La ilimitada misericordia divina

La ilimitada misericordia divina

Hace varios días, ya en temporada de Pascua, el cardenal Rivera habló a los periodistas sobre la ilimitada misericordia divina: Dios nos ofrece el perdón a todos y nos pide que nos perdonemos todos los unos a los otros. Coincidió su cristianísima instrucción con la aprehensión del exgobernador Javier Duarte en Guatemala y no pocos medios torcieron las palabras de Rivera y la interpretaron como una solicitud al gobierno mexicano para que suelte al ladrón. Rivera, llegaron a sugerir, debía estar coludido con Javidú.

Tal vez deberíamos estar ya acostumbrados a los malentendidos de la prensa y por tanto ignorarlos, cuantimás que prestarles atención podría favorecer su difusión.

Creo, sin embargo, importante recordar que perdonar, entre los cristianos, no es una dispensa de responsabilidades, sino una gracia que debe culminar en la conversión.

Jesús perdonó a Dimas, que como Él, pendía de una cruz. Dimas no era ningún inocente. Por el castigo que recibía, muy probablemente era un asaltante de caminos que además cometía innumerables crueldades con sus víctimas, como violar a las mujeres y torturar inclusive a los niños. Si pudiéramos compararlo con maleantes modernos, tal vez habría sido un líder de una banda de crimen organizado. Aun así Jesús, además de perdonarlo, le ofreció el Paraíso. Pero, ¡ojo!, no lo bajó del suplicio.

Perdonar, pues, a Javidú es un tenderle la mano y aun el corazón para que se vuelva bueno y así sea bienvenido, cuanto le toque morir, en los Cielos. No es una treta para que el ladrón se salga con la suya y, por tanto, se hunda además en el Infierno, no sólo en la cárcel.

Dicho esto, no nos debe sorprender de ninguna manera la generosidad de la Iglesia en su tarea de perdonar siguiendo el mandato del Señor. Veamos algunos ejemplos:

Empecemos con uno que parece pequeño y remoto. En el siglo XIV, la Iglesia perdonó, por ejemplo, a Niccoló di Toldo, espía al servicio de los enemigos de la ciudad de Siena, quien conspiraba por su destrucción y quien fue capturado antes de cumplir con sus viles intenciones. Santa Catalina, nacida en esa ciudad, en lugar de odiarlo, oró por su conversión. Es más, logró que se confesara y recibiera los sacramentos. La santa no impidió, sin embargo, que lo ejecutaran: debía pagar las cuentas. Lo que santa Catalina sí hizo fue acompañarlo al cadalso y evitar que flaqueara en la fe. Recibió ella en su regazo la cabeza recién cortada del espía para ofrecerle un último gesto de cariño. La intercesión de la santa, lo sabemos por ella, le permitió al espía ser acogido de inmediato en el Cielo.

La Iglesia también perdonó al médico Bernard Nathanson, uno de los principales propulsores de leyes que permitieron el aborto en Estados Unidos, quien además fue responsable directamente de 75 mil abortos. Para lograrlo, Nathanson cogía unas tijeras y cortaba a cada niño, sin anestesia ninguna, en pedacitos. Sabemos por el mismo Nathanson que la oración de muchos cristianos le abrió los ojos, le permitió pedir perdón, y finalmente ser acogido por la Iglesia. Si ninguna ley humana lo castigo por sus crímenes, fue porque están malvadamente permitidos. Con todo, la Iglesia guio a Nathanson en su conversión y éste se volvió uno de los más importantes líderes pro vida. Su experiencia en los abortorios ahora permite a los defensores de la vida mostrar, con detalle, la crueldad del aborto.

Quizá el ejemplo de perdón más impresionante sea el que la Iglesia le dio a Rudolf Höss, quien presidió el exterminio de dos millones y medio de prisioneros en Auschwitz-Birkenau, y fue responsable de la muerte de un millón más. Según relata John Burger, “al acabar la guerra, Höss fue capturado, procesado y hallado culpable de crímenes contra la humanidad. Fue condenado a muerte, y la ejecución tendría lugar en Auschwitz, donde había trabajado diligentemente para implementar la ‘solución final’ de Hitler”. Con todo, relata Burger, Höss recibió la gracia de la conversión y tuvo la oportunidad de confesarse con un padre jesuita, quien le dio la absolución y posteriormente la comunión y el viático, éste porque de ningún modo se libró Höss de la justicia humana pues fue finalmente colgado de la horca. De cualquier modo, “ni siquiera un ‘animal’ como Rudolf Höss fue ajeno al perdón de Cristo”, refirió una monja polaca.

Pero hablemos de al menos dos hombres famosos que odiaron a la Iglesia y al final de sus vidas encontraron su perdón. Está Voltaire, el gran promotor del “libre-pensamiento” de la Ilustración el cual conllevaba una ferviente hostilidad contra la Iglesia; el gran inspirador de la posterior Revolución Francesa en la que ejecutaron a 173 sacerdotes en un solo día y masacraron a 450 mil vandeanos que se resistieron a abandonar la religión; el “buen hombre” que defendía la libertad mientras se dedicaba al tráfico de esclavos; el famoso escritor quien rubricaba sus cartas con la invitación de “Aplastad a la infame”, refiriéndose a la Iglesia; el peor enemigo de ésta en el siglo XVIII, llegando hasta lo innoble y degradante, tan así que Diderot, otro ilustrado, lo llamaba el anticristo. Sin embargo, al terminar sus días en 1778, pidió la confesión y el viático, y una vez muriendo recibió cristiana sepultura, a pesar de que a un obispo rencoroso no le fuera de su agrado.

Otro hombre fue el temible Napoleón, quien mantuvo preso a dos papas. El primero de ellos, Pio VI, murió en el cautiverio por los maltratos. La prensa revolucionaria celebró su deceso, cuantimás porque la consideraba como el fin de la Iglesia. Pero los cardenales, lejos de Napoleón, eligieron al sucesor, Pio VII, a quien Napoleón también encarceló. Pio VII sin embargo sobrevivió el cautiverio y, ya Napoleón exiliado en Santa Elena, le procuró con solicitud los auxilios espirituales necesarios para que tuviera una santa muerte.

por Arturo Zárate Ruiz



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