¡Corazón en la Cruz!
Juan Ignacio Vargas
Que sepamos responder a Dios: ¡corazón en la Cruz!
¡corazón en la Cruz! cuando nuestra alma sienta repugnancia hacia esa cruz
pequeña o grande de cada día.
Con qué expectativa hemos esperado en España el estreno
de la película The Passion of The Christ, la última coproducción
cinematográfica de Mel Gibson y Benedicti Fitzgerald que, en palabras del
escritor italiano V. Messori, “golpea” al corazón y a la conciencia de los
espectadores. Independientemente de las creencias de cada uno, cabe
preguntarse el por qué de semejante hecho, cuya respuesta la tenemos en el
propio acontecimiento: la entrega completa, por amor, de la propia vida en
favor de todos y cada uno de nosotros. ¿Tan enamorado está de mí -el
llamado Cristo-, que es capaz de dar su vida a cambio de la mía? ¡Está
loco! Loco de amor, claro está, loco de amor.
El largometraje, basado en los cuatro evangelios
canónicos narra las últimas doce horas que Jesús vivió entre su
apresamiento, juicio, tortura y ejecución. Es decir desde la oración en el
huerto de los olivos, pasando por los cuatro juicios ilegales (por
ausencia de cargos, falsos testigos, inexistencia de quórum en el Sanedrín
y nocturnidad) que le someten sucesivamente Caifás como Sumo Sacerdote,
Poncio Pilato como Gobernador de la provincia romana de Palestina, Herodes
como rey títere de Roma en la región de Galilea, y nuevamente Pilato,
hasta la misma sentencia condenatoria de la Crucifixión. Todo ello a
través de recuerdos del Nazareno durante la época en la que vivió sujeto a
sus padres terrenos.
Fue rodada en Italia entre la localidad de Matera (Basilicata)
y los estudios de Cinecittà (Roma), con un gran reparto de actrices y
actores (J. Caviezel en el papel de Jesús o M. Mongerstern en el de Virgen
María, entre otros) que debieron de soportar temperaturas invernales con
indumentaria primaveral (incluso alguno de ellos sufrió auténticas
lesiones), donde el ambiente caravaggiesco es plasmado en esa lucha
-plástica y simbólica- de la luz por salir de las sombras. Todo ello
transmitido por medio de miradas, gestos y el lenguaje de aquel tiempo,
tanto el latín coloquial propio de los legionarios romanos como el arameo
dialectal, idioma materno de Jesucristo y los suyos.
Las tentaciones constantes a las que estuvo sometido el
Hijo del Hombre para abandonar la cima de su misión en este mundo, son una
lección de cómo nosotros debemos de actuar en medio de los quehaceres
cotidianos. Que sepamos responder a Dios: ¡corazón en la Cruz! ¡corazón en
la Cruz! cuando nuestra alma sienta repugnancia hacia esa cruz pequeña o
grande de cada día.
|