Los santos y los héroes

Los santos y los héroes

Los santos y los héroes tienen en común el que se nos presenten como modelos de vida. La gran diferencia consiste en que los héroes lo son para la ciudad terrena y los santos además para la ciudad de Dios. Unos representan los valores que una nación abraza, en la medida que iluminan la ruta a seguir por un pueblo para alcanzar, se dice, su desarrollo político y social; otros encarnan además los valores que nos permiten llegar a la casa celestial.

Juárez así se nos ofrece en México como el arquetipo de la legalidad y la justicia; Hidalgo, como paladín de la libertad y la independencia; Madero, como mártir de la democracia. En el mundo actual globalizado, se proponen además héroes para todos los pueblos, como lo intenta Google. Así en sus doodles nos recomienda figuras de científicos como Nicolás Copérnico, Oskar Fischinger, Alberto Houssay y Leonard Euler, o representativas de una diversidad cultural como Machado de Assiz, Hanawa Hokiichi, Richard Oakes y Hibari Misora, o que nos recuerdan que las mujeres también destacan en los ámbitos profesionales, como Juana Manso, Susan La Flesche Picotte y Zaha Hadid.

Ciertamente, entre los santos, se dan también médicos excelentes como san Lucas, ilustres universitarios como santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, científicos importantes como santa Hildegarda de Bingen, constructores de hospitales como san Basilio y san Pío de Prietelcina, hacedores de caminos como san Sebastián Aparicio, primeros ministros como santo Tomás Moro, comandantes de ejércitos como santa Juana de Arco, mujeres “poderosas” como santa Catalina de Siena que puso en orden a los papas, o reyes y grandes guerreros como san Eduardo y san Luis.

Pero los santos no suelen ser figuras destacadas para los estándares del mundo. El común de ellos es gente común. Los apóstoles eran simples pescadores; Pablo en particular, hacedor de tiendas; Jesús mismo, un carpintero, como su padre putativo José.

Para las feministas, que quieren a las mujeres en altos cargos públicos y de liderazgo económico, debe ser escándalo que María sea simple ama de casa, es más, simple esposa de un carpintero, que santa Rita no sea más que esposa, madre de familia y, al final de su vida, una monja de “poca monta”, que santa Zita sea mera sirvienta, que santa Josefina Bakhita, una esclava, y santa Magdalena, al parecer prostituta.

Quienes exigen mejores modelos para las mujeres tal vez se sorprendan que entre los hombres tampoco abundan los ejemplos prominentes según los estándares mundanos: he allí san Martín de Porres, un mulato bastardo barrendero; san Sergio, quien amasaba el pan; san Damián, un leproso, y en general todos los santos de las órdenes mendicantes, es decir de limosneros, fundadas entre otros por san Francisco y santo Domingo.

Sucede que a los santos se les recuerda y se les ofrece como modelo no por lo que hayan hecho por sí mismos, sino por lo que finalmente lograron por la gracia de Dios. Se les recuerda no tanto por sus logros mundanos, aunque los tuvieran, como el haber sido emperadores (san Enrique). Se les recuerda por su ejemplar fe, esperanza y amor, según se los infundió el Señor.

Podría cuestionarse entonces el que se nos ofrezcan como modelos de vida para que prosperen nuestras naciones. Pues mientras los santos sólo destacan en cosas pías, se diría, los héroes mundanos sí nos ofrecen ejemplo de cómo mejorar las condiciones de vida en este mundo, y nos aleccionan sobre cómo conquistar la libertad, el respeto a los derechos, y el desarrollo científico, político y económico, entre otras cosas.

Y qué bueno que ellos nos lo ofrezcan. Necesitamos también de los héroes para, con su ejemplo, lograr el progreso de nuestras naciones.
Pero aprendamos de ellos con cautela. Si bien muchos nos enseñan cómo forjar la patria terrena, no siempre son ejemplo de virtud, es más, no son ejemplo de la ruta a seguir. Juárez, por ejemplo, persiguió furioso a la Iglesia; Hidalgo permitió que la turba de sus seguidores cometiera genocidio; Madero era un espiritista. Entre los científicos e inventores, Newton y Edison fueron consumados ladrones. Es más, de repente nos proponen “héroes” que más bien encarnan una agenda falsa y perversa, como el exaltar en Google a Gilbert Baker por diseñar la bandera de “orgullo gay”, y a Juan Jacobo Rousseau, quien negó el derecho natural y redujo toda ley a mero contrato. Hay además muchos “héroes” del gusto popular que si bien representan impulsos de justicia en tiempos de opresión, sus impulsos sin embargo se quedaron en gran medida en rabia y violencia. He allí a Villa y a Zapata. Hay además “héroes” popularísimos que no tienen más que el relumbre de ser “ricos y famosos”, como los artistas de Hollywood. Si los héroes fueran siempre indicadores de la ruta, ¿a quién seguiríamos? Cada gran héroe de la Revolución Mexicana no sólo propuso caminos distintos a seguir, también se preocupó por estorbar al contrario a punto de matarlo.

Todo esto no quiere decir que los santos no hayan sido humanos, es decir, que no hayan tenido límites y defectos. San Pablo era de mecha corta, san Marcos de mecha demasiado larga, y casi todos los apóstoles (salvo san Juan) unos cobardes por abandonar a Jesús. Con todo, al entregarse a Dios los transformó y los hizo santos. Es más, son santos no sólo por ser ciudadanos del Cielo, también por, movidos por el amor de Dios, convertirse también en ciudadanos de este mundo para transfigurarlo en un reino nuevo donde todo sea bueno y hermoso como el Señor manda.

De hecho, seguir a los santos no es una renuncia a los deberes que tenemos con este mundo. Es una exigencia más grande que la que han tenido los héroes. Es la exigencia de transformarlo, ya ahora, en un Paraíso, y el hacer ya hoy de este terruño el Cielo prometido. Que no entraremos en éste, por ejemplo, sin practicar las obras de misericordia.

En fin, ser santo está al alcance de todos. Si ser héroes exige prominencia (no todos pueden ser generales pues se necesitan soldados), ser santo, con la gracia de Dios, es posible para todos. He allí san José Cupertino, un retrasado mental.

Por Arturo Zárate Ruiz



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