Cuando Jesús murió, la humanidad murió

Cuando Jesús murió, la humanidad murió

La Cuaresma es un tiempo de Conversión -de Metanoia (en griego)- que expresa un cambio de mentalidad y de actitudes que permitan llegar más allá de donde se está ahora a fin de alcanzar la meta del destino humano, que es regresar a su origen en Dios Creador.

La auténtica conversión no se origina como una buena intención personal, sino que proviene de Dios en su conquista del corazón humano, tocando el espíritu para disponerlo… Así, el Señor irrumpe silencioso en nuestra historia, en la de todos los hombres y mujeres, en la de cada uno. La Cuaresma es un tiempo de conversión hacia Dios porque es un tiempo de Dios, tiempo que se ve acompañado de su gracia, del don gratuito de la búsqueda que emprende para encontrarse con la respuesta humana a esa búsqueda suya.

Para que la conversión ocurra es preciso propiciar que el cuerpo logre configurarse con el espíritu, y para conseguirlo se requiere de la práctica de tres observancias: el ayuno, la oración y la limosna.

-El Ayuno expresa la conversión con relación a uno mismo porque modera las pasiones, disipa las tentaciones, fortalece la voluntad, permite adquirir dominio sobre nuestros instintos y conquista la libertad del corazón pues comporta la elección de una vida sobria, de una vida que no derrocha.

-La Oración expresa la conversión con relación a Dios porque el ser humano es la única creatura que tiene capacidad de Dios, y es con la oración como logra entrar en contacto con Él; con palabras, pero también con la escucha, porque Dios habla calladamente al corazón. En la oración podemos hacernos cargo de las necesidades de los demás para interceder ante de Dios por tantas situaciones de pobreza y sufrimiento.

-La Limosna expresa la conversión con relación a los demás porque el acto de compartir permite salir de uno mismo para encontrarse con el otro y entrar a su mundo, conocer sus sueños, sus afanes, sus carencias. El desapego de lo propio permite compartir y hacerse responsable del otro más que sólo preocuparse de él pues la limosna se da a alguien de quien no se espera recibir nada a cambio; cosa que permite vivir la libertad de la obsesión de poseer, del miedo a perder lo que se tiene, de la tristeza de los que no quieren compartir con los demás su propio bienestar.

La Cuaresma es también un tiempo que se presenta oportuno para vivir la práctica de la penitencia, un tiempo de intenso conocimiento del misterio cristiano, un tiempo de desierto que empuja a la soledad, a la aridez, a donde no hay agua ni alimento, a donde nada hay, pero desde donde el Creador llama a su creatura para sostener un encuentro en el callado silencio de la soledad, que luego Él mismo invade con su cercana y divina presencia, rompiendo el velo del encuentro entre lo humano y lo divino.

La conversión durante la Cuaresma es también una preparación de cuarenta días, en imitación de la permanencia de Cristo en el desierto en la búsqueda que emprendió de Dios en su propia persona, es un tiempo de escucha de la Palabra de Dios, de atención al plan de vida que tiene diseñado para cada uno y para todos, de búsqueda de lo sagrado, de deseo de lo divino, de ansia de Dios…

La Cuaresma contiene en sí misma una metanoia en tanto que llega a su propio destino al encontrarse con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor durante la Semana Santa, un tiempo en el que el ser humano puede percatarse del natural repudio que le tiene a la muerte.

Es una realidad humana que cuando  muere un ser querido es imperioso estar muertos con él, porque es hasta ese momento cuando se descubre, en ese doloroso desgarre de la vida, cuánto de nosotros mismos vivía en aquel que murió, y de inmediato y en consecuencia se reduce en nosotros el gusto por todo cuanto nos rodeaba porque lo que deseamos es poder estar muertos con aquel que se nos murió, pues la muerte se nos presenta así como la única y desesperada forma de no perderlo para siempre.

De modo semejante, cuando Jesús murió, toda la humanidad murió; sólo que en él la muerte no puso un fin a su vida porque la derrotó resucitando. A Dios muerto le corresponde una humanidad muerta que pierde el gusto por la vida, pues… ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo si deja perder su alma? Es porque Cristo resucitó, que todos los que en él muramos, también resucitaremos en él.

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