Ecumenismo de sangre

Ecumenismo de sangre

¿Es posible que el Papa celebre la canonización de cristianos de otras confesiones? Hace unos días, al visitar una iglesia anglicana de Roma, Francisco descubrió que ésta había sido la intención de Pablo VI en 1964, cuando elevó a los altares a 22 mártires de la persecución religiosa que tuvo lugar en Uganda a finales del siglo XIX.

¿Por qué entonces no fueron también canonizados sus 23 compañeros, bautizados en el mismo Espíritu y fieles a Cristo hasta la muerte, aunque profesasen el anglicanismo? Parece ser que “en ese momento no era posible”. ¿Será posible hoy? ¿O el escándalo de una parte de los católicos sería demasiado grande?

Habrá que recordar que la Iglesia es una por la unidad de todas las personas  que acogen la gracia de Dios. La separación -aunque solo aparente- de la única Iglesia es un escándalo inaceptable y un dolor para todos los que sentimos la pertenencia a este Pueblo como el núcleo de la densidad de nuestra persona. No es posible que estemos separados por nuestros pecados, que nos hayamos perseguido, torturado y asesinado a lo largo de los siglos y que no estemos dispuestos a convertirnos para vivir la comunión.

Fijémonos en el testimonio de aquellos cristianos ugandeses que se querían como hermanos sin que la tradición en la que habían conocido a Cristo fuese para ellos una dificultad, y que fueron capaces de dar la vida por su fe –algunos, pudiendo escapar, decidieron permanecer junto a los demás. Este es el “ecumenismo de sangre” que nos muestra la verdadera naturaleza de la unidad, que es más definitiva que nuestras deserciones.

Precisamente gracias a esa unidad irrompible de la que es garante Cristo el papa Francisco podrá realizar una visita apostólica a Sudán del Sur junto al arzobispo (anglicano) de Canterbury. Así lo han pedido las comunidades católicas, anglicanas y presbiterianas del lugar, que se reconocen ramas del mismo árbol de la Cruz.

Es hora de terminar con ideologías que separan, que miran siempre a las motas del ojo ajeno. Es mucho más lo que nos une, y así lo descubrimos cuando nos volvemos hacia el que puede decir “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Los demás no tenemos toda la verdad: por eso podemos buscarla juntos.



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