La palabra, semilla que da fruto

La palabra, semilla que da fruto

Reflexión dominical 16 de julio de 2017

Muchas veces habla el Evangelio de la semilla, comparándola al crecimiento interior y a la vida de la gracia. Veamos las enseñanzas que nos da, de una manera especial, la primera lectura, el salmo 64 y el Evangelio de este domingo.

  • Primera lectura

Nos cuenta Isaías cómo debemos convertirnos para que nuestros caminos y nuestros planes coincidan con los de Dios:

“Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”.

Incluso llega a concretar la distancia entre los nuestros y los planes de Dios:

“Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros y mis planes de vuestros planes”.

Para que entendamos que Dios nos ayuda en esta conversión, el profeta compara la Palabra de Dios con la lluvia. Una bellísima comparación que todos entendemos pero evidentemente la comprenden más los campesinos.

“Como baja la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá sino después de empapar la tierra… así será mi Palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía”.

Como la lluvia para los campos son los dones de Dios que espera el fruto de la semilla que Él puso en nuestro corazón el día del bautismo.

Colaboremos con Dios para que su Palabra sea eficaz.

  • Salmo responsorial (64)

Es un himno bellísimo de acción de gracias a Dios.

La primera parte, que no recitamos, presenta a Dios que merece toda clase de alabanzas y un himno de bendiciones porque, a pesar de que “nuestros delitos nos abruman”, Él nos perdona siempre.

La liturgia recoge unos versículos a partir del número 10:

El cuida de la tierra y la enriquece sin medida, Él envía el agua y corona el año con sus bienes. Termina con estos bellos versículos:

“Tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramos y las colinas se orlan de alegría. Las praderas se cubren de rebaños y los valles se visten de mieses que aclaman y cantan”.

Toda la creación se convierte, pues, en un hermoso himno al Creador y nosotros nos unimos a ese himno repitiendo como en una oración: “la semilla cayó en tierra buena y dio fruto”.

  • San Pablo a los Romanos

Continuamos la meditación del capítulo 8 que habla del Espíritu Santo.

Las enseñanzas de hoy son bellas:

El Espíritu Santo nos hace ver que los sufrimientos que padecemos en este mundo nos asemejan a Jesús. El sacrificio siempre es fecundo y redentor, cuando lo soportamos con Cristo.

Medítalo tú que sufres tanto y ya no soportas los dolores de tu enfermedad.

Pablo enseña también que la creación bella y sencilla, por el hecho de existir, glorifica a Dios.

En la práctica, sin embargo, está sometida por los pecados del hombre y espera su liberación con gemidos inefables.

Te invito a profundizar en este triple gemido que nos presenta San Pablo. Búscalo en este capítulo de la Biblia:

*Los gemidos de la naturaleza, sometida a la frustración por el pecado.

*Los gemidos del hombre aguardando la adopción final y la redención de su cuerpo.

*Los gemidos del Espíritu que intercede por nosotros con “gemidos inefables” para enseñarnos a rezar como debemos, para agradar a Dios.

  • El Evangelio del sembrador

Es una deliciosa escena del campo que nos presenta lo que le suele suceder al sembrador cuando va esparciendo la semilla:

Algo cae entre piedras o zarzas o en el camino y, lo más normal, en tierra buena.

¿Qué frutos trae esta siembra?

El sembrador que representa a Dios es maravilloso.

La semilla que es la Palabra de Dios es siempre buena.

¿Y la tierra que acoge la semilla?

Depende… en el fondo se trata de la actitud del corazón que acoge la semilla. De eso depende el fruto.

En algunos totalmente rechazado o ignorado.

En otros, muy bien acogido, sobre todo en el caso de la Virgen María.

¿Y en ti?

Esto es lo más importante: ¿Cómo acoges tú la Palabra?

¿Sin interés, con desprecio, con amor?

¡Qué importante! Porque se trata de santificarte y dar fruto que permanezca.

Jesús, después de contar al gran público la parábola, la explica a los apóstoles porque ellos deberán transmitir sus enseñanzas y extender el Reino, representado una vez más por esta parábola del sembrador.

Amigo, aprovecha la Palabra de Dios. Léela, medítala y hazla oración. Busca también, si lo necesitas a los que Jesús dejó como maestros dentro de la Iglesia católica.

 

José Ignacio Alemany Grau, obispo



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