México y la violencia cotidiana

México y la violencia cotidiana

Según los registros de las Procurarías Generales de Justicia durante 2015 hubo más de 75 homicidios dolosos al mes en Ciudad de México. El dato es escalofriante, pero aún es superado por Acapulco, que arrastra al estado de Guerrero a los 168 crímenes mortales cada mes. Para que nos hagamos idea de lo que esto significa diremos que este último guarismo supera en 84 veces la cifra de una gran ciudad europea como Madrid.

Es un número que nos permite comprender el escenario de violencia que atraviesa el país y que se ceba especialmente en algunos colectivos más débiles, como las mujeres: dos de cada tres padecen o han padecido violencia. Tras ellas se encuentran los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos comprometidos en la lucha contra la pobreza, la exclusión, la marginación y la corrupción, y que en su trabajo entran en conflicto con organizaciones criminales o delincuentes.

México necesita la paz, y la paz no se logra únicamente con el incremento de las fuerzas del orden. Se precisa una cultura de respeto por la vida humana, de reconocimiento de que el otro es un bien y de abandono del uso de la fuerza. La pobreza, la marginación y la pérdida de las raíces cristianas no son gratuitas, sino que destruyen al individuo y a la comunidad.

En las últimas semanas Francisco ha clamado una y otra vez por la paz entre los pueblos, antes y después de intervenir en el encuentro interreligioso por la paz que ha organizado en Asís la Comunidad de San Egidio. En el contexto del mundo actual es importante hacer un llamamiento a los estados, inmersos en un conflicto permanente que cada vez se desarrolla más de manera silenciosa, a través de la Guerra Digital (así, por ejemplo, las últimas noticias que nos han llegado desde Yahoo), pero que igualmente pone en riesgo la estabilidad del mundo y crea odio y resentimiento entre los pueblos.

Pero en México existe una guerra interior que hay que apagar y sólo se conseguirá si recuperamos el reconocimiento del valor permanente que tiene la vida humana en cualquier circunstancia, porque no hay ningún bien más grande que la persona que el Señor nos ha puesto delante, con independencia de que nos parezca mejor o peor, más o menos simpática. La vida, no sólo la propia, es un don, y cuidarla es vocación de todos.



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