¿Qué dice la Iglesia sobre el yoga?

¿Qué dice la Iglesia sobre el yoga?

Un tema controvertido

Hablar de yoga y fe cristiana es un tema ciertamente polémico. Por un lado, hay algunos que defienden su plena compatibilidad, según el tipo de técnicas que se empleen y su supeditación a la experiencia cristiana, o incluso se llega al extremo de proponer algunas formas de “yoga cristiano”. Por otro lado, hay quienes se refieren a la práctica del yoga como una de las vías ordinarias por las que una persona puede acceder a ser objeto de la acción extraordinaria del demonio. Hablar de este tema no deja indiferente a nadie y las posturas encontradas y enconadas hacen difícil una reflexión seria, a la luz de la revelación cristiana, sobre el yoga.

Por ello, este artículo quiere resumir lo que dice la Iglesia oficialmente, entendiendo por esto los pronunciamientos del Magisterio sobre el tema (que, como se verá, son ciertamente pocos). No se trata, pues, de presentar una postura equilibrada o moderada en medio de esta controversia doctrinal, sino de mostrar cuál es la línea de interpretación propuesta por el Magisterio de la Iglesia, una voz que tiene un valor especial para los creyentes.

Antes de acercarnos al tema, es preciso recordar que para entender el yoga hay que enmarcarlo en el hinduismo, una religión muy diferente a la cristiana, distante en su concepción de lo divino y lo humano. De hecho, la misma palabra sánscrita “yoga” viene de la raíz yug, que significa “unir, juntar, conectar”, lo que equivaldría al término latino religio, que viene de religare. ¿Una coincidencia? Más bien expresa el carácter inevitablemente religioso de esta práctica. Por eso es importante observar los términos y sus significados con precisión, para evitar malentendidos y sincretismos, ya que la forma mentis de las culturas y religiones de Oriente es diversa a la cristiana.

Ni a favor ni en contra

La Iglesia Católica no está a favor del yoga. La Iglesia Católica no está en contra del yoga. No se trata de un juego de palabras, sino de un resumen simple de lo que señala el Magisterio. Algo que podemos encontrar explicado, sobre todo, en un documento que publicó en 1989 la Congregación para la Doctrina de la Fe, firmado por su entonces prefecto, el cardenal Joseph Ratzinger, y aprobado por Juan Pablo II. Se conoce con su inicio en latín, Orationis formas, y se trata, como su mismo título indica, de una “Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la meditación cristiana”.

Esta carta responde a una preocupación de los pastores de las comunidades cristianas por “el interés que han suscitado en estos años diversas formas de meditación ligadas a algunas religiones orientales y a sus peculiares modos de oración”, interés que hacía precisos “criterios seguros de carácter doctrinal y pastoral”. El documento insiste en que se refiere a la cuestión del “valor que pueden tener para los cristianos formas de meditación no cristianas”, y más específicamente habla de “los métodos orientales”. ¿De qué métodos habla? Como explica en su primera nota a pie de página, son “métodos inspirados en el hinduismo y el budismo, como el ‘zen’, la ‘meditación trascendental’ o el ‘yoga’ […] que, no pocas veces hoy en día, son utilizados también por algunos cristianos en su meditación”.

Llamada al discernimiento

El dicasterio vaticano encargado de velar por la integridad de la fe podría haber contestado, como pasa en otras ocasiones, con un “sí” o un “no” a la pregunta de si un católico puede hacer yoga. Así lo ha hecho en algunos casos, como cuando se le ha preguntado por la validez del bautismo administrado por algunos movimientos de apariencia cristiana. O con una respuesta explicada y razonada, como por ejemplo hicieron los obispos de los EE.UU. hace unos años al tratar el tema del reiki, señalando que es incompatible con la fe cristiana. En el caso del yoga, según la Iglesia, es necesario un discernimiento cuidadoso, y eso es lo que pretende esta carta que desmenuzamos a continuación.

Hay que tener en cuenta la forma con que la fe cristiana se acerca a las otras religiones, su “teología de las religiones” (algo previo al diálogo interreligioso, y que consiste en su valoración de las otras tradiciones religiosas). Como señaló el Concilio Vaticano II, “la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres” (Nostra aetate 2).

Avanzamos ya lo que dice el documento en forma de respuesta global: “nos encontramos ante un poderoso intento, no exento de riesgos y errores, de mezclar la meditación cristiana con la no cristiana. Las propuestas en este sentido son numerosas y más o menos radicales: algunas utilizan métodos orientales con el único fin de conseguir la preparación psicofísica para una contemplación realmente cristiana; otras van más allá y buscan originar, con diversas técnicas, experiencias espirituales análogas a las que se mencionan en los escritos de ciertos místicos católicos; otras incluso no temen colocar aquel absoluto sin imágenes y conceptos, propio de la teoría budista, en el mismo plano de la majestad de Dios, revelada en Cristo, que se eleva por encima de la realidad finita; […] Estas propuestas u otras análogas de armonización entre meditación cristiana y técnicas orientales deberán ser continuamente examinadas con un cuidadoso discernimiento de contenidos y de métodos, para evitar la caída en un pernicioso sincretismo”.

