María, modelo de nuestro amor y fidelidad a la Iglesia

María, modelo de nuestro amor y fidelidad a la Iglesia

Si tratamos de penetrar en el misterio de la Iglesia, en el misterio de nuestra vocación de cristianos, podemos hacerlo mirando hacia la imagen de María.

Dios nos ha llamado para ser alma del mundo. Lo seremos en la medida en que anunciemos el amor de Dios a los pobres, a los pequeños, a los que sufren. Lo seremos, en la medida en que mostremos ese amor mediante obras, por medio de nuestro espíritu cristiano de servicio. Seremos alma del mundo de hoy, en la medida en que sepamos ser instrumentos de unidad y signos de esperanza para los hombres.

La Sma. Virgen fue todo eso en sumo grado: porque fue la llena de gracia. Es modelo de la Iglesia y con Ella queremos construir la Iglesia del futuro.

Y nos preguntamos: ¿Qué semilla la Virgen quisiera dejar en nuestros corazones para que crezca, se desarrolle y de frutos? Me parece que los frutos permanentes deberían ser: un amor más profundo y una fidelidad más auténtica a la Iglesia.

El Concilio Vaticano II definió la Iglesia de nuestro tiempo como Pueblo de Dios, como su gran Familia. Todos somos Iglesia. Todos construimos Iglesia. ¿Y cómo vamos a construir algo que no amamos?

La Iglesia es nuestra Familia. Amarla significa sentirse plenamente dentro de esta familia, y no al margen de ella, ni como simple espectador mirándola desde afuera. Amarla significa sentirse comprometido con esta familia y con cada uno de sus miembros, es decir, también con los humildes, los molestos, los antipáticos. Amarla significa también sentirse responsable de esta Familia y de su desarrollo.

Queremos amarla a pesar de los defectos de sus miembros y de sus ministros. Porque amarla es también sufrir con ella. Nos deben doler los problemas que tiene la Iglesia, las divisiones en la Iglesia, la crisis de autoridad, la falta de obediencia y de respeto frente al Santo Padre, frente a los Obispos y frente a los demás ministros.

Sufrir con la Iglesia, conservar el amor a Ella también en momentos difíciles, esto es fidelidad. Porque fidelidad a la Iglesia, la familia de Dios, significa estar con ella en las buenas y en las malas, sobre todo en las malas. Pues la verdadera fidelidad es la fidelidad probada, acrisolada, la que perdura las tormentas de la vida.

La fidelidad a la Iglesia va más allá de la muerte. Somos miembros de ella desde nuestro bautismo hasta toda la eternidad. Es la misma fidelidad que los esposos se prometen en el sacramento del matrimonio: serse fieles tanto en la prosperi¬dad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad ¬hasta que la muerte los separe.

La Sma. Virgen es modelo de nuestro amor y fidelidad a la Iglesia. Ella es el miembro más eximio de la Iglesia, la plenamente redimida. Pero más que eso, María es también la Madre de la Iglesia. El mismo Papa Paulo sexto, al finalizar el Concilio Vaticano II, la proclama solemnemente bajo este título.

Con ello no hace sino repetir el testamento de Cristo en la Cruz; cuando Él nos entrega a su Madre diciendo al apóstol Juan: “He ahí a tu Madre”, y a María: “Mujer, he ahí a tu hijo”. Como antes se ha dado enteramente a su Hijo Jesucristo, del mismo modo entrega desde aquel momento todo su amor y su fidelidad a sus hijos en la gran familia de la Iglesia. En seguida empieza a actuar como Madre de los apóstoles, reuniéndolos en el Cenáculo y esperando con ellos el Espíritu Santo.

Su misión de Madre de la Iglesia, se hace más actual aún después de su muerte. Ahora puede cumplirla en toda su universalidad y profundidad. Ya no está limitada por el tiempo y por el espacio: puede ser plenamente Madre para todos los suyos, y darles a cada uno el amor, la ayuda, la protección que necesitan.

Durante toda su historia, la Iglesia ha experimentado este amor y esta fidelidad de María y por eso le tiene tanta confianza, respeto y cariño a su Madre.



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