Los riesgos de sólo respetar la ley

Los riesgos de sólo respetar la ley

De ningún modo es poco importante respetar la ley. Con la mitad de los ciudadanos que lo hiciéramos de lleno en México nuestro país empezaría a notar un cambio importante en favor del progreso económico y social. Pero sólo cumplir con la ley tiene riesgos que no deben ser ignorados.

Un primer riesgo es pensar que cumplir con la ley basta. De hacerlo así, podríamos perdernos en la mediocridad. Sucede que las leyes humanas son las prescripciones mínimas que debemos cumplir para preservar el orden social. Por ejemplo, me obligan a no tirar basura en la calle, pero no me obligan a ser de lleno limpio. Me ponen como límite el seis en mis calificaciones escolares, para no expulsarme, pero no me exigen el diez. Sucede además que las leyes humanas por lo regular me señalan lo que no debo hacer, por ejemplo, agarrar la pelota con las manos en un juego de futbol, no me exigen conseguir lo mejor, por ejemplo, ganar el juego.

Del carácter restrictivo de las leyes humanas surge otro riesgo, y no menor: el creer que éstas son meras prohibiciones que debo cumplir porque la policía me vigila. De ser así, las personas sólo nos portaríamos bien por miedo al castigo y no por la bondad misma del portarse bien. Evitaríamos así el mentir porque nos regañan, no porque la verdad sea hermosa y luz en nuestras vidas. Nos sumiríamos, además, en un estado policiaco y disfuncional: policiaco porque hasta la misma policía necesitaría de policías que la vigilasen (nadie buscaría el bien por el bien mismo); disfuncional porque nunca habría los suficientes policías para vigilarse los unos a los otros. Así, nuestra sociedad por un lado se fundaría en el miedo, y, por otro lado, sería un fracaso pues nunca habría suficientes policías. Se ignoraría entonces que la prosperidad de una sociedad descansa no en el terror sino en vivir las virtudes.

Un riesgo adicional es asumir que toda ley humana es necesariamente buena por ser declarada “ley” de manera oficial. No es así. Pregúntele usted a los alemanes durante el régimen nazi: la obligación consistía en exterminar a los judíos y otras minorías. O pregúntele usted a los médicos en hospitales públicos de muchas ciudades “progresistas” europeas donde no se permite la objeción de conciencia: se les obliga a practicar el aborto porque “interrumpir el embarazo” se ha convertido en un “derecho reproductivo” de las mujeres. A las leyes inicuas agréguesele las leyes tontas, las que son imposibles de cumplir o, si se cumplen, se arruinan las cosas. Con la obligación actual de facturas electrónicas, muchos dueños de talleres artesanales en pueblos remotos de México se han visto impedidos para vender directamente sus productos: no pueden facturar no porque no sepan usar una computadora sino porque en sus pueblos no hay simplemente electricidad. En breve, a veces hay leyes que no se pueden o deben cumplir.

Desde la perspectiva cristiana el riesgo mayor consiste en creer que respetar la ley es lo que me hace bueno, y que con ello basta. Abundan así los sujetos que dicen que no necesitan ir a Misa porque se portan muy bien; quienes dicen que ya tienen satisfecho a Dios con sus buenas obras, por lo que salen sobrando los rezos o sus visitas al templo.

Como lo repite en muchas de sus epístolas san Pablo, lo que satisface a Dios no son nuestras buenas obras (aunque se requieran), sino el sacrificio de Jesús en la Cruz. Es Jesús, y no nuestras buenas obras, las que nos salvan.

En cierto modo, sacar a relucir nuestras buenas obras como garantía de nuestra salvación es un intento de convertir a Dios en nuestro deudor, como si Él nos debiera algo. ¡Una blasfemia! Pues eso hace quien dice “Si ya me porto bien, ¿para qué rezo y voy a Misa? Dios está obligado ya a recibirme en su Reino”.

Quien dice así además me recuerda al fariseo que se vanagloriaba en el templo y le contaba a Dios lo bueno que era. Existe sin embargo una diferencia: el fariseo antiguo al menos iba al templo. El fariseo moderno ni siquiera va. Arriesga en mayor medida lo que advirtió Jesús mismo: no el fariseo, sino el publicano que permanecía atrás pidiendo perdón era quien finalmente sería justificado. Así, en los últimos días, el fariseo moderno tal vez se sorprenda porque Dios recibe en el Cielo al narcotraficante arrepentido, pero no a él, que “se portaba bien”.

A quien cree que portarse bien le basta, le conviene revisar el capítulo 13 de la primera epístola paulina a los corintios, el himno al amor. Allí podemos leer que lo que consideramos hoy nuestras buenas obras pasarán, hayan sido las limosnas, los logros científicos, el mover montañas. Lo único que no pasará, dice san Pablo, es el amor. Leyendo a san Juan podemos además notar que ese amor no viene de nosotros, sino que sólo lo podemos vivir por ser un regalo de Dios, pues Él mismo es el Amor.

En conclusión, no basta respetar la ley. Como lo dice la Teresona: sólo Dios basta.

por Arturo Zárate Ruiz



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