“Dondequiera que estés”

“Dondequiera que estés”

«Dondequiera que estés», «en cualquier parte en que te encuentres» y otras expresiones similares se escuchan con frecuencia en los medios de comunicación cuando algún locutor o entrevistado se refiere a un amigo que acaba de morir. Es siempre difícil tocar el tema de la muerte y, mucho más, expresar en público algún sentimiento sincero y verdadero sobre un conocido o pariente que nos ha dejado. Las fórmulas anteriores intentan manifestar respeto por el difunto, pero sin comprometer los sentimientos profundos y menos las creencias religiosas ante un misterio tan asombroso como es el de la muerte; son frases que denotan una pasmosa pobreza espiritual, producto de una liturgia laica que se va imponiendo en la cultura mediática reinante, y que implica también ciertos rituales funerarios como son el arrojar las cenizas al mar, depositarlas a la sombra de un árbol o esparcirlas hacia los cuatro puntos cardinales, con el acompañamiento de canciones del gusto del finado. Todo un ritual laicista y pagano en un mundo descristianizado.

Ese «dondequiera» se refiere a un lugar o a un estado indeterminado en el que se imaginan puede morar el alma o el espíritu del difunto. Los católicos no pensamos así. Creemos que ese lugar o estado de permanencia de los fieles difuntos no es nada indefinido ni etéreo, sino algo real y verdadero y se llama cielo o infierno: el cielo, como «la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Cristo», y el infierno como «el estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados», según enseña el catecismo. No hay más. Es la doctrina de Jesús en el relato del juicio final, en el capítulo 25 del evangelio de san Mateo; o en la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro, en el capítulo 16 del evangelio de san Lucas y cuyo dispar destino separa un abismo imposible de franquear.

Existe, es verdad, un estado intermedio, temporal y pasajero que llamamos Purgatorio, donde se purifican las almas de las faltas leves y de las marcas que les dejó el pecado ya perdonado. Por esas «ánimas del purgatorio» podemos y debemos orar, aplicando a ellas los méritos de Jesucristo en la santa misa, para su pronto ingreso en el paraíso. A los santos del cielo nos encomendamos; a los fieles del purgatorio los encomendamos a la misericordia de Dios. Esta realidad hermosa y consoladora se llama la «comunión de los santos», o intercambio de bienes espirituales. Del infierno pedimos a Dios que nos libre, pues allí se acaba todo intercambio o comunión. Es la desesperación del hombre y el misterio de Dios.

Referirse a la suerte eterna de un ser querido con un «dondequiera que te encuentres» equivale a negarle nuestra solidaridad de creyentes y escamotear la profesión de nuestra fe en Jesucristo, Señor y Juez de vivos y muertos. Por los difuntos, nosotros presentamos a los familiares y amigos expresiones de un dolor sincero por su pérdida, y les ofrecemos una oración llena de esperanza por su salvación.



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