Familia: comunidad de corazones

Familia: comunidad de corazones

Forjar una familia, una comunidad de corazones no es tarea fácil. Exige mucha nobleza, dedicación, paciencia y amor desinteresado de parte de cada uno. Existen muchos obstáculos en el camino, principalmente por nuestros límites, nuestra falta de autoeducación y madurez personal.

Nos cuesta p.ej. querer a cada uno, a pesar de su manera de ser distinta, de sus rarezas y locuras que nos van molestando y cansando. Todas las familias han experimentado este u otro tipo de dificultades. Y los más jóvenes que no lo han vivido aún, lo vivirán en su momento.

Pero a pesar de todos los problemas, hay que seguir luchando, por una profunda comunidad de corazones. Porque sin ello, nuestras familias pueden transformarse en pequeños infiernos, en los cuales reinan intrigas, envidias, celos, venganzas.

Ahora, ¿qué podemos hacer, para llegar a ser una verdadera comunidad de corazones? O con otras palabras, ¿Cómo debe ser ese amor que nos une como vínculo en la profundidad de nuestras almas?

  1. Cualidades de nuestro amor. Para forjar una comunidad de corazones, nuestro amor debe tener tres cualidades:

1.1 Debe ser un amor que cobija al hermano. Es un amor para siempre, que nunca deja de cobijarlo. Es como con un hijo degenerado a quien toda la familia echa; pero en el corazón de su madre siempre encuentra un hogar. Es un amor que cobija a los demás, sin excepción.

Todos deben encontrar un lugar predilecto en mi corazón, en todas las situaciones, también en momentos de crisis, de alejamiento o de caída.

1.2 Ha de ser también un amor enaltecedor, nunca un amor que tira abajo. Y eso no es fácil, en nuestra sociedad de hoy, con todos sus antivalores. Pero nuestro amor debe tender y tirar hacia las alturas, igual que las llamas de un fuego que quieren llevar todo hacia arriba.

1.3 Nuestro amor debe ser un amor que sobrelleva y soporta. Un amor tan profundo que quiere llevarnos a una comunidad de corazones, no puede existir sin sacrificios y renuncias. Tenemos que aprender a aguantarnos no sólo con amor, sino también con alegría. Tenemos que dar un sí pleno y total a los demás, es decir, aceptar y soportar también todos sus caprichos y disparates.

  1. Educación de nuestro corazón. ¿Cómo debemos educarlo en la relación con los demás?

2.1 He de procurar tener un corazón respetuoso. Un corazón que tiene un respeto y hasta veneración ante cada persona. Y ese respeto lo mantengo inalterado ante sus debilidades, limitaciones y fracasos. En la familia que formamos, queremos llegar a ser un solo corazón y una sola alma, pero de tal modo que ninguno pierda su originalidad, que cada una tenga libertad en el pensar y actuar.

2.2 Mi corazón debe convertirse en un corazón sumamente bondadoso. Es una bondad que pasa por alto las limitaciones y debilidades ajenas, que no hace caso a las cosas ofensivas o hirientes de los demás. Y todo esto como fruto de una bondad honda y desbordante del corazón.

2.3 Mi corazón debe sentirse responsable por los otros. Tengo que responsabilizarme por ellos, por su salud, su alegría de vivir, su madurez afectiva, su equilibrio emocional, su libertad interior, su independencia frente a la sociedad de consumo. Soy responsable por su crecimiento ascético y espiritual, su aspiración a los ideales, su cumplimiento de los propósitos, su fidelidad en la lucha por la santidad. Esta responsabilidad fraterna significa también hablarte con gran franqueza; hacerte ver, con amor, sus errores y fallas; criticarla, si es necesario, con humildad y sinceridad.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Tengo yo ese corazón respetuoso que ve con profunda admiración a cada familiar?
  2. ¿Poseo yo esa riqueza interior de una bondad sincera y benévola, que se olvida de las experiencias malas y sólo mira sus cosas buenas?
  3. ¿Tengo yo ese corazón responsable por los otros?

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