No hay alegría sin humildad

No hay alegría sin humildad

El corazón se deshace en anhelos incontables y la altura de sus sueños sobrepasa a las más altas capacidades de la naturaleza y de la razón humana. No hay poder entre los mortales que sacie el deseo titánico que nos constituye y enardece, ni sonda o instrumento que logre determinar su alcance, que pueda avistar sus límites. El universo todo se sabe expuesto a nuestra pasión que alcanzará, tarde o temprano, sus infinitos recovecos, y se conmueve mirando al hombre, dotado de un espíritu altivo y desbordante que colma las entrañas de la creación. Un ser que necesita una esperanza, una respuesta a la altura de las cumbres ingobernables que su mente alcanza y desarrolla.

No podemos hacernos felices a nosotros mismos y es vano aguardar a que la pareja, el marido o la mujer, los hijos, el dinero, el poder o la fama llenen el vacío sideral de nuestro deseo. El orgullo y la pompa no son más que una pose que se desploma al cerrar la puerta de la casa, cuando el espejo nos desvela las verdades que escondemos a los otros. Buscamos una felicidad cuya medida sólo puede ser divina. Éste es nuestro drama. Ésta es nuestra prueba.

El rey David cubierto de ceniza estaba más cerca de la meta que cuando imponía su voluntad de espaldas a la justicia. La viuda pobre que comparte lo que tiene y se postra a los pies de Cristo está más cerca de la meta que el potentado que mira a los demás desde un pedestal de humo que le ahoga el sentido común.

Sorprende siempre la acción de Dios, como Francisco ha dicho en tantas ocasiones, un Dios “que actúa en la humildad y en el silencio” y que se rodea de los humildes, que hizo caer la gran ciudad de Jericó con la ayuda de una prostituta y entregó su mensaje a un grupo de pescadores y publicanos, cuando podía haber elegido al emperador -al hombre más poderoso de la tierra- para ser más “eficaz”.

Nuestra alegría es el nombre del Señor. Esto no significa que usted no deba hacer nada por mejorar su situación, para ser positivo o para abrazar la realidad. Sin embargo, le daré una razón decisiva para que mire a la vida con ilusión: Cristo ha Resucitado, la victoria está asegurada.



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