Fe cristiana y oración

Lo primero que hay que tener en cuenta es la unicidad y universalidad salvíficas de Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre. La encarnación supone la plenitud de la revelación divina a la humanidad, y desde ahí la Iglesia valora a las demás religiones y dialoga con ellas. Como resumió muy bien San Pablo, “hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo” (1 Tim 2, 5).

Por eso, fijándonos aquí en el tema concreto de la oración, Orationis formas recuerda que viene determinada por la estructura de la fe cristiana, que distingue claramente entre Creador y criatura, y así la oración cristiana no es otra cosa que “un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios”, que expresa “la comunión de las criaturas redimidas con la vida íntima de las Personas trinitarias”. La oración no es una introspección ni se queda en una simple meditación, sino un diálogo que nos abre a una alteridad, la de Dios, que es el Otro. Por eso el documento subraya que “la oración cristiana es siempre auténticamente personal individual y al mismo tiempo comunitaria; rehúye técnicas impersonales o centradas en el yo, capaces de producir automatismos en los cuales, quien la realiza, queda prisionero de un espiritualismo intimista, incapaz de una apertura libre al Dios trascendente”.

A continuación, la carta expone dos desviaciones en las formas de hacer oración que ya se produjeron en los primeros tiempos del cristianismo: la pseudognosis (lo que habitualmente llamamos “gnosis”) y el mesalianismo. Puede extrañar esta doble referencia, pero está hecha con gran acierto en este contexto. ¿Qué tienen que ver estas antiguas herejías con la meditación oriental? Si observamos con atención, el documento destaca de ellas algunos elementos inaceptables para la concepción cristiana de la oración. Elementos que pueden darse en las técnicas orientales y, en este caso, habría que rechazarlos claramente.

En cuanto a la gnosis, se alude a tres elementos: la concepción de la materia como algo malo, la consideración de la gracia como un bien natural del alma y la existencia de un conocimiento superior –reservado a unos iniciados, los hombres espirituales– que no tiene por qué reflejarse en una vida de caridad. En cuanto al mesalianismo, en esta concepción desviada se identifica “la gracia del Espíritu Santo con la experiencia psicológica de su presencia en el alma”, por lo que un sentimiento positivo reflejaría la presencia divina, mientras que una experiencia de aflicción o desolación denotaría su ausencia del alma.

Dios y el hombre, diferentes

Frente a todo esto, la Iglesia recuerda que hay una distancia real entre la criatura y el Creador (sólo Dios es Dios), distancia que no puede sustituirse por técnicas o por naturaleza. La experiencia mística sólo es posible por gracia de Dios, no por esfuerzo humano. Y se dice claramente que “estas formas erróneas, que resurgen esporádicamente a lo largo de la historia al margen de la oración de la Iglesia, parecen hoy impresionar nuevamente a muchos cristianos, al presentarse como un remedio psicológico y espiritual, y como rápido procedimiento para encontrar a Dios”. El documento señala un dato a tener en cuenta para distinguir las formas auténticas de oración de las que sólo tienen de cristiana la apariencia: la dimensión humana y terrena de Cristo, consecuencia de su encarnación.

Por ello, el camino cristiano de la unión con Dios obedece a una relación entre dos personas. Y en este sentido se entiende la “divinización” del hombre: hay que tener presente que “el hombre es esencialmente criatura y como tal permanecerá para siempre, de manera que nunca será posible una absorción del yo humano en el Yo divino, ni siquiera en los más altos estados de gracia”. La fe cristiana no sólo contempla una distinción entre el Creador y la criatura, sino en el mismo ser de Dios: “el hecho de que haya una alteridad no es un mal, sino más bien el máximo de los bienes. Hay alteridad en Dios mismo, que es una sola naturaleza en tres Personas y hay alteridad entre Dios y la criatura, que son por naturaleza diferentes”.

Métodos y técnicas, relativos

Orationis formas recuerda la estructura triple de la experiencia espiritual según la tradición cristiana: purificación, iluminación y unión. Un esquema que debe interpretarse correctamente. En cuanto a la purificación y a la ascesis, el documento señala que “las pasiones no son, en sí mismas, negativas, sino que es negativa su tendencia egoísta y, por tanto, el cristiano debe liberarse de ella para llegar a aquel estado de libertad positiva”. La mortificación, abnegación u olvido de lo creado no se hacen por sí mismos. Un cristiano no busca el vacío por el vacío, sino “un vacío susceptible de llenarse con la riqueza divina. El vacío que Dios exige es el rechazo del propio egoísmo, no necesariamente la renuncia a las cosas creadas que nos ha dado y entre las cuales nos ha colocado”.

