El camino de las bienaventuranzas

El camino de las bienaventuranzas

¿Serías feliz si te quedas pobre, sin dinero, justo cuando necesitas miles de pesos para pagar las medicinas de tu hijo, si de paso la situación es tan grave que rompes en llanto, si además unos malvados, que los hay, se burlan de ti por tu desgracia y, deseando tú que castiguen a los burlones, te dicen que no te está permitido enojarte sino que debes permanecer tranquilo y ofrecerles a los malos la paz, ¡qué digo!, que inclusive debes aguantarte porque por bueno serás luego el perseguido, el rechazado y el castigado?

¡A eso suenan las bienaventuranzas cristianas! ¡A primera vista, nos proponen que abracemos todo lo contrario a nuestras inclinaciones humanas o lo que aclama el mundo! Lo que queremos es ser muy ricos, poderosos y famosos; castigar, humillar y vengarnos de los enemigos; reír, bailar y hacer lo que nos venga en gana.

Pero no nos sorprendan las bienaventuranzas pues nos dice Dios que “Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a vuestros caminos y vuestros pensamientos”. De hecho, las bienaventuranzas son un camino que hay que recorrer para participar de la vida de Dios. Revisémoslas.

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos».

El primer paso es reconocernos pobres, no sólo cuando no tengamos el dinero que necesitamos para curar a nuestro hijo, sino aun cuando lo tengamos, es más, aun cuando tengamos más bienes que Bill Gates y seamos más poderosos que Vladimir Putin y famosos que Justin Bieber. Debemos reconocernos pobres porque, aun dueños de las minas del rey Salomón, somos pecadores y, en nuestro pecado, vivimos sin Dios. Por ello nuestra pobreza es la mayor.

Ahora bien, si sí nos reconocemos pobres, pecadores, veremos entonces a Dios, pues sólo el enfermo que se sabe enfermo acude al médico, sólo el alcohólico que se reconoce alcohólico acude al tratamiento, sólo el pecador que se reconoce tal acude al Altísimo.

No así el que se estima rico porque ya tiene coche, lo aplauden sus amigos y con eso se conforma; no así a quien le bastan treinta monedas, como a Judas, y rechaza al Señor; no así inclusive algún mendigo que por media tortilla se olvida del todo de que también él es pecador y de que la verdadera riqueza es Dios.   Sólo el que se sabe con delito y por su delito admite su más extrema pobreza, busca a Dios. Gira entonces su rostro a su Salvador y exclama como santa Teresa de Ávila: “Sólo Dios basta”. Ése entrará al Reino de los Cielos. Ése aprende por tanto a renunciar, de ser necesario, a todo, aun a los bienes legítimos como la familia. La muerte finalmente nos dejará a cada uno desnudo y sin nada, nos guste o no. Pero quien supo bien en qué consistía su pobreza le quedará lo mejor, Dios, porque volteó a mirarlo oportunamente.

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra».

Por supuesto, si acudes al médico, serás dócil a sus tratamientos y lo obedecerás en sus indicaciones. No acudes a él para rebelarte y hacer lo que a ti te dé la gana pues entonces no hay curación. Sólo siendo manso ante el Divino Médico y dejándote conducir por él, recuperarás la salud y gozarás así de la Tierra que Él te prometió como herencia. Pedro negó a Cristo menos por muy gallina, que hasta hizo cantar a un gallo, que por querer defenderlo a su manera, con la espada: le cortó la oreja al soldado Malco. La ruta de Cristo era otra, la Cruz, la cual también le tocó a Pedro. Éste finalmente se dejó conducir dócilmente por Dios al martirio, como se lo anunció Jesús antes de su Ascensión. Sigue, pues, a Jesús según su manera, cumpliendo sus mandamientos de amor, no según tus caprichos. Sé manso y obedécelo.

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados».

Y hemos de llorar, por dos razones al menos: por el dolor de nuestros pecados con que hemos ofendido a un Dios tan bueno que se nos adelanta a perdonarlos, y por la alegría infinita de recibir su perdón. Y su consuelo.

«Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».

Ya en manos del Divino Médico, tendremos hambre y sed de su justicia. ¿Y cómo puede suceder esto? ¿Acaso no deberíamos más bien tener pavor de su venganza, y de que por nuestra maldad nos destruya y nos haga polvo? No hay por qué temer si acudes a Él. Si nosotros, que somos malos, no destruimos nuestros automóviles cuando se descomponen, sino los llevamos a reparar, Él que es bueno no sólo nos restaurará sino además nos llenará de su vida. Quedaremos más que nuevos porque ya no seremos nosotros quienes vivamos en nosotros, sino Cristo mismo, el Señor, nuestro Dios. Dios así sacia nuestra sed de justicia, de restauración.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

Nuestra esperanza la hemos puesto ya en Nuestro Señor Jesucristo, que justo y misericordioso nos restaurará a su imagen. Seamos, pues, como Él y compartamos desde ahora su mensaje de misericordia con palabras y obras de amor. No nos reservemos la dicha de ser sus elegidos. Compartámosla y hagámosla llegar a todos y cada uno del pueblo de Dios.

«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

Sí, compartamos este mensaje también con nuestros enemigos. No es sólo para nuestros amigos o para los que creemos que se portan bien. Compartámoslo con la prostituta, el borracho, el malhechor y el asesino. ¿Qué son pecadores? ¡Nosotros también!, y justo por ello somos objeto de la compasión de Jesús. Mirémonos los unos a los otros, no con etiquetas, sino con limpieza de corazón y descubriremos que no somos sino hijos de Dios. Sólo así veremos también a Dios.

«Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

Paz es la tranquilidad que sigue a la vigencia del orden prescrito por Dios, no la simple tranquilidad del inmovilismo o del panteón. Por eso no nos quedamos con los brazos cruzados sino nos ponemos a trabajar para restaurarlo todo según el orden original y perfecto que desde la eternidad Él concibió. Así nos comportamos como sus hijos y por ello seremos así llamados.

«Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos».

Pero muchos no desean reconocer que su extrema pobreza consiste en no voltear a mirar el rostro de Dios. Prefieren su plato de lentejas y sus vasijas rotas, y pelearán y castigarán al justo que opte por el banquete celestial y el agua viva. Entonces, sólo del perseguido y castigado por justo será el Reino de los cielos. Por tanto,

«Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

El Catecismo de la Iglesia resume el sentido de las bienaventuranzas así:

“La bienaventuranza prometida nos coloca ante opciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor”.



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