Último mensaje del cardenal Jaime Ortega Alamino, arzobispo de La Habana , publicado en “Aquí la Iglesia”.
Este año la Navidad fue celebrada en Cuba de manera muy familiar. El número de familias que se reúnen para la celebración de la Nochebuena ha ido creciendo de año en año. Y es que en Cuba la Navidad se ha caracterizado siempre por ser una celebración proverbialmente familiar. En la más genuina tradición cubana, la cena de Nochebuena, en la noche del 24 de diciembre, es ocasión privilegiada para la reunión de la familia, en ese clima de paz y de serena alegría que la diferencia marcadamente de cualquiera de nuestras demás fiestas. Para el cubano la familia se ha mantenido durante mucho tiempo como un valor, tal vez para muchos el primero y más importante de todos.
El pasado año, sin embargo, se han dado a conocer los resultados de algunos estudios demográficos y sociológicos que suscitan preocupación sobre el futuro de la familia en Cuba. Entre ellos se destaca un dato particularmente inquietante: la mujer en Cuba muestra cada vez menos disposición a la maternidad. Los análisis de la situación indican que los índices de natalidad se han reducido consistentemente durante los últimos decenios. Este fenómeno, que viene aquejando desde hace tiempo a países económicamente mucho más desarrollados que el nuestro, tiene serias consecuencias, porque cuando la natalidad disminuye, la sociedad se ve afectada de múltiples formas: en el mundo laboral escasea el reemplazo de la fuerza de trabajo, en especial en aquellos sectores, como la ciencia y la tecnología, en los que la creatividad y la capacidad innovadora de los jóvenes es insustituible; en la esfera económica, el sustento del creciente sector de la población que depende de la seguridad social, recae sobre la población económicamente activa, que constituye a su vez una proporción cada vez menor del total; en lo social, tiende a imponerse un modelo de familia restringida, empobrecida en algunas de sus más genuinas expresiones de humanidad, como la ternura maternal, la vitalidad de la juventud y la inocencia de la niñez.
Se han mencionado algunos factores involucrados, bien conocidos por todos: la escasez de viviendas, que impone a las familias complejas situaciones de convivencia, los salarios insuficientes y la emigración continua de mujeres, casi todas en edad fértil. A esto se une la nueva condición de la mujer trabajadora que desea alcanzar un desempeño más eficiente en el ámbito laboral, donde su rol como madre tiende a considerarse como un obstáculo a su desarrollo profesional.
Serios como son todos y cada uno de estos factores, mi mirada de pastor se fija sobre todo en el núcleo moral y espiritual del problema. El rechazo de la fecundidad se contrapone esencialmente al don generoso de la vida: cuando nos centramos en nosotros mismos y en nuestra propia conveniencia, tendemos a cerrar obstinadamente el paso a la maravilla de la creación, que pugna siempre por fructificar y renovarse. Sin don de sí no hay crecimiento: es sólo el sacrificio de la semilla el que garantiza que ésta germine en una nueva planta. Es así, y sólo así, que podrá producir “el ciento por uno”. Un hijo es regalo, promesa, futuro; ¿cómo es posible que tantos lo eviten como si fuera un estorbo, o peor aún, una amenaza?
Sería un grave error pensar que la solución de las necesidades materiales de la sociedad resolverá por sí misma esta negativa tendencia, que de hecho se ha manifestado primero y mayoritariamente en las sociedades materialmente más ricas. Obviamente, las estrecheces materiales influyen, pero es más bien en la crisis de importantes valores familiares donde hay que buscar las causas profundas del fenómeno.
La escasa apreciación por el compromiso conyugal que ha elevado significativamente la proporción de parejas que desisten del matrimonio para optar por la unión consensual, favorece la infidelidad y potencia el que un gran número de los matrimonios que llegan a realizarse terminen en divorcios, con sus secuelas de problemas emocionales en los hijos y en los propios padres divorciados. Por otra parte, la práctica del aborto contribuye a depreciar la maternidad, mientras que la alta proporción de matrimonios deshechos asigna un papel desproporcionado a los familiares mayores, sobre todo los abuelos, en la educación de los niños. Todo esto socava gravemente la institución familiar.
Una solución en profundidad debe basarse en los valores que constituyen el patrimonio moral de nuestro pueblo. En cualquier cultura, el sustento más sólido para los valores morales es la fe religiosa.
