Función Magisterial de la Familia

Función Magisterial de la Familia

En la época de los primeros cristianos toda la vida eclesial se desarrollaba en las casas, ya que aún no había templos propios. Toda la familia se convertía y pasaba a formar parte de la Iglesia. Hoy en día volvemos a tomar conciencia de esta realidad tan importante. A través del bautismo y del sacramento del Matrimonio Cristo mismo está presente en cada hogar cristiano y desde allí realiza su tarea salvadora: sana, bendice, transforma, guía y educa a su pueblo en su camino de Salvación.

En el documento Lumen Gentium del Concilio Vaticano II leemos: “en esta especie de Iglesia doméstica los padres deben ser para los hijos los primeros predicadores de la fe, mediante la palabra y el ejemplo y deben fomentar la vocación sagrada”.

Nuestra primera experiencia eclesial es nuestro propio hogar. Allí aprendemos a creer, a amar a Dios y a los hombres, allí nos desarrollamos como personas. En el seno del hogar encontramos a Dios que habita en medio nuestro. Por el bautismo participamos de la misión profética, sacerdotal y real de Cristo; por el sacramento del matrimonio lo hacemos como pareja, y Cristo mismo actúa a través nuestro santificando nuestra familia. Tanto el padre como la madre participan del magisterio, del sacerdocio y de la pastoral de Cristo. Ellos son los primeros catequistas y formadores de la fe cristiana.

La Iglesia, en su función magisterial, tiene la misión de transmitir la fe, velar por las tradiciones y verdades de la Iglesia. Cristo nos ha revelado la verdad acerca del Padre y nos ha mostrado el sentido del hombre mismo.

Esto se ha afianzado durante los siglos a través de tradiciones que cultivaron y ayudaron a llevar a la vida dichas verdades cristianas. Es nuestra tarea como familias “velar” para que nuestros hijos crezcan en dicha tradición y puedan continuarla. Hoy más que nunca necesitamos claridad acerca de las verdades y costumbres cristianas ya que nuestros hijos están constantemente bombardeados por un ambiente secularista y poco cristiano.

Queremos ser catequistas, educadores en los valores y costumbres cristianas para nuestros hijos. De allí la pregunta de cuánto tiempo le dedicamos a nuestra formación catequética. Lo que no se sabe, no se vive y no se puede luego enseñar.

Un gran problema en América Latina es la ignorancia religiosa. Esto ha provocado la proliferación de innumerables sectas cristianas y no cristianas que van lentamente minando nuestra fe. La familia en el judaísmo, acostumbrada a vivir en la diáspora, tiene un rol fundamental en la transmisión de la fe. Qué bien nos haría como matrimonio tomar el catecismo y empezar a leer juntos las partes que más nos interesan. Tendría que transformarse en nuestro “mataburros”.

También podríamos preguntarnos cómo cultivamos nuestro amor a la Iglesia en nuestra casa: la lectura de la palabra de Dios, nuestras conversaciones acerca de la fe, cómo aprovechamos los periodos de catequesis de confirmación y primera comunión de nuestros hijos. Nuestro desafío es conquistar lo que se ha heredado. Tenemos que llevar hacia las nuevas playas lo que nos legaron nuestros abuelos. ¿Qué nos legaron? Lo que hayáis heredado de vuestros padres, conquistadlo para así poseerlo realmente.

Que esos valiosos bienes de la fe católica se conviertan en íntima personalísima posesión nuestra; de lo contrario nada estará asegurado en nosotros ni en nuestra familia, ni tampoco estaremos prevenidos contra el espíritu mundano y demoníaco”.

Preguntas para la reflexión

  1. ¿Cómo acompañamos a nuestros hijos en la preparación para la primera comunión y confirmación?
  2. ¿Cultivamos como familia las tradiciones cristianas?

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