sábado, enero 19, 2019
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La Ascensión del Señor

Hay tres mundos: el superior, el intermedio y el inferior. El de Dios está en lo alto de todo lo creado; el nuestro forma parte de la creación; y el infierno, que fue instalado para arrojar allí a los demonios, del que algunos se salen cuando son invocados desde nuestro mundo.

Cuarenta días después del maravilloso acontecimiento de su Resurrección, luego de abandonar el sepulcro tras vencer, muriendo, a la muerte, Jesús regresó al mundo que había dejado para venir al nuestro.

Las primeras horas de aquella mañana, que se despertaba victoriosa de la oscuridad de la noche y orgullosa mostraba al mundo los primeros resplandores del sol en una aurora que mezclaba los frescos azules del cielo con los cálidos brillos del astro de oro, anunciaban calladamente el viaje que emprendería el Hijo del carpintero para encontrarse con el Padre de los cielos. Los pájaros entonaban cantos que se convertirían en himnos de alabanza mientras la aurora se levantaba para dar paso al cálido abrazo del sol.

Jesús contempló ese momento con una mirada que rasgaba el horizonte más allá de aquella y de todas las mañanas de este mundo; parecía que miraba a mundos que están más allá de nuestros días y más distantes de nuestras noches. Luego miró hacia el cielo, y parecía que las aves se mecían hacía afuera de sus vuelos para no interrumpir lo que él miraba. Sus ojos se iluminaron por una señal celestial que le hizo conocer que ya sólo estaría unas horas más entre nosotros, aquí, en nuestro mundo.

Entonces miró hacia atrás, por encima de su hombro, para encontrar a sus amigos y reunirlos a todos en derredor suyo. Los invitó a estar con él. Besó a los apóstoles, abrazó a los discípulos y estrechó a María, su madre, en un abrazo del que no quería soltarse, luego acarició su cabeza y envolvió sus mejillas con caricias que ya comenzaban a no pertenecerle a este mundo. Las miradas de él y de ella traspasaron sus ojos y llegaron hasta sus corazones. Ya no era necesario decir nada, pero ella no se pudo reprimir. -¡Llévame contigo! Le dijo. Y Jesús lloró, pero sus lágrimas fueron ahogadas por sus propias palabras: -Quédate con ellos un tiempo más, aún son débiles y necesitan de ti; te prometo que en breve nos reuniremos por siempre, para siempre.

Fue entonces que las aves callaron ante la multitudinaria e invisible proximidad de millares de ángeles, arcángeles, serafines y querubines que descendían del mundo de Dios para acompañar al Salvador de la humanidad hacia la eternidad.

-Queridos hijitos -les dijo- no los dejo. Estaré con ustedes todos los días de su vida, más cerca de lo que podrían comprender. Si me voy es porque mi tarea ha concluido por ahora, pero volveré y me verán regresar de la misma manera como ahora me verán partir. Ustedes han sido llamados para vivir la vida de mi Padre en los cielos, para vivir con Él, para ser en Él. Debo llevarme esta naturaleza suya para elevarlos hasta lo divino. También quiero interceder, justamente junto a mi Padre, por ustedes. Luego les dijo: -No se alejen de Jerusalén; aguarden que se cumpla la promesa de la que les he hablado. Juan bautizó con agua, pero dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo, y de él recibirán la fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.

Cuando terminó de hablar, lo vieron elevarse hasta que una nube lo envolvió cubriéndolo por encima de sus miradas, y de pronto, mientras contemplaban el cielo se les acercaron dos ángeles vestidos de blanco, y les dijeron: -Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús, que los ha dejado, volverá de la misma manera en que le han visto partir, y lo hará justamente cuando el mundo, y los de ustedes, más lo necesiten.

De regreso al cielo, Jesús fue recibido en la Gloria y se sentó junto al Padre, radiante por la salvación que juntos habían concretado en nuestro mundo. El Señor merecía un glorioso recibimiento en justa recompensa por cuanto hizo a través de su propia humanidad, ahora elevada al Cielo por encima de toda creatura. Entonces, millones de ángeles y todos los coros celestiales se postraron ante él para adorarle.

El Señor nos ganó para él, y aunque estamos en el mundo ya no somos del mundo, pues desde aquella mañana de su ascensión sabemos que nos dará la gracia de compartir eternamente, con él, el gozo de su victoria.

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