Patriotismo

Patriotismo

Es común entre adolescentes el por fin descubrir que papi y mami no son dioses, y el más bien considerarlos causa de un “oso” perpetuo. Los muchachos empiezan a adquirir la capacidad crítica, pero a medias: ahora son ellos los divinos y desprecian aun lo excelente pues es poco para sí.
Algo similar les ocurre hacia su patria. Pierden en algún momento la visión pueril de los héroes como superhéroes, descubren sus grandes defectos, les invade el desencanto, y concluyen, con arrogancia juvenil, que merecían algo mejor.

En la niñez, los héroes de la independencia resultaban cuando menos interesantes. Al mirar las monedas de cinco centavos, con Josefa Ortiz de Domínguez allí estampada, pronto se asociaba su perfil con alguna tierna abuelita, pero de las que había antes, con chongo y chal. Más cautivador era el imaginarse cómo esta frágil abuelita, amarrada por el malvado corregidor, se las ingenió para avisarles a Allende e Hidalgo que iban tras ellos los gachupines, por lo que debían empezar la lucha de la independencia. Ahora bien, un mocoso lo menos que pensaba era en peinarse justo cuando jugaba. Pero aun entonces le exigían en la escuela que siempre se presentase aliñado. Era el momento en que miraría los viejos pesos, y admiraría a Morelos: éste resolvía el problema cubriéndose la cabeza con un trapo y aun así conservaba su rostro bastante rudo como para poner a la raya a sus maestros criticones. Quien se llevaba la palma era Hidalgo. Lucía fortísimo en los libros de texto gratuitos: rompía unas gruesas cadenas que ni el mismo Hulk habría podido cargar.

Pero los niños crecen y se vuelven muchachos. Junto con el bozo asoma, si no el espíritu crítico, sí la malicia. Se preguntan entonces por qué tanta preocupación de la corregidora por avisarle al guapo de Allende. Escuchan, si no la historia, sí los chismes, y dan crédito al que pinta a doña Pepa poniéndole el cuerno al señor Domínguez, lo cual explicaría mejor las precauciones del corregidor. En la imaginación suya, doña Pepa ya no luce entonces como frágil abuelita, sino como exuberante Kim Kardashian. Y ¡ajá!, ¡qué hallazgo!, oyen que el cura Hidalgo fue literalmente el padre de la patria, todo un semental, lo que explicaría que anduviese persiguiendo a gachupinas, aunque no a los gachupines a punto de genocidio, el muy animal. Con tanto cura liderando la independencia y derramando sangre (Hidalgo, Morelos, Matamoros, Mier, Ramos Arizpe), no les sorprendería ya que los excomulgara la Iglesia. Les explicaría más bien por qué el Estado mexicano todavía pone límites a la participación de los clérigos en la política partidista.

Así, no pocos muchachos detestan ahora la historia mexicana porque sus héroes no lo parecen, y porque habla de un despeñadero de guerras fratricidas y de derrotas, en las que quienes se les dice “buenos” no sólo acaban muertos, sino muertos por matarse, a traición, los unos a los otros.
Para recuperar el patriotismo podría ser remedio poner atención a nuestros éxitos y personajes exitosos, pero aun a ellos el joven arrogante les encontraría peros. Además sería someter a nuestra nación a los estándares de éxito de pueblos dominantes: el sentirse importante por lo que se aportó al mundo, los negros mantequilla de cacahuate, nosotros puro chile. Esta vía, temo, perpetuaría el sentimiento de derrota.

Para bien, la gratitud hacia nuestros padres y nuestra patria se adquiere con la madurez y tras reconocer que no tenemos otros. Se adquiere además según lo recomendó G. K. Chesterton: los romanos, dijo, no amaron Roma porque fuese grande, sino Roma fue grande porque la amaron los romanos.

por Arturo Zárate Ruiz



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