¡No os preocupéis y angustiéis!

¡No os preocupéis y angustiéis!

Jesús nos revela el rostro de Dios Padre: su amor paternal que se manifiesta en su providencia para con cada hombre.

Sabemos que el Padre tiene un plan de vida, que es un plan de amor, para cada uno de sus hijos, para cada uno de nosotros. Por medio de este plan providente quiere conducir y llevarnos a su reino, hacia su casa paterna. No sólo nos creó, sino también nos provee y cuida de todos nuestros pasos.

Y si ya vela con solicitud sobre criaturas insignificantes como “los pájaros del cielo” y “los lirios del campo”, aún cuando no hacen nada – cuánto más cuidado tendrá de estas criaturas más dignas y preferidas que somos nosotros.

Por eso, Jesús nos exhorta: ¡No os angustiéis! ¡No os preocupéis! Pero esto no nos impide trabajar, sino todo lo contrario: El Evangelio da ánimo para trabajar. Cristo alaba al criado que, cuando viene su dueño, está ocupado (Lc 12,43). Cristo no quiere gente ociosa. Él condena, en la parábola de los talentos, al criado infiel por no haber hecho fructificar su talento.

La verdadera fe no tiene nada que ver con la ociosidad, con la pasividad. El cristiano no tiene nada que ver con el fatalista. Dios nos ha dado la capacidad para el trabajo. Este es el primero de sus dones la primera señal de su providencia.

Cristo no nos pone en guardia contra la ocupación, sino contra la preocupación – ni contra el trabajo, sino contra la intranquilidad. “No os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?”

Hay que ocuparse, razonablemente, de todo esto, pero sin intranquilizarse, porque la intranquilidad es precisamente lo que paraliza la acción, lo que impide obrar como es debido.

Lo que Cristo nos pide, es la cosa más natural del mundo: la confianza. Es la misma confianza, que acá en la tierra el hijo da a sus padres, el marido a su esposa, el alumno a su maestro.

Lo que es indispensable en las relaciones sociales, Dios Padre lo espera también de nosotros: que tengamos confianza en Él.

Si estamos inquietos, angustiados, nerviosos es probable que ello ocurra porque nos falta la confianza en Dios. Es el miedo que paraliza y hace ineficaz el esfuerzo. Cuando mejor se trabaja es cuando hay confianza.

Dios está con nosotros en nuestra vida, en cada momento, hoy y también mañana. ¡Contamos cada día con Él! La inquietud por el mañana perjudica el trabajo de hoy: “No os inquietéis por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción”.

Cristo no condena la previsión ni el ahorro. Tenemos que saber prever razonablemente las cosas y estamos obligados a ahorrar.

Pero no exijamos una seguridad total, porque no la tendremos nunca. Es preciso aceptar cierta inseguridad necesaria. Tenemos que asegurarnos, pero no es posible que nos aseguremos contra todo. No hay que buscar el medio de poder prescindir de la providencia.

Incluso con los hijos: tenemos que saber pensar en ellos, pero no protegerlos contra la providencia. No debemos enseñarles que puedan prescindir del Padre. Por supuesto, tenemos que amarlos, educarlos bien, instruirlos todo lo que podamos, darles las mejores posibilidades para el porvenir.

Pero, sobre todo, debemos enseñarles la alegría y la tranquilidad de que tienen un Padre en el cielo, y que – como nosotros – pueden poner en Él toda su confianza filial.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Transmitimos tranquilidad y confianza a nuestros hijos?
2. ¿Nos quejamos ante ellos de “los problemas de la vida”?

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