Escuchar con devoción y proclamar con valentía

Escuchar con devoción y proclamar con valentía

Dos personas fueron al cine a ver una película movidos por la publicidad; días después, al pasar frente a un aparador, vieron un libro titulado “La Biblia”, y comentaron: Tuvo tanto éxito la película que hasta escribieron la novela. Esta anécdota, aunque no exenta de malevolencia, manifiesta una situación muy común entre los católicos: el alejamiento, con todo lo que esto significa, del Libro sagrado. Antes del Concilio Vaticano II poquísimas familias católicas, contadas también las de cepa y corazón, tenían en su casa y mucho menos en sus manos, una Biblia. Porque se pensaba que la Biblia era de los protestantes y que el Catecismo era de los católicos.

Los pleitos de familia suelen ser los más dañinos. Alejan a los más cercanos no sólo del espacio común sino del corazón. Eso pasó, durante muchos años y siglos, entre católicos y protestantes. Cada uno se instaló en su bastión, que para unos era la Biblia y para otros la Tradición. Pero tampoco es verdad que los católicos abandonaron del todo la Biblia. La Iglesia siempre la consideró como fuente y norma de fe y de piedad cristiana, como lo muestra la liturgia; pero nos solíamos contentar con las lecturas de la misa, por cierto en latín, y luego traducidas y retransmitidas por los predicadores. En el catecismo no se citaba la Escritura y en las escuelas católicas se impartían lecciones de “Historia sagrada” (no “Historia de la Salvación”), con los pasajes más llamativos de la Biblia, elegidos según el criterio del compilador. Así se pensaba cumplir con la recomendación de Jesús de escudriñar las Escrituras, deber de todo cristiano. La escasa selección de textos litúrgicos, las lecciones del catecismo y los sermones de los predicadores, se pensaba bastarían. No fue así. Se empobreció la teología, la predicación y la vida espiritual.

Es muy cierto que había católicos que leían y estudiaban la Santa Escritura y muchos santos buscaron en ella inspiración y alimento para su vida espiritual y su santificación. Santa Teresa del Niño Jesús deseaba aprender griego y hebreo para leer la Biblia en sus textos originales, y llevaba con ella una copia, hecha a mano, de las cartas de San Pablo. San Rafael Guízar Valencia, el santo Obispo misionero, al encontrarse con un pastor protestante que repartía textos bíblicos, en lugar de reprobarlo, siguió y superó su ejemplo y mandó imprimir un millón, sí, un millón, de ejemplares de los Cuatro Evangelios, con la siguiente inscripción: “Este ejemplar se reparte gratuitamente en toda la diócesis de Veracruz. Si usted practica lo que contiene, yo le aseguro el cielo”. Tanto en los pastores como en los fieles estaba latente y aún patente el amor por la Palabra de Dios, sólo que los malentendidos y descuidos nos fueron distanciando a los discípulos de Jesucristo, asunto que se trató de manera amplia y eficaz en el Concilio Vaticano II. El documento se llama: “La Divina Revelación”, es decir, de cómo Dios sale al encuentro del hombre, le habla como Padre amoroso y le enseña el camino para volver a él. Comienza así el documento conciliar: “La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio”. Lo primero que hacen los Padres conciliares es “escuchar” la Palabra y luego “proclamarla”. Nos dicen cómo hay que hacerlo: “con devoción” y “con valentía”. Y fue verdad.  Luego añaden algo para que pensemos: “La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo” (DV 21). ¿Lo podremos decir también nosotros?

Por Mons. Mario De Gasperín Gasperín



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