¿Por qué eres así?

¿Por qué eres así?

Una vez me preguntaron por qué era así. Fue mi hija, cuando estaba pequeña. Recuerdo que recostó su cabecita sobre mi hombro y me dijo con candidez: “Papi, ¿por qué eres así?”

La miré admirado, le di un beso en su mejilla y respondí: “Es lo que busco averiguar hija mía”.

En esos días ya Dios me había tocado el alma. Mi corazón estaba irremediablemente conquistado.

Mi vida nunca sería igual.

Lo que no sabía era por qué, ni para qué. ¿Por qué Dios se había fijado en mí? ¿Qué debía hacer?

Con los años me di cuenta que no era sólo yo, sino también tú. Dios se había fijado en todos nosotros, sus hijos. Y no esperaba más que nuestro amor. Que lo amasemos mucho, que viviéramos en su presencia, y nos esforzáramos por ganarnos el cielo. Él haría lo demás.

También comprendí por qué era así. Nada queda igual en la presencia de Dios. Él todo lo transforma, nos hace mejores de lo que somos. Nos muestra un mejor camino, más estrecho, pero lleno de esperanzas.

Solía viajar en la superficie de un océano, el mar de Dios, porque “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. (Hechos 17, 28), pero nunca había visitado sus profundidades.

Sólo lo conocía de referencias, lo que había leído, lo que me habían dicho.

Iba sobre este mar muy cómodo, bajo su amparo, como quien es llevado por la brisa marina a bordo de un velero.

Y de pronto me he sumergido en sus profundidades, en su ternura y he descubierto paisajes maravillosos que nunca imaginé ver. Comprendí que tenemos mucho por descubrir, que nada somos ni podemos sin Él y que Dios nos ama inmensamente.

He visto su ternura y el Amor eterno con que nos cobija. He experimentado su cercanía.

Tuvieron que transcurrir muchos años para poder responder la pregunta de mi hija. Pero ya tengo la respuesta:

“Soy así, porque Dios ha tocado mi corazón. Y ya no quiero cambiar. Quiero dedicar lo que me resta de vida, para ayudar a los que necesitan ser ayudados, llevar consuelo, amar a mi familia, amarlos a todos y hablarles de nuestro Padre celestial”.

Al final sólo podría exclamar: “¡Qué bueno eres Señor!”



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