El ocaso de una época; el nacimiento de otra

El ocaso de una época; el nacimiento de otra

De un tiempo a esta parte todo parece retrotraerse a épocas pasadas, a pesar de que nos hemos globalizado. La pérdida de valores, la desgana de algunos líderes o su mediocridad en la acción, la irresponsabilidad continua y permanente,  la demagogia como dominio, nos están dejando sin nervio para el quehacer cotidiano. Tanto es así que, hoy en día, los docentes se las ven y se las desean para encauzar el alumnado, en parte por la deplorable decadencia actual de la educación familiar. También asistimos a un adoctrinamiento de lo vulgar, a referentes vacíos y a referencias mundanas, que nos están llevando al caos. Es la dictadura de lo mediocre lo que campea a sus anchas, la falsedad como cebo de las discordias, el espíritu de la contrariedad como absurdo en este caminar sin rumbo.

Verdaderamente necesitamos poner orden, impedir a un mandatario, por muy demócrata que se considere, activar locuras y contradicciones, que lo único que hacen es enfrentarnos más y crear un ambiente de perdición para toda la humanidad. En efecto, tenemos que volvernos a reorientar con situaciones positivas. El que no sabe lo que quiere no puede hacer nada y menos conseguir bienestar para sí y los suyos. El estado social y de derecho está muy bien, pero con eso solo no basta para salir del atolladero, se requiere voluntad de cambio, voluntad de rehacerse y renacerse, lo que llega a tocar el campo moral, o sea, a tener que desarrollar cada cual su proyecto personal, cuyo embalaje es sobre todo la ilusión de cada cual. Quizás, por ello, sea fundamental reeducarse en los deseos, de manera que nada se consigue de inmediato, y sí con mucho esfuerzo y tesón.

Para desgracia de todos, la especie humana ha tendido a complicar sus pretensiones y a confundirlo todo. Nos hemos puesto a devorar cosas materiales, con la ansiedad que esto supone, dejando atrás valores tan básicos como el propio cultivo de cada uno, el saber vivir y poseer talento para convivir, olvidando que son los años, las vivencias las que nos hacen sabios y, por ende, las que nos despiertan al tener una mayor conciencia de nuestra ignorancia. Para muestra, ahí tenemos el avance de los populismos, creando alarmas muchas veces innecesarias, atesorando cimientos de odios, en lugar de generar lenguajes más auténticos que nos lleven a ser cada día mejores ciudadanos. Necesitamos saber entendernos. Ahí es donde tenemos que poner la luz.

La política no puede ser el mayor de los negocios y mucho menos una profesión, es un servicio incondicional y, como tal, ha de tener fecha de caducidad. Al igual que aquello que hemos entendido, meditado, está dispuesto para tomar juicio, también los servidores públicos deberían generar soluciones durante su mandato, nunca problemas, sabiendo de que solos no iremos a ninguna parte. La salida del Reino Unido de la Unión Europea, comúnmente abreviada como Brexit, o que el número de muertos en el Mediterráneo continúe batiendo un nuevo récord en este año 2016, es un claro testimonio de la decadencia de este linaje como humanidad, con lo que ese término conlleva de espíritu solidario. Estas realidades que nos llevan a la destrucción, deberían hacernos reflexionar a todos. Aprendiendo de los errores, con el temple necesario, debemos hacer frente a un porvenir con más raciocinio y coherencia.

Lo que no podemos es quedar hundidos en el no hacer, en la indiferencia más absurda, pues ha llegado el momento del retorno a la escucha, a su perfecta armonía con la razón,  lo que exige una ética de responsabilidad en todas nuestras actuaciones. Por otra parte, una cultura encerrada en sí misma se vuelve estéril y apenas puede aportar nada. Allá, donde la sociedad se organiza reduciendo libertades, la desorganización también es brutal. Si en verdad queremos levantar el vuelo, convendría huir de las imposiciones.

Por desdicha, la dictadura económica ha suplantado al mercado libre, hasta el punto que habría que comenzar por reinsertar el mundo financiero en el orden moral, con la subordinación plena de los intereses individuales y de grupo a los generales de la colectividad. Hemos de volver al mundo de las ideas, de aquellas que nacen libres y con sentido humano. Sería bueno, por consiguiente, aprovechar las extraordinarias oportunidades que la globalización y las tecnologías nos brindan, para acrecentar nuestra conciencia crítica. Recapacitar siempre es una manera de crecer. Como decía Unamuno: “hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”. Naturalmente que sí, máxime cuando este año la UNESCO celebra los aniversarios de dos eminentes filósofos: el griego Aristóteles y el alemán Leibniz, que contribuyeron al desarrollo de la metafísica y la ciencia, la lógica y la ética. Con varios siglos de diferencia y en contextos culturales muy distintos, ambos tuvieron en común el hecho de situar la filosofía en el corazón de la vida pública, como un elemento central de una vida digna y libre. Bravo por su entusiasmo, por admirar y hacernos asombrar ante aquello que es objetivamente grande.

A mi juicio, creo que nos falta a veces el lenguaje del apasionamiento. En ocasiones mostramos una frialdad enorme, actuamos como si el tener y la comodidad fuesen lo más importante a cosechar en la vida, cuando lo único que necesitamos para ser realmente felices es algo por lo cual entusiasmarnos. Desde luego, una sociedad en ocaso no favorece ciertamente los heroísmos de la virtud, ni bondad alguna, puesto que premia la figura del cínico en lugar de desenmascararla como debiera ser. Ante este aluvión de desvergüenza que padecemos, naturalmente, hace falta poseer grandeza de ánimo para no caer en el resentimiento. Se requiere ya no solo cautelas, también una personalidad madura, con recursos suficientes para superar cualquier tropelía del pasado. ¿Quién no se ha visto maltratado por un desvergonzado sinvergüenza?. De ahí la necesidad de altura de miras, con los opuestos al rencor, que son la clemencia y la generosidad. Siempre va a ser saludable pasar página, no vivir en los recuerdos, y ver que la vida es de los que abrazan con coraje el camino de la coexistencia, con un amor verdadero capaz de alcanzar y restaurarlo todo.

En este sentido, nos alegra que un líder mundial tan carismático como el Papa Francisco, con motivo de la eucaristía de la Santa Misa de Clausura del Jubileo de la Misericordia (20 de noviembre), haya pedido “la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza”. Seguramente, la mejor expectativa es el sueño del hombre despierto; es decir, el ser esperanzado, luchador, que sabe caminar a pesar de las adversidades.  En suma, que si el mundo de los deseos es variado, asimismo el orbe de las culturas  es diverso y, en consecuencia, cada ser humano es distinto y exclusivo. El truco está en saber discernir, en saber colocar la inteligencia por encima de las ambiciones, pues no conviene afanarse en aumentar los bienes, sino en disminuir la codicia. De momento hay un ocaso, pero después vendrá un amanecer, o tal vez ya esté amaneciendo con la firma de la Proclamación de Marrakech, declaración de intenciones que refleja el compromiso mundial para frenar el calentamiento global. Lo más importante es que hemos sido capaces de legalizar un acuerdo y no debemos volver atrás. Sin duda, hay que entrar en acción siempre y cuanto antes hacia el desarrollo sostenible, o lo que es lo mismo, hacia un progreso más humano. Está visto que solo nos podemos salvar unos a otros ensamblados por las ideas, jamás enfrentados por las doctrinas.



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