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La gran mentira

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Una defensa de las obras de la Iglesia frente al ataque blasfemo de la obra de D. Brown.

La Santa Madre Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, reparte el Amor divino a todos los hombres de buena voluntad que así deseen recibirlo. Caridad manifestada en obras tangibles para todo aquel que no tenga un corazón cegado por la soberbia, el egoísmo, la envidia, la impureza… o la ignorancia.

La magnífica e impagable labor que lleva a término la Iglesia católica en todo el mundo es ingente en obras de todo tipo. Humanitarias y sociales por medio de guarderías, colegios, hospitales, comedores, residencias de ancianos, orfanatos, casas de acogida, centros de atención especial, etc. donde se atiende a ancianos, inmigrantes, enfermos de sida, minusválidos, enfermos mentales, drogodependientes o marginales sin techo. Culturales, que abarcan casi todo el patrimonio histórico-artístico nacional como son el mantenimiento y difusión turística de monasterios, colegiatas, iglesias, catedrales, museos, etc. Espirituales, por medio de la administración de los sacramentos y su efecto beneficioso sobre las conciencias por medio de una atención personalizada las 24 horas del día los 365 días del año. Todo ello por poner un pequeño ejemplo.

Y, sin embargo, hemos podido observar con indignación como un mediocre autor junto con una productora cinematográfica y una editorial sin escrúpulos atacaban sangrantemente a la esencia de la fe cristiana: La condición divina del Verbo encarnado –Jesucristo- y la institución que Él nos legó –la Iglesia-. El primero lo reducen a la condición de un simple maestro filosófico-religioso como pudo ser Confucio, Buda o Mahoma y, a la segunda, a una corporación exclusivamente humana sin nada que aportar al Hombre.

Para no aburrir al amable lector, evitaré escribir en estas líneas las muchas contrariedades y mentiras de tan fausto ¿escritor? ha cometido en campos tan diversos -y rigurosos hasta la llegada de este iluminado- como son la Historia, la Geografía, el Arte y la Teología; otras plumas más versadas que la mía lo han hecho.

Escudarse en el hecho de que es una simple novela o película de ficción es un argumento que no tiene por dónde sostenerse. La curiosidad morbosa siempre es la excusa perfecta para la cobardía o la mala fe, pero no para demostrar que el católico ha de defender a capa y espada aquello que ama por encima de cualquier otra persona o cosa. El mismo Cristo advierte “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis.” (Mt 7 15-16). Quizá para algunos ya es demasiado tarde.