El diálogo humano-divino: el misterio de Dios y el enigma del Hombre

El diálogo humano-divino: el misterio de Dios y el enigma del Hombre

PRESENTACIÓN

En el pasado muchas veces y de muchas formas habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, y por quien creó el universo”, dice la carta a los Hebreos (1,1). Es una solemne invitación de Dios a escuchar a su Hijo Jesucristo, quien sigue hablándonos de muchas maneras por medio de su Iglesia. Para comprender mejor esta múltiple Palabra de Dios es necesario que distingamos bien lo que es: 1° La Revelación divina; 2° La Palabra de Dios, y 3° La Sagrada Escritura o Biblia, la íntima relación entre ellas y su riqueza. El “Mes de la Biblia” es una oportunidad que nos ofrece la Iglesia para hacerlo, porque “desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo” (S. Jerónimo).

I. DIOS SE MANIFIESTA: LA REVELACIÓN DIVINA

  1. “Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad. Por Cristo, Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina”, enseña el Concilio (DV 2). Por tanto, mediante la Palabra de Dios, manifestada en Cristo, y con el auxilio del Espíritu Santo, los hombres tenemos acceso a Dios y participamos de su vida divina. Esto es la salvación.
  2. “En esta revelación, Dios invisible, movido por amor, habla a los hombres como amigos y trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía”. Este caminar juntos Dios con el hombre se llama “historia de la salvación”, y contiene obras y palabras íntimamente unidas: Las palabras explican las obras y las obras confirman las palabras.
  3. “La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre que transmite esta revelación, resplandece en Cristo, mediador e instrumento de toda la revelación”; por tanto, Cristo es el autor, centro y fin de toda la revelación y así “el enigma de la condición humana se esclarece definitivamente a la luz de la revelación del Verbo encarnado. Así pues, creados a imagen y semejanza de Dios amor, sólo podemos comprendernos a nosotros mismos en la acogida del Verbo y en la docilidad a la obra del Espíritu Santo” (Benedicto XVI). El enigma del hombre sólo se comprende en la revelación del misterio de Dios.

II. DIOS NOS HABLA: LA SINFONÍA DE LA PALABRA DE DIOS

La única y eterna Palabra de Dios se manifiesta al hombre de múltiples maneras, de modo que constituye un canto a varias voces, una sinfonía. Siempre es Dios quien habla, pero lo hace de diversas maneras que conviene distinguir cuando hablamos de “Palabra de Dios”. Podemos distinguir seis significados distintos que se complementan:

  1. La Palabra eterna de Dios. Cuando san Juan dice: La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios, se refiere al Verbo eterno de Dios, del que recitamos en el Credo: “el Hijo único de Dios, nacido del Padre, antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz…, de la misma naturaleza del Padre”.
  2. La Palabra encarnada. De esta Palabra eterna de Dios dice san Juan: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Esto sucedió en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo, y se llamó Jesucristo. Jesucristo es la Palabra o Verbo de Dios encarnado, hecho hombre.
  3. El libro de la naturaleza. Los cielos cantan la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos, dice un salmo (19, 1). Toda la naturaleza lleva grabada las huellas de Dios: de su sabiduría, de su belleza y de su amor. “Dios ha escrito un libro precioso, cuyas letras son la multitud de creaturas que pueblan el universo”, escribe el Papa Francisco. Por eso debemos decir: Alabado seas mi Señor con todo el universo. La naturaleza también es, a su modo, Palabra de Dios.
  4. La Palabra histórica de Dios. Cristo, Palabra encarnada de Dios, preparó su venida desde antes de la creación del mundo; luego, en la historia del pueblo de Israel, “habló por los profetas” y últimamente nos habló en su Hijo, Jesucristo. Así se inició y se escribió la historia de nuestra salvación. Por eso decimos que el Antiguo Testamento es Palabra de Dios junto con el Nuevo.
  5. La Tradición divina es Palabra de Dios. Lo que hizo y dijo Jesucristo lo recibieron y transmitieron los Apóstoles, obedeciendo el mandato de Jesús de predicar el Evangelio. Así, la Palabra de Dios predicada y trasmitida por los Apóstoles se convirtió en vida de la Iglesia, que guardó siempre viva la memoria del Señor. Esta memoria viva de Dios es también Palabra de Dios y se llama la Divina Tradición.
  6. La Palabra Escrita de Dios. Parte sustancial de la predicación y enseñanza de los Apóstoles y discípulos fue puesta por escrito, movidos los autores por el Espíritu Santo. Es lo que llamamos la divina inspiración de la escritura. Esta Palabra de Dios escrita es La Sagrada Escritura o Santa Biblia. Allí quedó consignada por escrito la regla de fe, que norma y rige la vida y enseñanza de la Iglesia.

