México y la “opción de san Benito”

México y la “opción de san Benito”

En 1981, en “Tras la virtud”, Alisdair MacIntyre detalla con preocupación la decadencia de la llamada “cultura occidental”. Da cuenta de la disfuncionalidad del discurso moral de la sociedad moderna. Propone estrategias para que las comunidades que sí viven la virtud no sucumban en la debacle contemporánea. Concluye su libro así:

“Si mi visión del estado actual de la moral es correcta, debemos concluir también que hemos alcanzado ese punto crítico. Lo que importa ahora es la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad, la vida moral y la vida intelectual puedan sostenerse a través de las nuevas edades oscuras que caen ya sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras pasadas, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación. No estamos esperando a Godot, sino a otro, sin duda muy diferente, a San Benito.”

Con san Benito, MacIntyre se refiere al repliegue que deben sufrir las comunidades cristianas frente a la hostilidad de una cultura mundana que las rechaza y persigue; un repliegue similar al que se concretó en la Edad Media, frente a los bárbaros, con el surgimiento de los monasterios benedictinos que, escondidos, preservaron la cultura y los valores clásicos y cristianos. Según MacIntyre, urge hoy este repliegue para salvaguardar la virtud de las comunidades y los verdaderos valores de la civilización frente a la cultura decadente actual.

Rod Dreher, en 2017, retoma la opción de san Benito para enfrentarse a una cultura corrosiva, por ejemplo, la de la revolución sexual, la de los medios masivos que aturden y aíslan, y la de disolución de las familias. Esta cultura, advierte, mina la identidad y la fidelidad a la fe en la misma Iglesia. Propone, entre otras cosas, que los cristianos nos separemos culturalmente de los errores en boga. Para ello, propone que apaguemos la televisión, nos deshagamos de los teléfonos inteligentes, leamos libros, juguemos juegos antiguos, escribamos y hagamos música, festejemos con los vecinos. No evitemos sólo lo malo, pide; también abracemos lo que es bueno. Formemos un grupo o integrémonos a uno en la iglesia, añade. Formemos una escuela cristiana clásica, o unámonos y fortalezcamos una que exista, invita. Plantemos jardines e impulsemos la economía local; enseñémosles a los niños música, y a tocar en orquestas; unámonos, dice, a algún grupo de voluntarios en favor de la comunidad.

Estas propuestas también pueden aplicarse a México. Sin embargo, temo que lo que enfrentamos en México no es decadencia, sino una corrupción y embrutecimiento de siglos. Las persecuciones religiosas ya se daban en el siglo XVIII, con la expulsión de los jesuitas. La confiscación de conventos y expulsión de religiosos ya se daba en el siglo XIX, por la rapacidad de los “liberales”. En la década de 1920 y 1930, se cerraron los templos, se martirizó a cientos de sacerdotes y fieles. Entonces, el repliegue benedictino ya ocurría ostensiblemente: la educación de los futuros sacerdotes tuvo lugar en el extranjero, en el Seminario de Montezuma, en Nuevo México; las bodas y los bautizos se celebraron por varios años a escondidas, con el riesgo, los ministros, de ser fusilados.

El espíritu antirreligioso pervive hoy. En las escuelas públicas todos los días se presenta a la Iglesia como enemiga del progreso. Las canciones que se aprenden los niños describen a los sacerdotes como “cuatro zopilotes” acompañados por “un ratón” (o ladrón) de sacristán. Las ideologías que reinan en las universidades y en los medios de comunicación tratan a la religión como superstición y, si les llega a interesar ésta, es para estudiarla como un elemento del folklore y “demostrar” así el retraso de nuestros pueblos. El ateísmo o el agnosticismo, se presume, debe caracterizar a las mentes pensantes, y estas mentes “pensantes” ignoran de pe a pa lo que es un razonamiento moral: lo más que conciben es un razonamiento utilitarista o la súplica sentimentaloide. Aun así, se excluye a los abiertamente católicos de cargos públicos o del liderazgo académico en universidades del Estado.
Si pervive un vivo catolicismo en México, es porque la fe sigue transmitiéndose en el seno de las familias sencillas, y porque en estas familias reina una gran cohesión, a punto de que “la familia” es el valor más apreciado por los mexicanos.

Pero no debemos esperar que esto necesariamente siga así. La revolución sexual ya llegó y es ampliamente aceptada (baste considerar el muy común uso de anticonceptivos). Los medios de comunicación son parte normal de nuestro aislamiento dentro de nuestras mismas familias. La disolución de las familias, la aceptación del divorcio, y la conversión de la lujuria en virtud, es más, en derecho de la bragueta, van en ascenso. Cabe repensar en la “opción de san Benito”, según la proponen MacIntyre y Dreher, para que las culturas clásica y cristiana no se esfumen de nuestra nación. He aquí mis propuestas:

1. Por el nuevo rito del Vaticano II, las lenguas clásicas del cristianismo (griego, arameo y latín) prácticamente las desconocen la mayoría de nuestros sacerdotes. No pido que la mayoría de los seminaristas las vuelva a aprender, pero sí que un grupo elegido de ellos en México lo haga para preservarlas y para preservar el correcto entendimiento de textos eclesiásticos y clásicos sobre los que se ha sustentado la cultura y fe católicas. Estos seminaristas serían los “benedictinos” del siglo XXI, cuya misión sería salvaguardar los valores de la civilización frente a la nueva barbarie.

2. La Conferencia Episcopal Mexicana debería patrocinar unas dos o tres universidades en que los estudios clásicos, las artes, las humanidades y el razonamiento moral sean ejes integradores de todos los programas de estudio, aun los profesionales. Las universidades católicas actuales a lo más que llegan ahora es a incluir los estudios clásicos, las artes, las humanidades y el razonamiento moral como materias de “relleno” en las carreras.

3. Cada obispo, de manera personal o a través de un vicario, debería ofrecer atención pastoral especial a las familias católicas numerosas. Son éstas donde pervive mejor la fe católica. Son éstas en donde más fácilmente surgen las vocaciones sacerdotales. Son éstas los pequeños “monasterios benedictinos” donde se puede salvaguardar la cultura católica frente a la barbarie contemporánea. En su protección especial a estas familias, el obispo podría incluso promover que éstas se unan y se yergan en comunidades eclesiales cuya luz y alegría evangélica contagie a mucho otros en México, y para que entonces se instauren finalmente aquí los valores de la civilización.

Por supuesto, la opción de san Benito no puede ser un repliegue para esconder la fe, sino un repliegue para que la lámpara de la fe desde lo alto alumbre más.

por Arturo Zárate Ruiz



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