Un futuro por delante

Un futuro por delante

Esperamos que las cosas ocurran de una cierta manera, que las decisiones cuajen en resultados buenos, que preparen horizontes halagüeños.

La incerteza, sin embargo, nos acompaña continuamente. El futuro no existe ni sabemos cómo será. El tiempo lo acerca, poco a poco o con un ritmo frenético que no podemos controlar. Mientras, cada decisión plasma y orienta nuevas situaciones.

Tener el futuro ante nosotros invita a la responsabilidad. Quisiéramos evitar emboscadas y heridas no previstas. Quisiéramos no dañar a algún ser querido. Quisiéramos ofrecer ayuda a los cercanos y, si tenemos un corazón grande, también a los lejanos.

Miramos nuevamente hacia el futuro. ¿Qué ocurrirá? ¿Cómo reaccionarán los otros? ¿Cuándo pasará esta crisis? ¿Dónde encontraremos ese trabajo que nos permitirá traer pan y sosiego a la familia?

Incluso en medio de la enfermedad o de un drama inesperado, el futuro sigue ahí, ante nosotros. Afrontar el dolor con serenidad, mirar más allá de uno mismo para sonreír y hacer menos dura la vida a quienes nos cuidan, ¿no resulta un modo maravilloso, aunque difícil, que permite sobrellevar con esperanza los momentos de prueba?

Si, además, descubrimos que existe Dios y que nos espera, que sueña en nuestra felicidad y que nos ha preparado un lugar en el Reino de los cielos, el alma recibe un bálsamo de dulzura y de paz.

No caminamos solos, no vivimos en un mundo lleno de incertezas. A mi lado, manos amigas hacen llevadero el afán de cada día. Y en lo más íntimo de mi alma, la presencia de Dios da sentido a cada nuevo paso que me acerca a la plenitud del amor y la alegría.



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