De amor, herido…

De amor, herido…

Una bella frase mística, que no recuerdo de dónde la saqué, pero que mucho me gustó desde que la leí, dice así: “Muchos van, de amor heridos, y yo también”. La expresión “herido de amor” no significa otra cosa que “enamorado”. Así pues, esta frase quiere decir que “muchos van, enamorados, al igual que yo”. Pero por ser un texto místico, no se refiere a estar enamorado de otra persona, sino de Dios. Es decir que hay algunos a quienes Dios ha herido de amor, y que por lo tanto ya caminan por la vida estando enamorados de Él. La parte que expresa “y yo también” es la que mucho me gusta porque me hace feliz saberme uno de ésos que andan con el corazón y la atención puestos en Dios.

San Juan de la Cruz, que escribe en referencia al Señor, la frase “¿Por qué, habiendo llagado aqueste corazón, no le sanaste?” se refiere a una “llaga” o “herida” de amor que Dios ha abierto desde que sembró su amor en el corazón humano; y quien toma conciencia de esta llaga, a través de una personal experiencia de Dios, que siempre recrea y que además enamora, es capaz de saberse enamorado de Dios y de afirmar que Dios lo ama.

María, la virgen Madre de Dios, contemplaba una tarde a San José mientras dormía, abatido por el cansancio del viaje a Belén y vencido por el sueño, cuando de su boca salió un suspiro que, acompañado de palabras, alcanzó a decir: “Hijo mío: tendrás a un hombre bueno y honesto para criarte, un hombre que renunciará a sí mismo y se dará a los demás”. Este hombre, esposo de la Madre de Dios y padre de un hijo que no era suyo, ha sido el hombre mayormente herido de amor por Dios, por eso supo renunciar a sí mismo y por eso pudo darse a los demás, principalmente a su esposa, la Madre de Dios, y a su hijo adoptivo, el Hijo de Dios.

San José es un gran modelo para todos a seguir, más si tenemos esposa, si somos papás y si intentamos sostener con nuestro trabajo un hogar y una familia, porque una de las grandes lecciones que San José nos hereda consiste en que él, teniendo por esposa a María santísima y por hijo al Redentor del mundo, no dejó de trabajar un solo día. Con sus manos los mantuvo y los sostuvo; crió al Hijo de Dios y le enseñó a ser, a su vez, un gran hombre. José cumplió, además, sus obligaciones como ciudadano, mantuvo siempre la honra de su nombre y supo servir a los pobladores de Nazarét, y del resto del Pueblo de Dios.

Con los años la misión de José fue concretándose… concluyendo… y un día murió, como todos seremos llamados a ese momento, pero José supo morir tranquilo, en su propia casa, teniendo a un lado a Jesucristo y al otro a la Virgen María.

Por esto comparto hoy a San José y lo recomiendo como modelo y como guía, como proveedor de todas las familias, como custodio del hogar y asistente de nuestros trabajos y afanes en un mundo en el que cada vez resulta más trabajoso alcanzar el sustento cotidiano y mantener una economía suficiente, pero como mis palabras son pobres para contar cuán generoso ha sido y es San José en mi vida, mejor invito a que se le conozca y se le tenga por Protector, Patrono y Patriarca, pues es San José un santo “de amor… herido”, el más herido del amor de Dios.

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