En esto radica el gran aporte que la fe cristiana puede hacer a la familia en Cuba en este tiempo en que los hombres y mujeres no encuentran razón para casarse, para ser fieles a sus cónyuges, para formar familias unidas y estables, para ser generosamente fecundos, para dedicar a sus hijos el tiempo y la atención que necesitan o para cuidar de sus mayores con el cariño y respeto que merecen. También los cubanos de mañana están amenazados por la sombría perspectiva de una sociedad envejecida, baldada por la escasez de jóvenes, cuyo advenimiento podría evitarse con las opciones generosas de hoy. Cuando decimos que la misión de la Iglesia es anunciar a Jesucristo, no hablamos de un anuncio teórico y como ajeno a la realidad, sino del que se dirige a cada ser humano, en sus circunstancias concretas de tiempo y lugar: también a los cubanos de hoy,
Sin embargo, en vano buscaríamos en el Evangelio recetas sobre el modo de tratarse los esposos, o el cuidado de los niños y su educación. ¿En qué sentido, pues, la fe religiosa puede ayudar al fortalecimiento de la vida familiar?
Si abrimos el Evangelio encontramos a Jesús que nos habla del Reino de Dios. Este reino es como un nuevo modelo de sociedad que no se opone a ningún otro modelo, pero, que perfecciona todo otro modelo. Jesús nos pide que busquemos ese Reino de Dios y la justicia que lleva consigo, pues todas las demás cosas las alcanzaremos entonces más fácilmente, que no hay que pensar primero en cómo me vestiré o en qué comeremos mañana, que pongamos en primer lugar a Dios en nuestras vidas y todo lo demás vendrá después.
Jesús está hablando ni más ni menos que de la fe en Dios que es una luz, una fuerza interior, una seguridad espiritual que transforma la vida del verdadero creyente y lo hace capaz de enfrentar con serenidad y confianza los desafíos de la vida misma.
Valores como la fidelidad entre los esposos, la generosidad para desear los hijos, aceptarlos con gozo y educarlos, la capacidad de sacrificio en pro de los demás, el olvido de si mismo y todo lo que ennoblece la vida propia y las relaciones de amor y aún de servicio desinteresado a la sociedad encuentra un asidero seguro en la fe cristiana.
La fe hace que el hombre y la mujer se crezcan como humanos en su papel de esposos y de padres.
El ser humano necesita mirar hacia algo más grande que él mismo para encontrar la razón de los valores que aprecia. Por esto no se trata de una enseñanza moralizante sobre valores o sobre cómo deben ser las cosas lo que la Iglesia ofrece al hombre y a la mujer de hoy, sino hacer que redescubran su condición humana perdida en un bosque de falsos placeres, de espejismos, de vicios y consejos juiciosos o desacertados que terminan por aturdir.
Hay que hallar un sentido a la vida, y éste se encuentra siempre en el sobrepasamiento de sí, en la posibilidad de encontrar la felicidad no en el fondo de una copa, ni en la sensualidad desenfrenada o en la despreocupación de una vida irresponsable, sino en la autorrealización por el amor, que es siempre un salir de sí, para buscar el bien del otro. Dios es amor, así lo define San Juan en su primera carta. Este es el Dios verdadero, el que la Iglesia anuncia a los hombres y mujeres que buscan y no hallan, que están vacíos y anhelan la plenitud
Cuando se funda en el amor de Dios la relación hombre-mujer, la paternidad y la maternidad, con los consuelos y sacrificios que esto comporta, pueden los esposos redescubrir que la fidelidad es posible, que es hermoso engendrar y educar a los hijos, que el amor es perdurable por naturaleza y no transitorio, que cuidar el amor es la base de una vida matrimonial feliz, también desde el punto de vista erótico, sexual. La sexualidad humana se explica desde el amor. Sólo así encuentra su verdadera realización. Si creemos que Dios es amor, creeremos que en el poder creador y renovador del amor. Y el amor hace posible todo porque hemos nacido para amar.
Esta es la belleza de la fe cristiana que nos hace redescubrir valores y nos decide a vivirlos. Así es como la Iglesia puede contribuir al bien de la familia en la sociedad, proponiendo la fe cristiana como el fundamento más sólido de los valores familiares.
Con mi especial bendición para cada uno de ustedes y sus familias.