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Milagro en Fukushima

No podemos presagiar la cercanía de una Gran tribulación, pero tampoco podemos dejar de estar atentos a los signos de los tiempos (…) lo imprescindible es pedir perdón a Dios, implorar su misericordia y ahora rogar para que nos conceda un milagro en Fukushima…

A la tragedia ocasionada por el terremoto de casi 9 grados que azotó a Japón el 11 de marzo y al consecuente maremoto que lanzó un tsunami contra sus costas, se sumó una amenaza de desastre radiactivo en la central nuclear de Fukushima. En estos momentos, en Japón se libra una batalla para evitar el desastre nuclear luego de que la planta de energía, dañada por el terremoto, se incendiara en lo que ya se considera como el peor accidente nuclear desde Chernobyl, ocurrido en 1986, en Ucrania soviética.

La Comisión de Energía Europea utilizó un concepto bíblico para referirse al accidente nuclear cuando lo calificó de “Apocalipsis” al estimar que las autoridades japonesas perdieron prácticamente el control de la situación en la central de Fukushima. “Se habla de apocalipsis y creo que es un término particularmente bien escogido”, dijo el comisario europeo de Energía, Günther Oettinger, ante una comisión del Parlamento Europeo en Bruselas.

En otra calificación del desastre, ésta más alentadora, el jefe nuclear de Rusia, Sergei Kiriyenko, quien está a cargo de la mayoría de las instalaciones nucleares de la ex Unión Soviética, dijo que los daños que pudiera provocar la planta nuclear japonesa serían gravísimos si no se consigue enfriar las barras de combustible nuclear, aunque advirtió al primer ministro Vladimir Putin, que en el peor de los casos los seis reactores podrían fundirse, pero aclaró que aunque hubiese una fusión de los seis, esto no llevaría a una explosión nuclear.

Como parte de los trabajos preventivos de un desastre nuclear mayor, el martes 16 se tuvo que iniciar la liberación paulatina de vapor radiactivo. La radiación cubrió, en forma casi inmediata, 40 kilómetros a la redonda de la planta Fukushima, lo que implica, sin duda, un daño colateral a la salud de la población.

La consecuencia más grave es, pues, la contaminación radiactiva que puede extenderse a buena parte del mundo; pero no olvidemos que la causa inicial de todo este desastre es el llamado “Cinturón de fuego” en el Océano Pacífico, la zona más activa del planeta en sismos y maremotos.

En 1954 el director de cine Ishiro Honda logró presentar la masacre de los bombardeos atómicos de 1945, perpetrada por los Estados Unidos contra la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, creaturizando la tragedia en un monstruo gigantesco con aspecto de saurio y con aliento radiactivo. La película, de nombre “Japón bajo el terror del monstruo” fue la representación metafórica del ataque nuclear norteamericano, en la que el monstruo Gojira, cuyo nombre cambió a Godzilla en películas posteriores, procedente del mar, se abalanza sobre las costas japonesas para luego arrasar Tokio como si se tratara de bombas atómicas provocando en su camino una espiral de destrucción. Luego de 66 años, esta trama parece repetirse cuando la ola destructiva regresa por el mar, ahora en forma de Tsunami, y con el mismo aliento radiactivo que presagia un desastre nuclear.

En tanto que en Godzilla los japoneses lograron plasmar sus más grandes miedos, el mundo occidental mira ahora hacia el Cielo mientras se cuestiona si acaso esta tragedia, sumada a los presagios de guerra en Palestina, no son signos de nuestro tiempo, que parecen configurar lo que Cristo profetizó en el Discurso escatológico del Evangelio en el que advirtió: “Cuando oigan hablar de guerras y de rumores de guerras, no se alarmen; porque eso es necesario que suceda, pero no es todavía el fin. Pues se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares, habrá hambre: esto será el comienzo de los dolores de alumbramiento… …Porque aquellos días habrá una tribulación cual no la hubo desde el principio de la creación, que hizo Dios, hasta el presente, ni la volverá a haber. Y si el Señor no abreviase aquellos días, no se salvaría nadie, pero en atención a los elegidos que él escogió, ha abreviado los días. (Mc 13, 7-8 y 19-20).

La historia registra que desde siempre ha habido guerras, terremotos y hambre, y aunque vale decir que nunca tan recurrentes y con tanta fuerza destructiva como ahora, no podemos presagiar la cercanía de una Gran tribulación, pero tampoco podemos dejar de estar atentos a los signos de los tiempos, ni dejar de apreciar, desde el pulso de la fe y con la libertad de creer que tenemos, lo imprescindible que es pedir perdón a Dios, implorar su misericordia y ahora rogar para que nos conceda un milagro en Fukushima, y que no resulte que, como lo dijo ya la Comisión de Energía Europea, todo este desastre se derive en un apocalipsis.

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