Dar una mano para ayudar

Dar una mano para ayudar

Ayudar, ¿es fácil o difícil? Depende de tantas cosas…

Uno puede ayudar, primero, si sabe algo sobre el tema. El que conozca computación, tendrá habilidades para ayudar en casa o en la oficina, entre amigos o ante un compañero de viaje que sufre al ver que no consigue poner en marcha un programa en su laptop…

Desde luego, los ámbitos de ayuda van mucho más allá de lo que entendemos genéricamente como tecnología. Porque también hay quienes piden ayuda en cosas tan sencillas como si corresponde un acento en esta palabra. O también en asuntos mucho más complejos: quieren encontrar “ayuda” para aliviar su alma de una pena muy profunda, y no es nada fácil ofrecer la respuesta.

Saber es el primer paso a la hora de ayudar, pero no basta. Hay que dar un segundo paso: tener un corazón disponible y atento a las necesidades de los cercanos y, en más ocasiones de las que imaginamos, de los lejanos.

Porque uno empieza a dar una mano cuando llega a percibir cómo un familiar sufre por no encontrar ayuda para encontrar una medicina, o cómo este amigo no consigue purificar su alma porque tiene miedo al sacramento de la confesión, o cómo un compañero de trabajo está triste porque tantas veces ha falsificado documentos y carece de valor para dejar de hacerlo y remediar los daños ocasionados a otros.

El tercer paso es el más difícil: tengo “conocimientos” para ayudar, descubro una necesidad (y sufro con quien la sufre), pero… ¿cómo hacerlo? Una ayuda eficaz es posible cuando encontramos caminos concretos para acercarnos al otro, para mostrar la propia disponibilidad, para ofrecer palabras justas que no hieran y que generen confianza.

No resulta nada fácil atinar con la manera adecuada para tender la mano. No pocas veces, provocamos sin quererlo un resultado dañino: aquellas palabras orientadas a dar un consejo ofendieron a esa persona porque faltó tacto o porque fueron dichas en un momento inoportuno.

Dar una mano para ayudar, ¿es fácil o difícil? Con estas tres dimensiones (saber los temas, percibir las necesidades, encontrar los modos adecuados) parecería algo sumamente difícil. Pero en realidad, si hay en nuestras almas un amor sincero; si acudimos a Dios para pedirle luz y tacto; si observamos atentamente las características de las personas y las situaciones en las que viven… será posible encontrar caminos concretos para ofrecer ayudas bien orientadas.

Y si me equivoco… Aquel a quien quise ayudar sin lograrlo adecuadamente, si tiene un corazón grande y si percibe la sinceridad de mi amor, seguro que agradecerá el intento y me perdonará. Además, ¿no es peor estar siempre con los brazos cruzados sin hacer nada, en vez de lanzarme al agua de la caridad auténtica, con un deseo generoso por ayudar de la mejor manera posible a tantos conocidos o desconocidos que voy encontrando en el camino de la vida?



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