El ángel de santa Catalina

El ángel de santa Catalina

La existencia de los ángeles es una verdad de fe, como lo es también la existencia del Ángel de la Guarda, una persona celestial que Dios destina a cada persona humana para acompañarla a lo largo del camino de su vida. La compañía del Ángel Custodio comienza desde que se es concebido para este mundo y continúa hasta ser presentado, de la mano de él mismo, ante Cristo-Jesús, pues la salvación de todo pecador, además de ser un logro del Señor, es un éxito para el Ángel de la Guarda.

Son muchos y variados los relatos de personas que han recibido experiencias cercanas, místicas o vívidas con su Ángel guardián. Uno de ellos es el de la religiosa francesa Catalina Labouré, quien vio a la Virgen María y habló con ella en repetidas ocasiones, una santa a la que canonizó Pío XII en 1947.

Así relata ella su encuentro con la Virgen Madre de Dios, y también su encuentro con su Ángel de la Guarda: “A las once y media escuché que me llamaban: -¡Hermana! ¡Hermana! Desperté. Miré hacia donde venía la voz. Provenía del corredor central. Retiré la cortina que estaba ante mi cama. Vi a un niño, vestido de blanco, aproximadamente de cuatro o cinco años, que me decía: -¡Levántese y venga a la capilla, la santa Virgen la está esperando! De inmediato pensé: -Pero van a escucharme. Y este niño me dio la respuesta: -Esté tranquila, son las once y media; todos están durmiendo. Venga; yo la espero. Me apresuré a vestirme y me acerqué a este niño que aguardaba a la cabecera de mi cama. Me siguió, o mejor, yo lo seguí a él; siempre se mantuvo a mi izquierda e irradiaba rayos de luz por donde pasaba. En todo lugar que atravesamos estaban encendidas las luces; yo me admiraba mucho por esto. Pero aún más me sorprendí cuando entré en la capilla. La puerta se abrió antes de que el niño la hubiera tocado con la punta de sus dedos… …El niño me llevaba hacia delante, hacia el presbiterio, donde me arrodillé, mientras el niño permanecía de pie… …Finalmente llegó el momento. El niño me llamó la atención: -¡Aquí está la santísima Virgen. Aquí está ella! Escuché un ruido como el de un vestido de seda que provenía de la tribuna, del lado de la imagen de san José… …Yo dudaba si verdaderamente se trataba de la santísima Virgen. Pero el niño, que se encontraba de pie, exclamó: ¡Aquí, la santísima Virgen! Me es imposible describir lo que sentí en mi interior en ese momento”.

Santa Catalina, que nació en Francia en 1806 y murió en 1876, a la edad de 24 años ingresó al convento de las hermanas vicentinas ubicado en la calle del Bac de la ciudad de París, donde el 27 de noviembre de 1830 la Virgen María se le apareció para encomendarle que se acuñara una medalla de forma oval con su imagen. Es la Medalla Milagrosa, como la llamó después el Pueblo de Paris.

Volviendo al relato de santa Catalina Labouré: “El niño me habló, ya no como un niño sino como un hombre, con voz alta y palabras insistentes. Entonces miré a la santísima Virgen, salté hacia donde estaba ella, me postré ante las gradas del altar, mis manos sobre las rodillas de la bienaventurada Virgen María. Así permanecí por algún tiempo. Fueron los momentos más hermosos de mi vida… …Cuando ella hubo salido noté que algo se desvanecía, más bien como una sombra que se movía hacia la tribuna por el mismo camino por donde ella había venido. Me levanté de las gradas del altar y entonces percibí al niño allí donde lo había dejado. Me decía: -Ella ha salido. De inmediato regresamos por el mismo camino, de nuevo completamente iluminado, y el niño se mantenía siempre a mi lado izquierdo. Creo que este niño era mi Ángel de la guarda que se hizo visible para mostrarme a la bienaventurada Madre de Dios, porque había rezado mucho para que él me concediera esta gracia. Estaba vestido de blanco y mostraba una luz maravillosa, es decir, estaba brillante de luz… …Cuando regresé a mi cama eran como las dos de la madrugada. Escuché tocar el reloj. Ya no pude dormir…”

Este relato, que nos recuerda a nuestro propio Ángel Custodio, nos deja la confianza plena en que si volviésemos a conversar con él, nos obtendría de Dios especiales gracias, y si le confiásemos nuestros anhelos, penas, alegrías y tristezas, él las llevaría ante el Señor para traernos de regreso lo mejor que Dios quiere enviarnos.

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