Cuando sufre un ser querido

Cuando sufre un ser querido

Un científico está en su mejor momento académico. Clases, conferencias, artículos, libros. De repente, una llamada telefónica. Acaban de diagnosticar cáncer en su esposa.

Un filósofo razona una y otra vez de modo brillante y riguroso. Cientos de personas siguen sus reflexiones. Un día llega la noticia: su hija acaba de chocar y está gravemente herida en el hospital.

Un teólogo habla y escribe sobre Dios, sobre el hombre, sobre el mundo, sobre el bien y el mal. Un día, le avisan de la muerte de su hermano más querido.

En medio de un camino “normal”, con un presente sereno y un futuro prometedor, noticias dolorosas cambian todo el panorama. Las certezas parecen tambalearse. Hace falta contar con fuertes agarraderas.

La vida encierra un misterio continuo. Es cierto que los horarios conservan cierta rutina, que los autobuses aparecen a tiempo, y que el trabajo nos recibe con la monotonía de siempre.

Pero la noticia inesperada sobre el dolor de un ser querido abre los ojos ante el hecho ineliminable de nuestra fragilidad. En este mundo nada es estable ni permanente.

Las respuestas ante esas noticias dependen de cada uno. Hay quien almacena en su corazón recursos para encajar el golpe. Otros están completamente desprevenidos. Entonces parece que el mundo se tambalea y faltan fuerzas para reaccionar.

Acaba de llegar una noticia inesperada y dolorosa. Un ser querido sufre. Queremos, ahora, estar a su lado, acompañarle en sus dudas y temores, ofrecerle lo mejor de nosotros mismos.

Sobre todo, queremos abrir los ojos del alma para descubrir que, tras las nubes y las penas existe un Dios que es Padre y que nos ama, no siempre de modo comprensible, pero sí con la seguridad que da la Pascua.

También Cristo tuvo que pasar por una prueba que hizo gemir su naturaleza humana. El sudor de sangre en Getsemaní acompaña a los hombres y mujeres que hoy sufren en su propio cuerpo o lloran por las penas de sus seres queridos.

Más allá del Calvario hay un Sepulcro vacío. El dolor y la muerte no fueron la última palabra de la historia humana. Unidos a Cristo, caminamos en medio del sufrimiento, con la esperanza de que, algún día, será consolada cada lágrima y se abrirá el horizonte maravilloso de un cielo eterno.



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