La liturgia como camino de unidad

La liturgia como camino de unidad

La unidad bien entendida nace del amor, de la armonía, de la concordia. En la Iglesia católica la unidad tiene muchas dimensiones, y una de ellas se vive concretamente en la Liturgia.

Por lo mismo, a lo largo de los siglos los Papas y los obispos han dado indicaciones más o menos claras sobre el modo de celebrar los Sacramentos y Sacramentales, sobre las partes de los diferentes ritos, sobre el sentido de cada ceremonia.

Una de las dimensiones de la catequesis se refiere precisamente a la explicación de la Liturgia. ¿No resulta un modo hermoso y concreto, para explicar la fe, comentar los ritos de la misa, las partes de un bautismo, las palabras usadas en el sacramento de la confesión?

Lo anterior exige, sobre todo por parte de los sacerdotes, una buena preparación y una concreta fidelidad a lo que la Iglesia pide para cada sacramento. Conocer las “rúbricas” (textos a veces impresos con letra pequeña) que explican cómo llevar a cabo cada ceremonia ayuda enormemente a lograr un clima de familia en las celebraciones y una sana unidad litúrgica.

Por desgracia, los bautizados perciben no pocas veces que hay sacerdotes que se saltan con facilidad una o varias normas litúrgicas. Individuar los motivos de estos comportamientos no es fácil, y conviene evitar juicios temerarios sobre lo que piensa un sacerdote, por ejemplo, que no quiere ponerse la estola para celebrar la misa o que cambia una y otra vez las palabras de las oraciones propuestas en el Misal por otras que le parecen más convenientes o adecuadas.

Este tipo de actuaciones (la enumeración podría ser dramáticamente larga) exige una respuesta madura por parte de los creyentes. Es cierto que la fidelidad a ciertas normas litúrgicas no convierten en santo a un sacerdote: hay quien cumple cada detalle y luego falta a la caridad y critica despiadadamente a otras personas. Pero también es cierto que una fidelidad que nace del amor a la Iglesia y que busca una sana unidad ayuda mucho en la vivencia de la fe.

Por eso, y ahora ponemos los ojos en tantos casos positivos, resulta hermoso ver a cientos y cientos de sacerdotes que, en lugares distintos, con idiomas diferentes, jóvenes o ancianos, celebran cada rito de la Iglesia con fe y en armonía, desde el respeto a las normas litúrgicas dadas por el Papa y los obispos.

La liturgia refleja así, con más profundidad, su función de unir a los creyentes. Manifiesta entonces aquella invitación que el Espíritu Santo nos ofrece desde los escritos de san Pablo: “Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos” (Ef 4,4-6).



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