¿Educar?

¿Educar?

Nos despedimos del mes de la patria con una reforma laboral mediocre, la posible más no la deseable -dicen-, fórmula perfecta para disimular la inoperancia legislativa; y con el señalamiento de la Comisión Nacional de Derechos Humanos sobe la situación lastimosa en que se encuentran las cárceles de nuestro país. Asunto este ya conocido pero siempre mantenido en un ominoso silencio, cómplice quizá de un implícito sentimiento de venganza, en disonancia plena con el pensar cristiano. Situación, en todo caso, envilecedora para la sociedad, comenzando por la autoridad.

Cuando hechos como éste -y la enumeración sería prolija- se sacan a la luz, saltan de inmediato al foro de la pública opinión comentaristas, peritos, analistas y respetables señores que ofrecen explicaciones y remedios que tienen estudiados -nunca probados-, con antelación. Las soluciones van desde el aumento de la vigilancia, el refuerzo de la seguridad, la oferta de oportunidades y la creación de empleos. Son remedios pensados, pero nunca probados y menos comprobados. Los pensadores de más alto vuelo  apelan a la necesidad de la educación, aventurándose inclusive a hablar de valores.

Cuando se trata ya de dar identidad a los valores, es decir, de convertirlos en virtudes, y de precisar la clase de educación que se requiere, cómo se va a impartir, quién la va a trasmitir y cuándo se va a comenzar, el silencio vuelve a la normalidad. Se torna mortal. Pero a esto nadie se puede resignar, porque el hombre es un ser perfectible, educable, sujeto que reclama como derecho propio la educación.

¿Cómo se va a educar? Gobernar es, antes que nada educar. Según la concepción que tenga la autoridad de la persona humana, será su estilo de gobernar. Del concepto de hombre que imagine, dependerá el modelo educativo que busque y siga. Un esquema de gobierno de corte totalitario reproducirá necesariamente su imagen en las instituciones que crea, con el fin de mantenerse en el poder. Un modelo humanista, auténticamente democrático, pondrá en el centro a la persona humana, su dignidad inalienable, sus múltiples relaciones que la enriquecen y la apertura a la trascendencia que da sentido pleno a su existencia. Es lo que se llama educación humanista e integral. La única y verdadera educación.

La Iglesia tiene el mandato de su Señor de enseñar a todas las naciones, que incluye necesariamente el campo educativo en sus múltiples facetas. Esta es tarea que ha desarrollado desde sus inicios y que proseguirá, guste o no, hasta el final. Es el servicio cualificado que le encomendó Jesucristo, pues su universalidad de miras, su inclusión de pueblos y culturas, su centralidad de la persona humana, su relación armoniosa con los demás mediante la fraternidad universal, su respeto hacia la obra creada y su apertura hacia la trascendencia, la hacen particularmente apta para ofrecer los principios y valores que necesita el ser humano para su desarrollo pleno e integral. Por eso, el Episcopado Mexicano ha hecho un singular aporte a esta noble tarea con un documento titulado: Educar para una nueva sociedad. Lo ofrece a los padres de familia y a los educadores que acepten su ayuda y, desde luego, a alguna autoridad a quien pueda también interesar.

+ Mario De Gasperín Gasperín



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