La carta subraya el resumen que hace San Agustín de la experiencia espiritual: “desprecia el mundo exterior y entra en ti mismo; sin embargo, prosigue, no te quedes allí, sino sube por encima de ti mismo, porque tú no eres Dios: Él es más profundo y grande que tú”. El hombre descubre dentro de sí mismo algo que lo trasciende. Si se identifica a sí mismo con ello, se equivoca. Por otro lado, no podemos llegar al amor perfecto de Dios si no es en su revelación definitiva: Jesucristo. En él, Dios se ha dado a los hombres.

La elevación es don de Dios, un don que “puede ser concedido sólo ‘en Cristo a través del Espíritu Santo’ y no por nuestras propias fuerzas, prescindiendo de su revelación”. La unión con Dios se lleva a cabo, sobre todo, por el bautismo y la eucaristía. Para el cristiano, el “modo de acercarse a Dios no se fundamenta en una técnica”, ya que “la auténtica mística cristiana nada tiene que ver con la técnica: es siempre un don de Dios, del cual se siente indigno quien lo recibe”.

En cuanto a las posturas y actitudes corporales, elementos fundamentales para el yoga y los demás métodos orientales de meditación, Orationis formas reconoce su importancia, pero señala cómo los escritores espirituales cristianos “evitan aquellas exageraciones o visiones unilaterales que, en cambio, con frecuencia se proponen hoy día a personas insuficientemente preparadas”. Estas técnicas tienen carácter relativo: sirven si facilitan la oración cristiana auténtica y orientan a ella. “En la oración, el hombre entero debe entrar en relación con Dios y, por consiguiente, también su cuerpo debe adoptar la postura más propicia al recogimiento”. Teniendo en cuenta que el simbolismo del cuerpo (tanto las posturas como la oración con la respiración) sólo sirve para las personas que, por su formación y experiencia, “están en condiciones de pasar del signo material a la realidad espiritual que se busca. El simbolismo, comprendido en modo inadecuado e incorrecto, puede incluso convertirse en un ídolo y, como consecuencia, en un impedimento para la elevación del espíritu a Dios”.

Por otra parte, hay que tener cuidado con la interpretación de los sentimientos de paz y quietud o los fenómenos de luz y calor que aparecen como consecuencia de algunos ejercicios físicos: “confundirlos con auténticas consolaciones del Espíritu Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual; atribuirles significados simbólicos típicos de la experiencia mística, cuando la actitud moral del interesado no se corresponde con ella, representaría una especie de esquizofrenia mental que puede conducir incluso a disturbios psíquicos y, en ocasiones, a aberraciones morales”.

Dios, más allá

En su conclusión, el documento recuerda que “la caridad de Dios, único objeto de la contemplación cristiana, es una realidad de la cual uno no se puede ‘apropiar’ con ningún método o técnica. […] Debemos, pues, dejar decidir a Dios la manera con que quiere hacernos partícipes de su amor. Pero no debemos intentar jamás, en modo alguno, ponernos al mismo nivel del objeto contemplado, el amor libre de Dios”.

Como señalaban dos dicasterios pontificios en su documento sobre la Nueva Era (Jesucristo portador del agua de la vida), “la tendencia a confundir la psicología y la espiritualidad aconseja recalcar que muchas de las técnicas de meditación ahora en uso no son oración. A menudo son una buena preparación para la oración, y nada más, aun cuando conduzcan a un estado de placidez mental o de bienestar corporal. Las experiencias que se obtienen son realmente intensas, pero quedarse en ese plano es quedarse solo, sin estar todavía en presencia del Otro. Alcanzar el silencio puede enfrentarnos al vacío más que al silencio contemplativo del amado”.

Recientemente el papa Francisco se preguntaba en una de sus homilías en Santa Marta (9/01/15): “¿quién nos enseña a amar?”. Y contestaba: “tú puedes hacer mil cursos de catequesis, mil cursos de espiritualidad, mil cursos de yoga, zen y todas esas cosas. Pero todo eso nunca será capaz de darte la libertad de hijo”.

Para saber más:

Congregación para la Doctrina de la Fe, Orationis formas (1989)

Consejo Pontificio de la Cultura – Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo portador del agua de la vida (2003)


Artículo publicado por el portal católico Aleteia, firmado por Luis Santamaría del Río, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES).



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