Periodismo y MCS: ¿cómo los ve la Iglesia?

Periodismo y MCS: ¿cómo los ve la Iglesia?

El mundo de la información tiene un peso enorme en la vida de los pueblos, hasta el punto que puede influir en el modo de pensar de las personas, derribar gobiernos, propiciar guerras, acelerar crisis en la bolsa, o promover caminos de paz y de justicia. Por eso la Iglesia presta una especial atención a todo aquello que se refiere al periodismo.

¿Qué dice la Iglesia sobre los medios de comunicación social (MCS)? ¿Cómo valora el periodismo? Son numerosas las intervenciones de los Papas y del mismo Concilio Vaticano II sobre el periodismo y sobre Internet, y se orientan de modo especial a avivar la conciencia de las responsabilidades que recaen sobre los agentes de la información.

Hacer un elenco de los documentos de la Iglesia sobre el tema sería prolijo. Bastaría simplemente con recordar cómo el mismo Concilio Vaticano II preparó y publicó en 1963 un decreto (titulado “Inter mirifica”) sobre los medios de comunicación social, y cómo años más tarde la Santa Sede instituyó un organismo dedicado enteramente a los medios, que actualmente se denomina Pontificio consejo para las comunicaciones sociales. Además, todos los años el Papa publica un mensaje especial para la Jornada mundial de las comunicaciones sociales, que suele hacerse público el 24 de enero de cada año.

De nuevo, preguntémonos: ¿qué dice la Iglesia sobre los MCS? En un documento publicado con el título “Aetatis novae” (1992), leemos lo siguiente:

“Los medios de comunicación tienen la capacidad de pesar no sólo sobre los modos de pensar, sino también sobre los contenidos del pensamiento. Para muchas personas la realidad corresponde a lo que los medios de comunicación definen como tal; lo que los medios de comunicación no reconocen explícitamente parece insignificante” (n. 4).

En otras palabras, los MCS influyen en contenidos y en modos de pensar de la gente, con todo lo que esto significa, para el bien o para el mal. ¿Cómo se logra esto? A través de un continuo entrelazarse de datos y de interpretaciones, de noticias (escogidas con criterios muy variables) y de reflexiones sobre las mismas.

Desde esta apreciación se comprende uno de los criterios que la Iglesia ofrece para lograr un periodismo más maduro y formativo: pensar bien cómo escoger las noticias. Leemos en otro documento del Vaticano:

“Como los medios de comunicación, por su misma naturaleza, exigen noticias y comentarios repentinos, ocurre muchas veces que los periodistas más superficiales e ineptos ganan la delantera, siendo además los que encuentran mayores oportunidades de trabajo. Los auténticos profesionales deben cuidar que esto no ocurra. En cuanto sea posible, han de esforzarse en obtener las noticias más recientes, de modo que sean ellos quienes se adelanten a dar la información y la den más exacta” (“Communio et progressio” n. 38).

Existen, además, una serie de dimensiones éticas en el mundo informativo que merecen especial atención. Así lo expresa un documento que habla de Internet, pero sus observaciones se aplican perfectamente a las formas “tradicionales” de periodismo:

“La difusión de Internet también plantea otras muchas cuestiones éticas concernientes a asuntos como la privacidad, la seguridad y confidencialidad de los datos, el derecho y la ley de propiedad intelectual, la pornografía, los sitios cargados de odio, la propagación de rumores y difamaciones disfrazados de noticias, y muchos más” (“Ética en Internet”, n. 6).

Frente a esos retos, el criterio fundamental radica en el respeto a la persona y a la comunidad. Quienes trabajan en los medios están llamados a recordar este criterio a la hora de escoger qué informaciones dar y cómo orientarlas.

De ahí nace la exigencia de no divulgar noticias que puedan dañar injustamente a personas concretas. Un texto vaticano es suficientemente claro sobre este punto:

“Se dan casos obvios en los que no existe ningún derecho a comunicar, por ejemplo el de la difamación y la calumnia, el de los mensajes que pretenden fomentar el odio y el conflicto entre las personas y los grupos, la obscenidad y la pornografía, y las descripciones morbosas de la violencia. Es evidente también que la libre expresión debería atenerse siempre a principios como la verdad, la honradez y el respeto a la vida privada” (“Ética en las comunicaciones sociales” n. 23).

Habría que añadir otros muchos aspectos para reflejar la continua y seria atención que la Iglesia católica dirige hacia los MCS. Quienes desean promover un periodismo de calidad, con criterios éticos y desde un profundo respeto hacia la persona humana, podrán encontrar en los numerosos documentos de la Iglesia material para la reflexión y criterios con los que mejorar un servicio social que tanto influjo tiene en la vida de los individuos y de las sociedades.



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