Última Audiencia de BXVI

Última Audiencia de BXVI

Tras celebrar 347 audiencias generales en casi ocho años de pontificado, durante las que se encontró con más de cinco millones de fieles, Benedicto XVI presidió su última Audiencia, la 348, en la víspera del 28 de febrero, fecha fijada por él mismo para su renuncia al solio pontificio. Presento un resumen de su alocución:

“Muchas gracias por haber venido tantos en esta última audiencia general de mi pontificado.

En este momento mi ánimo se extiende para abrazar a toda la Iglesia extendida en el mundo y doy gracias a Dios por las ‘noticias’ que en estos años de ministerio petrino he podido recibir sobre la fe en el Señor Jesucristo

Siento que les tendré presentes a todos en la oración, en un presente que es de Dios, donde recojo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral.

Hay en mí una gran confianza porque sé, y lo sabemos todos nosotros, que la palabra de verdad, del evangelio, es la fuerza de la Iglesia, es su vida.

Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años decidí asumir el ministerio de Pedro, tuve firmemente esta certeza que me ha acompañado siempre.

El Señor verdaderamente me ha guiado y ha estado cerca. He podido percibir cotidianamente su presencia. Y fue un tramo del camino de la Iglesia que tuvo momentos de alegría y de luz, y también momentos no fáciles.

Siempre he sabido que en esa barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya y no la deja hundirse. Es Él quien la conduce, seguramente también a través de los hombres que ha elegido, porque así lo ha querido.

Estamos en el Año de la Fe, que he querido para reforzar justamente nuestra fe en Dios, en un contexto que parece querer ponerlo cada vez más en segundo plano.

Te adoro Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te agradezco por haberme creado, hecho cristiano…

Y no solamente quiero agradecerle a Dios en este momento. Un papa no está solo cuando guía la barca de Pedro, la que es su primera responsabilidad. Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino.

Queridos hermanos cardenales; su sabiduría, sus consejos, su amistad me han sido preciosos. Mis colaboradores a partir del secretario de Estado, que me ha acompañado con fidelidad durante estos años, la Secretaría de Estado y la Curia Romana, como todos aquellos que en los varios sectores dan sus servicios a la Santa Sede.

Quiero que mi saludo y mi agradecimiento llegue también a todos: el corazón de un papa se extiende al mundo entero. Y quiero expresar mi gratitud al cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede, que hace presente la gran familia de Naciones.

Pienso también en todos aquellos que trabajan para una buena comunicación y a quienes agradezco por su importante servicio.

En estos últimos meses he sentido que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios con insistencia, en la oración, que me ilumine con su luz para hacerme tomar la decisión más justa, no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia.

Permítanme volver una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión fue precisamente por el hecho de que a partir de ese momento en adelante, yo estaba empeñado siempre y para siempre por el Señor. El ‘siempre’ es también un ‘para siempre’ -no es más un retorno a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio, no revoca esto. No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo ante el Señor Crucificado. No llevo más la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, sino en el servicio de la oración; permanezco, por así decirlo, en el recinto de san Pedro.

Les pido que me recuerden delante de Dios, y sobre todo orar por los cardenales, que son llamados a una tarea tan importante, y por el nuevo sucesor del apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y el poder de su Espíritu.

Invoco la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que nos acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad eclesial; a Ella nos acogemos, con profunda confianza.

En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de ustedes, que exista siempre la certeza gozosa de que el Señor está cerca, que no nos abandona, que está cerca de nosotros y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!”



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