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Sencillez, clave de san Juan Pablo II

“Nunca pensé que podía ser santo”. Lo confiesa Stanislaw Grygiel, refiriéndose a Karol Wojtyla. El profesor, ordinario de antropología del Instituto Juan Pablo II de la Universidad Lateranense de Roma, reconoció que siempre estuvo consciente de la grandeza de su amigo el Papa, pero sólo a su muerte cayó en cuenta que podía ser elevado a los altares. En entrevista con el Vatican Insider habla de la canonización del pontífice polaco.

¿Cuáles son para usted los tres pilares de la santidad de Juan Pablo II?

El amor por la verdad, valentía por dejarse defender por la verdad y el amor de esta verdad que se revela en las personas, en la belleza de su cuerpo, de su pensamiento, de sus acciones. El amor de Dios presente en la belleza de los hombres. Gracias y en estas tres cosas él era abierto, era libre, podía recibir todo bien de Dios.

¿Usted pensó que podía ser reconocido santo?

Después de su muerte sí pensé en que él podía ser santo, pero antes no lo pensé. Era mi profesor de filosofía, colaboraba con él, sus textos publicados en la revista de la cual era redactor pasaban por mí, entonces me sentía seguro porque estaba casi protegido por su persona, pero no pensaba que fuese santo. En ese tiempo tal vez pensaba en los santos como personajes históricos. Justamente en estos tiempos me tocó convivir con personas santas. Además de Juan Pablo II, otros tres amigos míos son siervos de Dios, existe su proceso de canonización. Conviviendo con ellos sabía que eran personas grandes, bellísimas, pero no pensé jamás: “¡Ahh futuros santos!”. No me interesaba tanto eso.

¿Usted habló sobre la santidad con Juan Pablo II?

A veces, indirectamente se hablaba de la santidad del matrimonio y en el matrimonio, de la familia y en la familia. Pero también, una o dos veces, de la santidad de los sacerdotes. Jamás habló de él mismo en estos términos.

¿Cómo vivía él la llamada a la santidad?

Él buscaba ser un hombre, en todo. Porque para ser verdaderamente humano, se necesita ser sobrehumano. Él la propia humanidad la confió a Dios y en este sentido era santo. Una vez solamente me dijo que cuando hablaba con los laicos y los fieles, y junto a él estaba este obispo auxiliar de Cracovia que ahora es siervo de Dios, Pietrashko, que era su maestro, él miraba siempre su cara y si tenía una mueca estaba seguro que había cometido algún error y que debía corregirse. Fue la única ocasión en que le sentí hablar de sus errores o defectos.

Él se relacionó con un trato directo hacia todos, en su sencillez. ¿Esa era una de las características de su santidad?

Si él no hubiese tenido el vestido de blanco y usted hubiese hablado con él, no hubiese alcanzado la conciencia de estar hablando con el Papa. Sí, tendría la certeza de hablar con un hombre que era verdaderamente hombre, pero nada más. Basta.

Al inicio del pontificado estuve con mi mujer y con mis dos hijos para cenar y durante la cena mi hijo me golpeaba bajo la mesa y me decía algo. Yo le pregunté: “¿Qué pasa?”. Él me respondió: “Vámonos de aquí porque es aburrido”. Entonces yo le dije de calmarse y esperar un poco. A los 10 minutos me dio otro golpe y me dijo: “Papá yo ya no puedo más acá, son aburridos”. El Papa se dio cuenta de esto y exclamó: “Tú, Iacopo. ¿Qué quieres? ¿qué sucede?”. Entonces él le respondió: “No puedo más, son aburridos acá”. El santo padre replicó: “Iacopo, te pido disculpas, yo te invité para la cena y no hablé contigo, pero sólo hablé con tus padres”. Entonces dejó de hablar con nosotros y hasta el final de la cena habló con él. Esta es la santidad.

Del Vatican Insider