La paternidad trae consigo la inaplazable responsabilidad de educar a nuestros hijos y esto no necesariamente tiene que ser siempre placentero.
Con el paso de los años he ido valorando cada vez más la misión y responsabilidad de ser un padre de familia y de aprender que la paternidad trae consigo la inaplazable responsabilidad de educar a nuestros hijos y esto no necesariamente tiene que ser siempre placentero.
Es más, muchas veces es tremendamente difícil poder educar a un hijo con severidad y disciplina cuando es necesario, preocupándonos más por lo que será su futuro y no solamente por lo que nuestros sentimientos nos indiquen en ese momento, haciendo que nos dobleguemos ante faltas que más adelante pueden arruinar la vida de aquellos a quienes más amamos simple y sencillamente porque nosotros no supimos corregirlos en el momento en el que éstas se presentaron.
Hay dos palabras cuyo significado es muy importante comprender cuando se es padre. Educar, la cual define el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia como desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etcétera. La otra es disciplinar, que es instruir, enseñar a alguien su profesión, dándole lecciones.
Independientemente de que el mismo diccionario nos defina qué es lo que deba entenderse por educar y disciplinar, la interrelación que debe existir entre ambas en innegable. La educación lleva consigo la disciplina y esta última es en sí misma una forma de educar. Por lo tanto podemos afirmar válidamente que la educación de los hijos debe ser una educación con disciplina. A los hijos además de acercarles los medios y darles el buen ejemplo para que puedan salir adelante en la vida, tenemos que hacerles ver que sus acciones serán premiadas y sancionadas no sólo por sus padres, sino principalmente por la vida.
Recuerdo que hace muchos años un maestro de la Escuela Libre de Derecho decía a sus alumnos, cuando éstos presentaban un pésimo examen: "prefiero reprobarlo yo a que lo repruebe la vida" y creo que no hay nada más cierto que esa frase. Cuántas madres y padres hay que sobreprotegen a sus hijos, que se hacen cómplices de sus fechorías excusándolos en la inmadurez o simplemente dejándose llevar y hasta manipular por el temor a perder el cariño de sus hijos y, sin embargo, no comprenden que no puede haber algo más criminal que contribuir a que sus propios hijos fracasen ante los retos que les pondrá sin duda la propia existencia.
La próxima vez que usted ponga una norma en su casa o advierta a sus hijos de una sanción por hacer u omitir algo que los educa y disciplina, cúmplalo. Recuerde usted estas líneas y no se arriesgue a que algún día esos hijos a quienes tanto ama, lo vayan a señalar a usted como el corresponsable de la ruina de sus propias vidas.