Dios no hizo la muerte

Dios no hizo la muerte

Reflexión dominical para el 1 de julio de 2012. “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”.

Dios todo lo hizo bien.

Creó al hombre para la felicidad, más aún, “lo hizo a imagen de su propio ser” para que gozara como Él goza.

Sin embargo el diablo se interpuso, fomentando el orgullo humano, y el hombre “pisó el palito” y cayó. Y “la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo”, para todos los seres humanos. Su fruto fue el pecado original.

El párrafo del libro de la Sabiduría ve como algo normal la muerte física.

Lo doloroso para él es la otra muerte, la del pecado.

De esa muerte debemos huir. Si Dios por el bautismo nos libró del pecado original, esforcémonos por evitar todo otro pecado que nos aparte de Él.

El salmo responsorial nos invita a glorificar al Dios de la vida:

“Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

El Señor me escuchó y cambió mi luto en danzas. Te daré gracias por siempre”.

No sé, si muchas o pocas veces, pensamos en que el Señor es Dios de vida y a Él se la debemos. Es preciso vivir en acción de gracias.

Por su parte, San Pablo nos invita hoy a vivir el compartir cristiano que es parte del gran mandamiento.

Meditemos este hermoso pedido que hace a los Corintios para que compartan con los pobres de Jerusalén:

“No se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad”.

Esta maravillosa caridad la ha vivido siempre la Iglesia de Jesús. Ahora, por ejemplo lo hace Cáritas. Ése origen  tuvo también Adveniat de la Iglesia en Alemania.

A continuación Pablo alude al maná.

Según el Éxodo “a la hora de recoger cada día la porción para uno o para toda la familia, al pesar la ración no sobraba al que había recogido más ni faltaba al que había recogido menos: cada uno había recogido lo que necesitaba para comer”.

Si compartiéramos como enseña San Pablo, tendríamos una sociedad según Cristo. Mientras tanto, que cada uno de nosotros colabore según sus posibilidades, imitando “lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza”.

El Evangelio nos presenta a Jesús que todo lo hizo bien y se dedicó a sanar toda dolencia.

Hoy San Marcos, nuestro compañero del ciclo B, nos presenta dos milagros, cada uno de los cuales tiene una gran enseñanza: la importancia de la fe.

El primero nos cuenta que una mujer “pensando que con solo tocar el vestido se curaría” se acercó a Jesús, lo tocó y se curó.

Jesús la alaba ante todos con estas palabras: “Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”.

Una fe maravillosa es ésta que nos debería hacer pensar que, cuando recibimos la Eucaristía, no tocamos el vestido de Cristo externamente sino que todo Jesús entra en nosotros con su amor  y poder.

El segundo milagro es también fruto de la fe.  Meditemos.

Jairo pide a Jesús que lo acompañe para sanar a su hija.

En el camino le dicen: “Tu hija ha muerto. ¿Por qué molestar más al Maestro?”

Jesús le dice: “NO TEMAS. ¡Basta que tengas fe!”

Cuando llega Jesús a la casa dice disimulando y como queriendo quitar importancia al gran milagro que iba a hacer:

“La niña no está muerta, está dormida”.

La gente sabía muy bien, sobre todo las plañideras, que la niña estaba bien muerta.

Jesús entra en la casa y dice a la pequeña:

“Niña, contigo hablo, ¡levántate! La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones”.

Es importante que también hoy nosotros escuchemos a Jesús que nos repite: “No temas… basta que tengas fe”.

Por si acaso, recuerda también que Él te dice: “Contigo hablo, ¡levántate!”; deja el pecado que es muerte y ven con el Dios de la vida.

¡NO TEMAS!

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo



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