Magia y superstición

Magia y superstición

Por Mario De Gasperín Gasperín | El fenómeno religioso es un hecho natural y complejo, que brota de la necesaria relación de la creatura con el Creador, de un ser débil con la fuerza que lo sostiene o que lo domina. Es el origen del gran número de religiones existentes, desde las más evolucionadas hasta las más elementales. El fenómeno religioso es uno y múltiple, comprensible y misterioso a la vez. Lo básico es la relación que establece entre el ser humano y la divinidad, pero depende de la concepción que se tenga de la divinidad y de qué tipo de mediaciones se busquen para interconectarse.

Hay en esto una diferencia fundamental, que muchos ignoran, entre el cristianismo y las religiones llamadas naturales. En todas ellas es el hombre quien busca a Dios; en el cristianismo, es Dios quien busca al hombre: “Adán, ¿dónde estás?”. Es una diferencia radical.

En general, podemos decir que la religión cristiana es el encuentro personal con Dios a partir de la iniciativa divina, de la gratuidad de Dios. Dios viene al encuentro del hombre con su Palabra. Le manifiesta su voluntad. En la magia, en cambio, el hombre busca acercarse a la divinidad con la intención de apropiarse de su fuerza en provecho propio, para obtener protección, recibir favores o hacer daño a los enemigos. Busca que la divinidad haga su voluntad. Para esto utiliza palabras misteriosas, oraciones estereotipadas, rituales complicados, interpretaciones ocultas, imágenes sagradas y personajes o seres preternaturales. A todo este mundo complicadísimo se le añaden amenazas, castigos o bendiciones según las necesidades y circunstancias de la vida humana. Es la superstición.

Como podemos ver, la magia y la superstición son una degeneración del fenómeno religioso. Son una búsqueda afanosa de protección y auxilio ante los fenómenos naturales o humanos que atentan contra la seguridad personal o de la comunidad. Son una búsqueda equivocada de seguridad cuando se ignora la naturaleza de las cosas y de los fenómenos naturales, y cuando  se desconoce al verdadero Dios. Por eso  Jesucristo enseñaba que la vida eterna, la que dura para siempre, consiste en conocer al Dios verdadero, al Padre del cielo, y a su enviado, a Jesucristo. La verdadera religión es la que libera al hombre, no la que lo manipula y esclaviza. El Evangelio es la verdad que hace hombres libres, no esclavos. Por eso, la humanidad poco evolucionada es la que recurre a magos, adivinos, lectores de cartas, y a la utilización de determinados objetos como piedras, ungüentos, prendas de vestir de colores y a velas de olores. Inventan también un sinnúmero de “profesionales” como: encantadores que hacen magia con palabras; nigromantes que evocan muertos o a la muerte; arúspices que interpretan los tiempos; augures que conocen el vuelo de las aves; pitonisas que son como ventrílocuas drogadas; cartománticos que leen barajas nacionales o extranjeras. La suerte y la lotería no escapan de esta categoría junto con los amuletos y tatuajes. El mundo de la magia y de la superstición es tan antiguo como el hombre y tan extendido como la ignorancia.

Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia General (c. V), trata de “los agüeros y pronósticos” de los antiguos naturales para “adivinar las cosas futuras”. Si cotejamos estos objetos y prácticas supersticiosas con lo que ofrecen nuestras ferias y mercados, frecuentados también por católicos, comprobaremos que la magia y la superstición son males gravísimos y difíciles de curar. Parece que el hombre busca engañarse a sí mismo: “Cosa vana son la adivinación, los agüeros y los sueños; lo que te imaginas, eso es lo que sueñas”, dice la Biblia.



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