¡Ostras!, que hay leones gay

¡Ostras!, que hay leones gay

Con eso de que algunos fotógrafos han “sorprendido” a unos leones machos y a unos pingüinos en actos homosexuales, los promotores de la ideología LGBT proclaman ahora a diestra y siniestra la normalidad de sus perversiones. Si se dan éstas en los animales, dicen, ¿por qué no aceptarlas entre los humanos?

Y nos ilustran sobre las rarezas en el comportamiento de los animales, como si fueran novedad para muchos de nosotros. En Cádiz, España, grupos gay hasta montaron una exposición de animales con conductas desviadas para “educar” a los niños sobre la “normalidad” de esos comportamientos, inclusive en los humanos.

Que hay rarezas en el reino animal, no tengo la menor duda. Algunas, si bien comunes, no dejan de ser raras a los ojos humanos. Otras, poco comunes, son por lo mismo más raras a nuestra mira.

Tenemos allí a las mantis religiosas y a las arañas que se comen a sus esposos mientras copulan. También es muy común el incesto entre muchos animales, pues no se andan fijando si copulan con la tía, la prima, la hermana, la hija o la madre, tan así que, para lograr la diversidad genética, los encargados de las reservas naturales separan a los animales parientes para que no se crucen entre ellos y se degenere la especie. Muchos animales no se reproducen por pareja, sino en grupo, como los perros. Algunos lo hacen, como los “simpáticos” delfines, en pandillas y someten a la hembra a violaciones tumultuarias, a punto de muchas veces dejarla muerta. También se da, entre muchos animales, como los gorilas, que un macho fuerte acapare a todas las hembras, que integre así un harem, y que en consecuencia reduzca a los demás machos a eunucos hasta que él deje de ser fuerte o muera. Entre los leones, el nuevo macho fuerte mata, y aun se come, a la prole del león destronado para facilitar que las hembras entren más pronto en celo y se rindan a su seducción. Hay por supuesto, hembras bravas, como quedó claro con las arañas y las mantis religiosas. Pero no sólo ellas lo son. Entre los perros salvajes, una sola hembra es la que puede tener cachorritos y a todas las demás las reduce a nodrizas. Es muy frecuente, entre muchos animales, que el macho, una vez fecundando a la hembra, la abandone y la deje sola con su prole. Entre los pingüinos, es el macho el abandonado, pues es él quien tiene que empollar por muchos meses el huevo, sin tener oportunidad de siquiera ir a comer. No sólo la homosexualidad, sino además el bestialismo y el fetichismo se dan en ocasiones entre los animales, porque como animales que son, no controlan sus impulsos. Los mulos no son resultado sino de la cruza entre especies distintas, el burro y la yegua, lo que equivale a lo que llamaríamos bestialismo. Me tocó alguna vez ver un conejo que infatigable acosaba a una pobre gata. He ahí los perros que cuando están excitados se frotan con cojines o incluso con las piernas de aquellos que se les atraviesen, lo que equivale a fetichismo. Podríamos hablar inclusive de animales transgénero. Hay calamares que se disfrazan de hembras para copular con otras hembras mientras un macho pelea su territorio con otros machos que no se disfrazan.

Ciertamente las rarezas no se reducen a cuestiones sexuales. Incluyen también, por poner un ejemplo, la alimentación. Muchas madres o hermanas de la madre se comen a los cachorritos cuando están estresadas. Los chimpancés—tan amables y razonables que parecen—les arrebatan los hijos a las manadas vecinas para añadir carnes rojas a su dieta. Por supuesto, se los comen crudos. No nos sorprenda que ellos mismos sean quienes se pongan en peligro de extinción. Los aguiluchos, en el nido, se zampan al más débil y pequeño sin que la madre diga pio. Y en el vientre de la tiburona, el tiburoncillo más grande se come a sus hermanos antes de nacer.

Tal vez al mundo natural lo hemos idealizado queriéndolo imaginar como el de las familias humanas. Pero no es así ni con las plantas. Si dejamos éstas crecer sin control, no encontraremos jardines, ni huertas, sino sólo selvas. Uno y otro árbol competirían por un pedazo de tierra. Uno y otro finalmente darían muy exiguos frutos. La zarza asfixiaría a la viña; el espino aniquilaría a las rosas.

Todos estos comportamientos podríamos considerarlos “naturales” porque ni los animales ni las plantas, fuera del control de los humanos, son dueños de sí mismos. El hombre sí puede ser dueño de sí mismo, es más, cultivar su entorno y cultivarse, a punto de desarrollar una cultura anclada en la razón. Así ha domesticado muchos animales. Ha logrado de este modo razas más fuertes y productivas. Ha domado a bestias otrora muy violentas y convertido en animales mansos. Ha practicado desde hace siglos la agricultura. Las plantas así crecen de la mejor manera y rinden óptimo fruto. Se ha convertido, sobre todo, en señor de sí mismo a tal punto que no se abandona a sus impulsos animales, sino los controla y les da un cauce razonable. Por ello no busca simplemente orgasmos, procura fundar, preservar y amar a una familia. A quien se queda con los simples impulsos lo menos que podemos decirle es “inmaduro”. Y quienes educan sus impulsos, no debe sorprendernos, son más felices. Los cultivan de tal manera que salen a flote en ellos las mejores cualidades humanas. Así, gracias a la cultura, el hombre se autorrealiza. No suprime su naturaleza, sino la lleva a su plenitud.

por Arturo Zárate Ruiz



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