Y no nos dejes caer en la ¡resignación!

Y no nos dejes caer en la ¡resignación!

Una de las experiencias espirituales más hermosas que he vivido, fue la visita del Papa a México, específicamente el encuentro con los sacerdotes, religiosos y seminaristas que tuvo lugar en la ciudad de Morelia. De ese momento pudiese rescatar muchas cosas, pero en esta oportunidad quisiera comentar unas palabras muy especiales del Papa Francisco: “Padre, papá, Abbá, no nos dejes caer en la tentación de la resignación, no nos dejes caer en la tentación de la pérdida de la memoria, no nos dejes caer en la tentación de olvidarnos de nuestros mayores que nos enseñaron con su vida a decir: ‘’Padre Nuestro […] Una resignación que nos paraliza y nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras «sacristías» y aparentes seguridades; una resignación que no sólo nos impide anunciar, sino que nos impide alabar. Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos impide arriesgar y transformar’’ (Papa Francisco, Morelia 2016).

Muchas veces, como cristianos, tenemos la tentación de pensar que las cosas no tienen solución, encerrarnos en esquemas prestablecidos, no ser creativos y, sobre todo, no confiar en que Dios hace nuevas todas las cosas. Es muy común escuchar: Ya no tiene remedio, Esta situación no cambiará, este sacerdote ya es así, esta comunidad si no ha cambiado en este tiempo ya difícilmente lo haga. ¿Esto acaso, no sería negar el poder transformador que tiene Dios en nuestras vidas? ¿En quién ponemos nuestra fe? ¿No va esta idea de resignación en contra del testimonio del buen ladrón, de Zaqueo y hasta de los mismos discípulos?

La resignación es una tentación del siglo XXI a vencer, con empeño y paciencia, pero, sobre todo, con la mirada puesta en Cristo. Según mi criterio, existen tres posibles vías para alcanzar esta victoria:

  • El diálogo personal con Dios: Es necesario hablar con nuestro Padre, Abbá, como quien habla con un amigo, confiándole nuestros problemas y preocupaciones. Debemos crecer en la confianza para con Dios, poniendo todo en sus manos, ya que el transforma nuestras inseguridades en esperanzas y fortalezas. Es necesario hacer oración el sentimiento de tristeza por nuestras dificultades, porque de esta forma la oración se hará respuesta.
  • Reconocer nuestras debilidades, pero también nuestras fortalezas: Es común el martirizarnos con la famosa frase: No sirvo para nada, me sale todo mal, tengo este defecto y el otro también. ¿Alguna vez recordamos nuestras virtudes? Si reconocemos de que estamos hechos, tendremos más confianza en nosotros mismos (siempre reconociendo que todo es regalo de Dios) para incursionarnos en nuevos proyectos y metas.
  • Custodiar con el apoyo y la oración los proyectos de los otros: En muchas oportunidades nos dejamos vencer por el desánimo, siendo la mejor medicina contra este virus, el apoyo de un amigo o compañero. Debemos alentar a los demás en sus metas, tanto con nuestra oración, como con nuestras palabras. Hay muchas cosas que podemos alcanzar en equipo, colocando nuestros dones al servicio de los demás. ¿Realmente colaboro con los éxitos de los demás? O ¿prefiero vanagloriarme únicamente en mis triunfos?


Comentarios cerrados.