Sentido de culpa y debilidad

Sentido de culpa y debilidad

¿Cuál es el sentido de culpa y debilidad? El Padre Kentenich afirma que recién con el reconocimiento de nuestras limitaciones y culpas empezamos la vida religiosa; todo lo demás queda en lo ético. ¿Y por qué eso?

Dependencia de Dios el verdadero sentido de nuestra culpabilidad es “alcanzar una fuerte conciencia de dependencia de Dios”. En esto consiste la verdadera religiosidad. Dios quiere nuestra dependencia filial. Y el medio más valioso para arraigarnos en el corazón del Padre es nuestra miseria y nuestra culpa. Porque normalmente no aprendemos la dependencia de Dios, si no cometemos faltas. Aquí vale lo que el Padre Kentenich nos repitió tantas veces: “Dios me ama a causa de mis faltas; me ama porque soy pequeño, no a pesar de que soy pequeño”. Ojalá todos podamos experimentar: El Padre Dios me quiere a causa de mis faltas y culpas.

Tengo que aprender, entonces, no sólo a vivir con mis debilidades y pecados, sino también a sacar provecho de ellos. Debo enfrentarme sinceramente con mi miseria personal. Debo posgustar todas mis debilidades y culpas y entregarlas filialmente al Padre. Debo “colocar la escalera” en cada una de ellas para remontarme a Dios, para encontrarme allá arriba con el Padre de las misericordias. El sentido y el fruto de mi pobreza interior debe ser: crecer ilimitadamente en mi apego y amor a Dios.

Entrega filial. Todo debe llevarme a Dios, porque Él es la gran meta final de mi vida. Por eso también mis debilidades y culpas deben llevarme a Dios. ¿Cuál ha de ser, entonces, mi actitud? “Debo dejarme caer”, dice el Padre. ¿Adónde debo dejarme caer? Debo dejarme caer en los brazos de Dios Padre. Está bien luchar en contra de nuestras miserias, tomar nuevos propósitos, hacer brillar ante nuestros ojos el ideal ético. Pero lo más importante es y será siempre el dejarse caer en los brazos del Padre Dios, el dejarse caer en el corazón del Padre misericordioso.

“Cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 10), nos dice San Pablo. Todos somos débiles, pensando en nuestro ideal elevado. ¿Y cuándo somos fuertes? Cuando sacamos de nuestra fragilidad una doble conclusión:

(1) Decir un sí alegre a mi miseria; reconocer ante Dios mis debilidades y mis pequeñeces.

(2) Extender mis manos hacia las manos misericordiosas de Dios; ponerme confiadamente en sus manos de Padre.

Cuando soy débil, entonces soy fuerte. ¿Por qué soy fuerte? Porque mi miseria se asocia con la misericordia de Dios. Porque mi pequeñez es el gran título para apelar a la misericordia del Padre.

El Padre Kentenich nos repetía en los últimos años de su vida: “La pequeñez reconocida es la omnipotencia del hijo y la impotencia del Padre”. Mi debilidad reconocida es el triunfo sobre el corazón de Dios. Este es el gran camino para saltar de este mundo al mundo del más allá. Esta es la obra maestra de mi vida.

¿Cuál debería ser, por eso, el fruto supremo de todo nuestro esfuerzo por transformarnos en hombres nuevos, en hombres maduros, armónicos e integrados? El gran fruto debería ser: crecer decisivamente en mi ser hijo, conquistar una filialidad heroica ante el Padre. Es una filialidad que me hace reconocer con humildad heroica mis miserias. Es una filialidad que con confianza heroica me lanza a los brazos amorosos del Padre Dios. Y es una filialidad que con heroísmo lleva a entregarme al Dios de mi vida, al Padre de las misericordias, para siempre.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Me es fácil reconocer mi pequeñez?
  2. ¿Qué entiendo por “dejarme caer”?
  3. ¿Creo posible la filialidad heroica en mí?

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