino porque, en aquellos tiempos, soplaban aires contrarios a los curas por las difíciles relaciones del gobierno jacobino con la Santa Sede, a causa de la toma de Roma (1870) y por el socialismo anticlerical que iba crescendo. Al papá no le parecía bien que su hijo vistiera “el saco de carbón”, como llamaban, en ese tiempo, a la sotana negra: “Hagan lo que quieran –decía a las mujeres que defendían la causa de Guido- pero de mis bolsillos no saldrá un centavo para costear sus estudios”. Era un repliegue estratégico del señor Reynaldo porque, en realidad, más tarde, se mostraría orgulloso de su hijo sacerdote, y diría: “este hijo, que se ordenó contra mi voluntad, no me ha dado ningún disgusto, mientras que el otro (Ismael), me ha amargado la vida”. Al momento de repartir sus bienes, desde luego, no quiso hacer preferencias, y le dio, la parte que le correspondía, también a su hijo sacerdote.



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