Sic transit gloria mundi

Sic transit gloria mundi

Hace ya 1981 años, el domingo 2 de abril del año 30, Jesús de Nazaret entró a Jerusalén montado en un burrito y rodeado por una multitud que lo aclamaba con manifestaciones jubilosas; pero cinco días después, el 7 de abril, otra muchedumbre clamaba a gritos que Jesús muriera, clavado de pies y manos, en una cruz; así se lo exigía al Praefectus romano, luego de que él expresara que no encontraba culpa alguna en Jesús, que le mereciera una sentencia de muerte. ¿Qué sucedió durante esos cinco días? ¿Qué fue lo provocó que las preferencias del gentío cambiaran de manera tan abrupta entre el domingo y el viernes previos a la pascua judía?

Jesús había subido a Jerusalén procedente de Galilea pasando por Jericó, y cuando salía de la ciudad, tuvo un encuentro con Bartimeo, un mendigo ciego, que suplicante le pidió el milagro de recuperar la vista. Este ciego llamaba a Jesús con insistencia: -¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!- (Mc 10, 47). El título mesiánico así había sido pronunciado: “Hijo de David”. El gentío lo asumió de buena gana y así aclamaron a Jesús hasta llegar a Jerusalén. Entró, pues, a la Ciudad Santa, como el descendiente del rey David que regresaba para implementar nuevamente el reino anhelado. Sólo que esa multitud tenía sus esperanzas más puestas en la liberación de la ocupación romana que en la salvación del pecado.

Esa entrada mesiánica del Señor la narra así el Evangelio: “Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: -¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!-” (Mc 11, 8-10).

Ese mismo día entró Jesús en el Templo y allí pasó el resto de la tarde. Con su mirada recorrió los espacios sagrados, sus muros y sus rituales, contemplando la decadencia judaica que se había abatido sobre el lugar santo. Antes de la caída del sol se retiró a Betania, probablemente a casa de su amigo Lázaro.

Al día siguiente regresó a Jerusalén, y entrando de nuevo al Templo, narra el Evangelio, “comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba, diciéndoles: -¿No está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? ¡Pero ustedes la tienen hecha una cueva de bandidos! Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina (Mc 11, 15-18).

El deseo de matarlo quedó expresado por la autoridad judía; ya sólo les faltaba concretarla. Al jueves siguiente lo apresaron, montaron un escenario de juicio en el Sanedrín y lo llenaron de calumnias hasta culparlo de blasfemia. El resto de la noche se tradujo en golpes. Todos se abalanzaron contra él.

El Evangelio narra así lo que hicieron después: “Pronto, al amanecer, prepararon una reunión los sumos sacerdotes con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín y, después de haber atado a Jesús, le llevaron y le entregaron a Pilato” (Mc 15, 1), y también da cuenta de cómo impusieron su voluntad sobre el Derecho romano: “Cada Fiesta les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato. Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder. Pilato les contestó: -¿Quieren que les suelte al Rey de los judíos?- (Pues se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia.) Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que dijeran que les soltase más bien a Barrabás. Pero Pilato les decía otra vez: -Y ¿qué voy a hacer con el que llaman el Rey de los judíos?- La gente volvió a gritar: -¡Crucifícale!- Pilato les decía: -Pero ¿qué mal ha hecho?- Pero ellos gritaron con más fuerza: -Crucifícale!- Pilato, entonces, queriendo complacer a la gente, les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuera crucificado” (Mc 15, 6-15).

Esta es la historia de los acontecimientos que recordamos cada Semana Santa, entre el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, pero es también la historia de cinco días que bastaron para dejar en claro que la gloria que ofrece el mundo… es transitoria.

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