La Virgen me ha salvado

La Virgen me ha salvado

Me has preguntado por la Virgen.  Ha estado presente en mi vida desde que tengo recuerdos.  Crecí escuchando esta bella oración de Sor María Romero:

“Pon tu mano Madre mía, ponla antes que la mía… Virgen María Auxiliadora, triunfe tu poder y misericordia, apártame del maligno y de todo mal y escóndeme bajo tu manto”.

Mi mamá me la enseño.  La rezo en cada momento de dificultad.

También tengo presente a mi abuela en Costa Rica, rezando el Rosario cada tarde, antes de tomar su café con panecillos recién horneados.

A veces me da por mirar un cuadro de la Virgen que tengo en casa. Parece que Ella me dice: “¿Ves cómo te ama mi hijo?” Le sonrío y respondo: “Yo también lo quiero mucho”. Y nos quedamos como sumergidos en la oración que brota del alma.

Recuerdo cierto día en un almacén por departamentos haber visto algo curioso. El encargado de jardinería, el Señor Martínez, acomodaba unas latas. Entonces se detuvo y lo vi mascullando algunas palabras con los ojos cerrados.

Otro vendedor me vio mientras lo observaba y se me acercó:
— Está rezando—dijo en voz baja—. Lo hace cada hora.

Me acerqué con curiosidad y le pregunté: — ¿Qué haces?

— Rezo un Avemaría  —me dijo con sencillez —. Así saludo a la Virgen.

Pocas veces he visto una confianza tan profunda y enriquecedora.

Una vez leí sobre un niño enfermo que fue al san­tuario de Lourdes. Pasó el Santísimo en procesión frente a su camilla, pero nada ocurrió. Regresó el sacerdote y cuando pasaba el niño gritó: “Jesús, si no me curas se lo diré a tu Madre”. Al instante quedó curado.

También escuché esta historia a un sacerdote. Muchos años atrás en Lourdes unos jóvenes decidieron desenmascarar lo que consideraban “el fraude de la iglesia”.  Querían burlarse del Santísimo Sacra­mento y de las apariciones Marianas.

Llegaron a Lourdes y contrataron a un ciego de nacimiento, para que los ayuda­ra. La idea era llevar al ciego con ellos y cuando pasara el Santísimo armarían una gran alga­rabía.

Llegado el día hicieron según lo planeado.

Pasó el sacerdote, pero no se detuvo. Esperaron impacientes con el ciego a su lado. Regresó el sacerdote y esta vez trazó la señal de la cruz frente a ellos con el Santísimo. Al unísono saltarían para reír y burlarse, pero el ciego se les adelantó.  Algo inesperado ocurrió. Empezó a saltar, agitaba sus manos, se las llevaba a los ojos y gritaba emocionado:

— ¡Puedo ver! ¡Milagro! ¡Puedo ver!

Los jóvenes se dispersaron asustados, sin poder comprender lo acontecido.

Pasaron los años. Uno se casó con una mujer muy piadosa. Ella le daba clases de catecismo a un grupo de niños, los sábados por la mañana. El esposo sentía curiosidad por saber qué que  hacía su esposa con estos niños y  de­cidió  espiarla.

Una mañana la siguió a la Iglesia y se escondió detrás de una columna. Su esposa, mientras tanto, reunía a los niños en el patio interior donde hay una réplica de la gruta de Lourdes. Empezaron a rezar con una gran ternura. Al rato, le cantaron a la Virgen con tanta pureza y cariño que… él se conmovió profundamente y empezó a llorar.

Ese mismo día se confesó y recuperó su paz interior.  La esposa estaba impresionada.  El día siguiente participó devotamente de la Santa Misa y comulgó.

Al terminar la Euca­ristía, se acercó al sacerdote, le estrechó ambas manos, tomándolas con fuerza y exclamó: “¡La Virgen me ha salvado!”

 



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