Conclusión: El Espíritu Santo, mediante el Magisterio de los Pastores de la Iglesia, la guía y va enseñando para que interprete con autoridad la Palabra de Dios escrita o Sagrada Escritura conforme a la Palabra viva de Dios o divina Tradición. Así, Sagrada Escritura, Tradición y Magisterio están íntimamente unidos y se complementan y crecen juntos bajo la acción del Espíritu Santo. Por eso, “la Iglesia venera tanto la Sagrada Escritura, aunque la fe cristiana no es la religión del Libro, sino que el cristianismo es la religión de la Palabra de Dios, no de una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo. Por consiguiente, la Escritura ha de ser proclamada, escuchada, leída, acogida y vivida como Palabra de Dios, en el seno de la Tradición apostólica, de la que no se puede separar” (Papa Benedicto XVI). El Magisterio eclesiástico es el custodio, intérprete autorizado y fiel servidor de la Sagrada Escritura.

III. LA CARTA DE DIOS A SUS HIJOS: LA SANTA BILIA

“La Iglesia siempre ha considerado como suprema norma de su fe a la Sagrada Escritura unida a la Tradición, ya que, inspirada por Dios y escrita de una vez para siempre, nos transmite inmutablemente la palabra del mismo Dios. Por tanto, toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión cristiana, se ha de alimentar y regir por la Sagrada Escritura”, pues ella es “sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente limpia y perenne de vida espiritual” (DV 21). Para facilitar el acceso a la Sagrada Escritura, ofrecemos las siguientes reflexiones pastorales:

  1. La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo y se ha alimentado del Pan de la Palabra y del Pan Eucarístico. Vive de la Eucaristía y de la Palabra de Dios. Cuando leemos la Biblia no debemos pensar que somos los primeros o los únicos en leerla; muchos nos han precedido en su veneración y estudio, y somos sus deudores.
  2. La Sagrada Escritura es el libro de la memoria de la comunidad cristiana. Es de la Iglesia. Nuestra lectura, aunque sea a solas, nunca es en solitario. Se lee siempre bajo la conducción y guía del Espíritu Santo presente en la Iglesia. La Biblia no es un libro de interpretación privada, sino que toda lectura bíblica debe ser eclesial.
  3. El centro de la Sagrada Escritura es Cristo. Debe leerse pensando en Cristo y viendo cómo todo se cumple en Cristo. Cristo es la clave para interpretar la Escritura. Por eso, los Evangelios son su parte principal.
  4. La Biblia no es solo un libro, sino una persona. La Biblia es “Alguien”. Por eso se la venera y trata con respeto, especialmente en la liturgia, como cuando se inciensa y se besa el libro del Evangelio. La mejor lectura de la Biblia es la litúrgica: Allí la Palabra se hace Sacramento.
  5. Tener presente que las palabras y los hechos van siempre unidos. Las palabras anuncian o explican los hechos, y los hechos realizan y cumplen las palabras. Decir y hacer para Dios es lo mismo. Es la fuerza divina de la palabra de Dios. La Palabra es la verdad y se cumple siempre.
  6. Al principio conviene comenzar leyendo los Evangelios; luego los Hechos de los Apóstoles o algunas Cartas. Ir después entreverando algún libro del Antiguo Testamento como el Génesis, el Éxodo, el Deuteronomio, los Jueces o Samuel. Los Salmos son oraciones para recitar y los Profetas necesitan una introducción especial. Procure hacer su curso bíblico en la parroquia.
  7. Una Biblia católica vale por su traducción y por sus notas. Las hay muy buenas, como la “Biblia de Nuestro Pueblo” o “Biblia del Peregrino”; la “Biblia de América”; y la reciente “Biblia de la Iglesia en América”, traducida por el CELAM. La “Biblia de Jerusalén” es para el estudio.
  8. El autor principal de la Biblia es el Espíritu Santo. Debe siempre invocarse al comenzar la lectura y, al final, dar gracias. La Virgen María es muy buena consejera. Ella meditaba estas cosas en su corazón y las ponía en práctica. Se paseaba por la Escritura como por su propia casa. Ella aparta de la soberbia y de las herejías.
  9. Todo libro y texto bíblico se originó en un tiempo y en un contexto determinado. Leer un libro o un texto sacándolo de su contexto histórico o literario es no comprenderlo, y exponerse a manipularlo. No tome la Palabra de Dios en vano; evítelo adquiriendo su cultura bíblica en la Escuela Bíblica parroquial. Dedíquele tiempo al estudio bíblico y encontrará la piedra preciosa y el tesoro escondido.
  10. Hay un modo especial de leer la Biblia que se llama Lectio divina o lectura orante, y consta de cinco pasos: 1° Lectura: ¿Qué dice el texto?; 2° Meditación: ¿Qué me dice el texto a mí?; 3° Oración: ¿Qué me hace decirle a Dios este texto?; 4° Contemplación: Quédese mirando a Dios que le está mirando; 5° Acción: Señor, ¿qué quieres que haga?, y hágalo.

Conclusión: La Sagrada Escritura es para que cambiemos nuestro corazón y, con el corazón nuevo, construyamos un mundo mejor. “La plenitud de la Ley y de todas las divinas Escrituras es el amor… El que cree, pues, haber entendido las Escrituras, o alguna parte de ellas, y con esta comprensión no edifica el doble amor de Dios y del prójimo, aún no las entendió” (S. Agustín).

+ Mario De Gasperín Gasperín

Santiago de Querétaro, Querétaro, Mes de la Biblia de 2015



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