Historia inédita de una prisionera del Estado Islámico

Historia inédita de una prisionera del Estado Islámico

No voy a colapsar y no me rendiré. Por favor sean pacientes, denle su dolor a Dios. No teman por mí”. Palabras que podrían ser las de cualquier carta íntima. Pero no lo son. Fueron escritas por Kayla Mueller, joven estadounidense de 25 años, mientras estaba cautiva del Estado Islámico en Siria. El texto llegó a sus padres cuando ella ya había muerto. Con el estrujante testimonio de Carl y Marsha, comenzó este viernes en Madrid el congreso sobre cristianos perseguidos “Todos Somos Nazarenos”.

“Esta no es tu guerra”, le dijo una vez Carl Mueller a su hija Kayla, en una de sus tantas comunicaciones a través de internet. Esos diálogos se habían convertido en una costumbre. Una necesidad, para tener noticias de “special K”, como le decían. Ante el temor de su padre, la muchacha respondió: “No debería haber mi gente o tu gente, mi guerra o tu guerra. Ahí donde hay injusticia, es un problema de todos”.

Se veía el dolor en el rostro del hombre, mientras contaba la historia de su hija ante un auditorio lleno en el Hotel Hesperia de la capital española. Ellos abrieron la primera jornada del encuentro “WeAreN2015”, organizado por las plataformas ciudadanas Más Libres y Hazte Oíry que incluye testimonios de primera mano de cristianos perseguidos en las zonas más calientes del mundo: Siria, Irak, Pakistán y Nigeria. Entre otros hablarán los familiares de Asia Bibi, la mujer paquistaní condenada a muerte tras ser acusada de blasfemia.

Los Mueller han preferido mantenerse al margen de la prensa. Nunca quisieron convertir la historia de Kayla en un espectáculo. Nacida en Prescott (Arizona) el 14 de agosto de 1988, desde pequeña se preocupó por ayudar a los demás. “Incluso cuando no manejaba, a los 14 años, la teníamos que llevar a los lugares donde colaboraba”, recordó Marsha.

Cuando era estudiante supo de la tragedia humanitaria del Darfur y decidió que allí iría. Por eso se mudó a Francia, para aprender el idioma hablado en muchos países africanos. Pero sus planes cambiaron cuando conoció a Omar Alkhani, un joven sirio. Algunos periodistas llegaron a decir que eran novios, sus padres prefirieron hablar de su “gran amistad”.

Lo cierto es que gracias a ese muchacho Mueller viajó al sur de Turquía en diciembre de 2012 para ayudar a los refugiados sirios que llegaban al país huyendo del avance de las milicias del Estado Islámico.

“Era un muchacha normal, para nada materialista. Era ella y su mochila”, contó Marsha. El 3 de agosto de 2013, le escribió un breve mensaje a Kayla pidiéndole conectarse por Skype. Nunca respondió, esa mañana fue secuestrada mientras se dirigía a la ciudad siria de Aleppo para ayudar a una delegación española del grupo “Médico sin fronteras”.

Entonces comenzó un calvario para su familia. La madre le escribía cartas todos los días, incluso ignorando su suerte. “Para nosotros fue la ruina, un tremendo shock, esperando recibir información, saber si había escapado, sin saber si la habían secuestrado”, contó Carl.

Mientras tanto, en el campo donde permanecía prisionera, Kayla llegó a compartir su cautiverio con otros prisioneros occidentales con quienes trabó una buena amistad y a quienes conmovió hasta las lágrimas por su fortaleza interior.

Cuando supo que algunos de los cautivos iban a ser liberados, la muchacha escribió una estremecedora carta a sus padres. Lo hizo a escondidas, sin que los secuestradores lo supiesen. Empleó una letra muy pequeña y usó hasta el más mínimo espacio de papel a disposición. En ella pidió perdón por haber hecho sufrir a su familia, aseguró que la fe en Dios es lo único que la sostuvo y pidió que no pagasen un rescate.

Unos 18 meses duró su secuestro y se supo de su muerte tras un ataque de fuerzas jordanas a los campos del Estado Islámico. Hoy por hoy sus padres trabajan para que la historia de su hija no se repita.

“En este tiempo varias personas me dijeron: ¿No estás enfadada con Dios? Tanto que llegué a pensar ¿debería estarlo? No, no estoy enfadada con Dios. No he llegado al punto de poder estar enfadada, a veces pienso que ella va a volver a casa algún aunque se que no volverá nunca”, dijo Marsha.

Ambos padres instaron a los organismos internacionales y a los gobiernos a unirse, dejando de lado los celos y las envidias. Lamentaron que actualmente los actores occidentales no trabajen juntos, porque se guardan información y evitan colaborar.

La madre ponderó: “Esto ocurrió hace dos meses. Todavía estoy sufriendo el shock de perder a mi hija. Pero la palabra ira no es una buena palabra, no me hace sentir bien, no me gusta, intento evitar ir en esa dirección. Cuando supimos por primera vez que estaba secuestrada, pedí a Dios que ablandase el corazón de los secuestradores, les permitiese ver lo que están haciendo realmente para que sean capaces de ver la oscuridad en la que viven”.

Del Vatican Insider

http://archivo.e-consulta.com/blogs/sacroyprofano



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