El catecismo, ¿para quién?, ¿para qué?

El catecismo, ¿para quién?, ¿para qué?

Cuando oímos hablar de catecismo nos referimos a los niños y a su preparación para recibir los primeros sacramentos. Con la celebración de la primera comunión pensamos haber “salido del compromiso”, y no volvemos a hablar del asunto. Pero nos equivocamos, porque la catequesis es asunto de toda la vida. El árbol tiene que crecer y madurar para dar frutos. Para eso el Papa Juan Pablo II ordenó publicar un Catecismo moderno, destinado a los obispos, a los párrocos, a los catequistas y a todos los fieles. Cada uno  deberá utilizarlo según su condición y el papel que desempeña en la Iglesia. Los padres de familia, como responsables de la fe de sus hijos, son destinatarios prioritarios.

Este “Catecismo de la Iglesia católica” es un catecismo llamado “mayor”, porque contiene la doctrina católica con amplitud e integridad. Allí está lo que un cristiano debe creer y practicar para salvarse. El “Compendio” posterior, contiene la misma doctrina, aunque más resumida. Es evidente que el católico pensante y que desea conocer mejor su fe, debe adquirir el catecismo mayor y hacerlo su libro familiar. El Catecismo es obra del Magisterio de la Iglesia, que transmite la fe católica en su integridad. Allí la Iglesia no opina, sino que enseña. Transmite doctrina segura para la salvación, no modas ni contentillos.

Es una obra indispensable para todo católico serio. Ahora la fe debe ser defendida, no de manera agresiva sino convencida, dentro de este mundo pluralista donde las opiniones han sustituido a la verdad, los pareceres a la doctrina y los gustos a la inteligencia. La fe se comunica por atracción, pues la verdad se impone por la fuerza misma de su claridad; por el “esplendor de la verdad”, como la luz se impone a las tinieblas. El Catecismo es para iluminar la mente contra el oscurantismo reinante en las cosas de Dios.

A la sociedad moderna se le apoda relativista, porque todo lo juzga según el cristal con que lo mira, sin fijarse que el cristal está pintado. Juzga por apariencias. Los sociólogos ahora la llaman también sociedad “líquida” porque acepta todo, lo usa y lo deshecha sin discernimiento ni reflexión. Es como el agua que se escurre entre las manos. El resultado son  individuos blandengues en los diversos campos de la vida: serviles en la política, manipulados por el comercio, ideologizados en la enseñanza, engañados en lo religioso, “juguete de las olas, arrastrados por cualquier doctrina” como dice san Pablo (Ef 4,14), esclavos de la televisión.

En este maremágnum de doctrinas, creencias, opiniones y sugerencias el cristiano se siente desorientado y hasta perdido. Si a este aturdimiento por falta de ilustración le añadimos el dramático mundo de carencias económicas, de salud, de seguridad, de protección y de justicia que padecemos, nos explicamos el incremento de la vana credulidad y de la invención de rituales y santorales que recurren a la magia, a la superstición y a presuntos patronos e intercesores que nada protegen sino que propician la violencia y hasta la criminalidad. Todo como para llorar o, mejor, para pensarlo con seriedad. El Catecismo de la Iglesia le ofrece al católico la oportunidad de ser un feligrés instruido, conocedor sincero de su fe, que busca vivirla y transmita con alegría y esperanza a sus hijos. Nunca como ahora se ha anunciado tanto el Evangelio en México. El Magisterio de la Iglesia ha proporcionado a sus hijos auxilios valiosos para conocer su fe y estímulos para vivirla. Jesús quiere que sus discípulos sean luz y no tinieblas, que aporten claridad a esta oscuridad.

Mario De Gasperín Gasperín



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