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El Cristo de Anchieta

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Parece que sólo estuviéramos los dos: Jesús y yo. No oigo a los invitados a la boda. Estamos en otro plano, en el monte del Calvario. No hay nadie más.

¡Qué bella ciudad es Pamplona! Sus amplias avenidas repletas de árboles y jardines. Sus estrechas callejuelas en el barrio viejo. Su plaza del Castillo con el legendario café Iruña. Hacer turismo por Pamplona es algo diferente. Se podría decir que los vecinos de esta ciudad se sienten llamados a orientar a cualquier visitante: es la cultura de hospitalidad tan arraigada desde hace siglos en todo el Camino de Santiago.

El plano en una mano y la cámara en la otra. Sarasate, Mercaderes, Estafeta, San Fermín, el Ayuntamiento… Callejeando nos encontramos de frente con su imponente Catedral. Parece que va a celebrarse una boda. El novio espera impaciente en la gran puerta principal que hoy se encuentra abierta de par en par. Hay mucho barullo de gente. Familiares y amigos charlan con ese acento característico que identifica a las gentes del Norte de España.

Esquivamos el tumulto por una puerta lateral. Entramos. Hay silencio. Me santiguo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todo está muy bien cuidado. Parece nueva: las piedras de sus columnas, los rosetones, las brillantes vidrieras… Los turistas nos movemos sigilosos por los pasillos. En los bancos hay gente sentada diciendo sus oraciones. Una anciana está clavada de rodillas sobre la piedra hablando con una imagen de la Virgen. Veo dolor en su rostro, sufrimiento.

Fotografío con sumo respeto cada rincón de aquel precioso templo. La iluminación natural se cuela por cada una de sus vidrieras de vivos colores formando preciosos reflejos sobre el suelo.

Suena el órgano. Están practicando para la celebración de la boda. Una joven canta el Ave María. El entorno es precioso, casi podría afirmarse que divino. Invita a orar.

Un crucifijo colgado al otro lado de la nave ha llamado mi atención. Me acerco cargado con mi cámara réflex. El cuerpo de Jesús parece retorcido sobre la cruz. Me dispongo a fotografiarlo desde abajo, cual si estuviéramos los dos en el mismo Calvario en que ocurrió todo. La perspectiva es la misma que pudieron observar hace dos mil años San Juan o la Virgen María. Aunque, pensándolo bien, también desde donde yo estoy ahora situado el legionario Casio Longinus clavó su lanza en el costado de Jesús.

Disparo mi cámara. Verdaderamente Jesús se está retorciendo de dolor en su cruz. Es impresionante. Acerco el zoom para poder fotografiar su cara. Está sufriendo como nunca ha sufrido ningún otro hombre. Agoniza, quizá acabe de morir. Es estremecedoramente real.

Un amargo escalofrío hace que me detenga a pensar en lo que estoy haciendo. El órgano se ha callado, hay silencio en la Catedral. Parece que sólo estuviéramos los dos: Jesús y yo. No oigo a los invitados a la boda. Estamos en otro plano, en el monte del Calvario. No hay nadie más. Él está sufriendo y yo fotografiándole en ese trance. Me siento mal. Tristemente culpable. Nunca una imagen de la crucifixión me había hecho sentirme así. El padecimiento que se refleja en su rostro es realmente desgarrador.

Con los ojos humedecidos en lágrimas disparo otra fotografía. Apesadumbrado le pido perdón. ¿Acaso no sirvió de nada tu sacrificio? Los visitantes pasan por delante de Él como si allí nada estuviera pasando: con insolente desinterés. No entiendo que ocurre. Quizá sea una imagen ya demasiado vista. Lloro contemplando sus heridas.

Siento tristeza y compasión. ¡Qué gran misterio! Un tío tan insignificante como yo sintiendo lástima por el mismísimo Hijo de Dios. El pánico me hace reflexionar, no somos nadie. El dolor y la muerte siempre nos ganan la batalla. Pero una frase viene a mi mente como caída del cielo: ‘No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla’. Él se la dijo a sus discípulos.

Parece que el sol entra ahora con más fuerza por las numerosas vidrieras de la Catedral. La luz se abre camino dentro de aquella capilla. Jesús resucitó al tercer día. La vida siempre vence a la muerte.

Guardo mi cámara. Cerca hay unas velas encendidas. Al lado un puñado de estampitas con la imagen del Cristo de Anchieta y una oración anónima titulada A Cristo Crucificado.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme al fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque lo que espero no esperara
lo mismo que te quiero te quisiera.

El órgano de la Catedral de Pamplona vuelve a sonar con renovada alegría. Ciertamente es el sonido de los ángeles. El novio espera a los pies del altar mayor. Ya entra la novia, de blanco. Se la ve radiante y feliz. Hoy es un gran día para ellos, nunca lo olvidarán. Yo tampoco.

Raúl Sempere Durá (España)