Un libro especial

Un libro especial

Una vez leí algo que me impresionó: “A veces olvidamos a Jesús, por las cosas de Jesús”.  Me ha pasado que por escribir y concentrarme en sacar adelante los libros, descuido la oración, mis visitas al Santísimo. Cuando justamente son la oración, la confianza y las visitas al Santísimo los que me ayudarán a llevarlos adelante.

La oración es ponerte en Su presencia amorosa. Te sientes amado, protegido, consentido.

Y cuando lo visitas, se llena de ilusión por ti y te regala GRACIAS INIMAGINABLES.

Sin la oración, nuestro esfuerzo es inútil.  Esto lo he comprobado mil veces. Y aún así, vuelvo a caer.  Lo único que nos queda es levantarme y continuar…

Es lo que hice esta vez. Rezar y ponerme en sus manos amorosas.

Este año espero publicar 49 libros. Había terminado de escribir, cerrando la colección, cuando un amigo me hizo una pregunta que me dejó inquieto.

Se me acercó al terminar la Misa. Nos sentamos en una de las bancas vacías y me dijo:

“Quiero consultarte algo… ¿Cómo puedo ser amigo de Dios, si Dios es Dios?”

Lo miré extrañado, porque nunca me habían hecho una pregunta como ésta.

“Toda mi vida he buscado a Dios. Procuro servirle  en lo que puedo… pero me ha surgido esta inquietud. Lo he visto como un Dios Todopoderoso, un Padre amoroso… pero nunca como un amigo”.

“Eres Ministro de la Comunión”, le respondí. “Tienes a Dios en tus manos. ¿Qué mejor gesto de amistad que dejarse llevar por ti?”

Saqué mi libreta de apuntes y anoté: “¿Cómo puedo ser amigo de Dios si Dios es Dios y nosotros simples mortales?”

“Te prometo que escribiré un libro al respecto” le dije. “Saldré en búsqueda de respuestas, para ti, para mí y para otros”

“¿Qué quiere Dios de nosotros?”, me dije. Miré al Sagrario…

Tantas preguntas se agolparon en mi mente y salí pensativo de la Iglesia.

Estuve escribiendo dos días sin detenerme, sin mirar atrás. La ideas bullían. Me sentía como un reportero que visita el Paraíso y describe las maravillas que allí ve. Sabe que estará apenas unos minutos y debe apurarse para poder memorizar lo más que pueda antes de abandonar el lugar.

Al final encontré la respuesta y en el lugar más inesperado. Terminé el libro.

Lo titulé: “Llegando a las alturas”, porque hay que escalar un buen trayecto para hallar la Verdad.

Un conocido, al ver lo que hacemos me preguntó: “¿De donde sacas recursos para publicar tus libros?”

“No tengo recursos para hacerlos”, le respondí. “Ese trabajo se lo dejo a Dios. Es su editorial. Yo sólo escribo”.

Sacó unos billetes y los colocó en el bolsillo de mi camisa.
“Es mi ofrenda, para tu apostolado”, me dijo con amabilidad.

Lo curioso es que ni siquiera era católico.

Igual me pasó con una tía que es Hebrea.

“No pudo comprar tus libros”, me dijo, “pero sí te puedo ayudar”.

Los recursos llegan siempre de las formas más inesperadas.

Los libros están llegando a muchos lugares y el buen Dios continúa tocando los corazones de los que los leen.

En el camino he comprobado que Dios nos ama a pesar de todo, a pesar de cómo somos y las cosas que hacemos.

Él nunca dejará de amarnos.

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